El próximo eclipse total de Sol será dentro de 28 años, es decir, a mis 78. Sé que en ese momento recordaré completo el día de hoy porque ha sido espléndido, con sentimientos rotundos. Desperté desde las 5:30 al escuchar el concierto celestial de los pajaritos que habitan el naranjo de mi vecina. Mis emociones se subieron a un cometa para viajar por las perfectas armonías de sus cánticos deslizándose entre partituras florales mientras mis párpados probaban su eficiencia como muros de contención para las lágrimas.

Escribí en mi diario por una hora; disfruto la danza de la pluma fuente que dibuja mis pensamientos sobre las hojas finísimas del diario artesanal que me regaló Eve. Leí a Rafael Chirbes y sus diarios A ratos perdidos 3 y 4; justo hoy llegué a un fragmento donde habla del Quijote y disecciona magistralmente la escena donde los pastores deciden detener su labor y sin más disfrutar el día. En medio de tantas cosas por hacer, este hecho tiene una belleza rebelde que enternece. Aparecieron las primeras lágrimas.

Llegó el momento de la canción de los lunes y no había otra opción posible más que Total eclipse of the heart con Bonnie Tyler lanzada el 7 de febrero de 1983 y que 41 años después sigue vigente. Fue uno de mis primeros intentos de traducción en ese tiempo en que anotábamos en una libreta las canciones que escuchábamos en la radio. El asunto se antojaba muy sencillo -¡Bendita ignorancia!- sólo bastaba tomar un diccionario y sustituir las palabras en inglés por la correspondiente en español. Dice la primera estrofa Turn around / Every now and then I get a little bit lonely and you’re never coming ‘round / Turn around… y mi traducción de novata, libre e ingenua, decía algo así: Dobla alrededor / Cada ahora y entonces yo tomo un pequeño pedazo de soledad y tú nunca vienes alrededor…

Entonces sucedió otro atisbo de cursilería. Mis lágrimas sobre el teclado atestiguaron mi inocencia, ignorancia, estupidez y falta de conocimientos de lo que significa traducir una canción. La importancia del lenguaje figurativo, las construcciones gramaticales del inglés. Desde luego que esa traducción -es un decir- fue un fracaso y al verla escrita bajo esa lógica la canción carecía de todo el sentido y fuerza que tiene esa gran balada de Tyler. Sonreí para acompañarme en ese momento, tomé la mano de esa adolescente  y nos fuirmos al eclipse de 1991.

Entre semana me habían pasado varios videos acerca del eclipse y su influencia en la psique, cómo afectan los astros nuestras emociones. Se recomendaba no tomar decisiones, no entrar a debates o discusiones, y si fuera posible, descansar. Con tantos pendientes de lunes lunático, dos de estas tres cosas resultaban imposibles. Aún así, hice lo que pude. El trabajo, cuando haces lo que amas, a veces es un descanso. No pensé que mis emociones fueran para tanto.

Salí por unas impresiones para hacer una devolución y fui a la mensajería. En el camino fue inevitable mirar al cielo, sin protección. Recordé un post de Facebook que al leerlo me dio risa, pero que en ese momento tenía toda la razón Qué nivel de país seremos, que se nos tiene que advertir que no veamos el eclipse solar sin protección. Avergonzada y lampareada, bajé la mirada. Al subirme al coche, lloré. Me conmovió lo que estaba sucediendo tan lejos de mí. Las órbitas de nuestros dos más grandes astros coincidían a través del tiempo y el espacio. Se oscurecería la tierra. Pensé en lo que habrían pensado los primeros pobladores cuando ocurrió; ¿sentirían miedo? ¿por eso le tememos a la oscuridad? ¿comenzaron ahí las preguntas? ¿hicieron pausa? ¿corrieron? ¿comenzaron los sacrificios humanos? ¿comenzaron las supersticiones? ¿culparon a alguien? ¿inició un cuento, una leyenda? El llanto aumentaba sintiéndome más ignorante y a la deriva. Seguramente alguien ya ha escrito sobre ello y yo apenas me lo estoy planteando. Qué pequeños somos.

Recordé la charla de Ikram Antaki donde habló de ese hombre que se tomó el tiempo para esculpir en una piedra las constelaciones que veía y esperaba paciente año con año a que volvieran a estar en la misma posición para dibujarlas. ¿Desde cuándo amamos la belleza? Vivir es más que tener sobrepeso, pendientes, ver series en Netflix y hacer compras en Temu. Carl Sagan vino a acompañar mi nostalgia con su explicación de las palabras que tienen que ver con el cosmos. El romántico origen de la palabra cosmético: Imagínate que en el rostro de la mujer que amas se puede ver el cosmos. Cosmos significa orden universal. Sí, seguramente se refería a una mujer muy bella.

Desastre, según el científico, tiene su origen en ese momento en que los primeros pobladores vieron el cielo sin astros. Sí, justo como sucederá en unos momentos. Sin los astros no tenían referencias de ningún tipo, no podían orientarse en el tiempo ni el espacio. Sí, eso es un desastre. Más lágrimas tímidas sobre mi rostro sin cosméticos. Comenzó la taquicardia. Di la vuelta para llegar a casa.

Los trabajadores de las bodegas vecinas estaban afuera de su área de trabajo y tenían caretas de soldador que no utilizaban por estar platicando entre ellos. Detuve el coche e imperativa les grité: ¡El show está arriba! ¡Hay que ver hacia arriba! Me acerqué a ellos, presentándome como la vecina boba que quería ver el eclipse al tiempo que extendía las manos para arrebatarles la careta. Levanté el cuello y me volví hormiga. Tan nada, tan pequeña, tan chiquitita. Apreté los párpados, di las gracias a ellos y al universo y devolví la careta. Me fui a casa porque ya estaba en el llanto.

Algunos amigos mandaban mensajes, desde la comodidad de su computadora lo estaban viendo en YouTube. Encontré una radiografía, le hice varios dobleces y salí al patio. Invité a Grace a verlo conmigo. En ese momento, recordé que en 1991 diversas tiendas departamentales repartieron cantidad de lentes especiales para ver el eclipse y hasta salieron de obsequio en el periódico. Tenían el sello del Gobierno. Hoy no; creo que hoy hubo que comprarlos. Grace también encendió la pantalla y acompañamos a la gente que estaba en Mazatlán.

Impresionante. El día tendría dos noches y amanecería dos veces. Mi corazón hizo eco de la fuerza que tenía el momento y aumentó sus latidos: el anillo de diamante no me cupo en los ojos. El diluvio universal cayó libre sobre mi rostro. Los pajaritos, al percibir la oscuridad, volvieron a sus nidos y apenas alcanzaron a ponerse la pijama cuando ya tenían que anunciar el nuevo día; lavaron su rostro y pico y volvieron a cantar. La oscuridad se posó sobre nosotros y la habíamos vencido. Respiré. Vi cómo las sombras le daban paso a la luz en las siluetas de las hojas que se reflejaban en el piso y la pared. Suspiré.

Escuchamos otra vez la icónica narración de Jacobo Zabludovsky y el dramático acento al decir Esto no se volverá a ver hasta el 8 de abril de 2024. Estremecedora. Mi piel se convirtió en una carrera de obstáculos para el sudor, erizada hasta el punto de parecer un cactus. Espero no tener que recordar la desastrosa narración y los gritos de una chica de la que ni siquiera sé su nombre. ¡Cómo ha cambiado el estilo de dar las noticias!

Volví a la oficina para trabajar, como tanta gente. Ni parecía que acabábamos de ver una de las cosas más extraordinarias que pudimos atestiguar. El calendario y el reloj avanzan inclementes. Los pendientes no se hacen solos y, contrario a los pastores de Cervantes, necesitamos trabajar. Pensé en el tiempo; quizá yo no esté para el próximo eclipse; tendría 78 años.

Llegó un mensaje. Deneb, mi ginecóloga, me compartía que justo en el eclipse había recibido un bebé. Mis ojos se volvieron cascada del Chiflón al leerla. Fue absolutamente conmovedor que justo en el momento del eclipse un niño viniera a nacer en las manos de una talentosa ginecóloga con nombre de estrella.

Cheleb, Aldibhain, Scheddi, nombres de estrellas cercanas al Sol en el momento del eclipse fueron las sugerencias para el nombre, o Helio, por el gas que se descubrió en un eclipse; quizá Alberto, porque era el correspondiente al santoral. Muchas sugerencias, pero el nombre es prerrogativa de sus papás. Te llames como te llames, niño que nació en un eclipse, bienvenido seas y felicidades. Que a lo largo de tus primeros 28 años te acompañe toda la luz que te trajo al mundo hoy. Gracias por hacer este día más inolvidable aún.

¿Compartiremos el próximo eclipse?