Mi recámara es una maqueta del infierno en esta madrugada preludio de la canícula. Siento una gota de sudor más caliente que agua hirviente en la nuca; toso de nuevo como ha sido costumbre desde hace varias semanas; para mi cumpleaños, además de mascadas y orquídeas, alguien debió regalarme una inmensa caja de Kleenex.

Un espasmo de tos seca con apenas un mililitro de flemas catapulta mi cuerpo a la orilla de la cama. Apoyo los pies en el piso, pretendiendo algo de equilibrio, centrarme, grounding, dirían los hipsters que insisten en llamar de maneras interesantes los actos más ordinarios y cotidianos sólo para hacer un taller de enseñar a llorar bajo el título de Activa tus glándulas exocrinas. Toso de nueva cuenta. ¿Cuántos tosidos tengo dentro? ¿Cuántas lágrimas? ¿Cuántos bostezos? Toso múltiples veces hasta que siento dolor en los bronquios y dentro de mis párpados los veo como luces estroboscópicas que se activan al toser, alas de mariposa desgarradas bajo el paso de un huracán de flemas verde esmeralda iridiscentes.

Me acompaña otro racimo de tos, cerbatana de bacterias en el aire. Siento el sudor en la frente y un visitante inesperado se posesiona de mi garganta; la transparencia de una calcomanía se despliega en mi faringe, un trozo de Kleen pack que me impide pasar el aire por la boca.

En la nariz, lo mismo: las nasales, diría mi mamá, están cerradas de punta a punta. Sudor, desesperación. Taquicardia. Pupilas extraviadas. Abismo.

Tranquila. Me digo. Siento el sudor en la frente y en los pechos. Tranquila, vuelvo a decirme con la convicción que me lo dijo Liz hace apenas un par de horas, en su casa, mientras me ahogaba en un ataque de tos sobre su barra desayunadora. Consigo halar un poco de aire. Comprendo, por fin, el verbo, el himno del Real Madrid y la fuerza de esa palabra. ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Lorena! ¡Hala! Hala el aire o te mueres. Hala o aquí te quedas. ¡Hala, o saludas a la más fría de las mujeres! ¡Abre la boca! ¡Muerde la incertidumbre de la oscuridad! ¡Respira! Sudo. Me agito. No hay intercambio de oxígeno entre mi cuerpo y mi recámara.

Ayer y antier pasó lo mismo, pero ahora es más grave, más fuerte. Ahora siento que puede ser lo definitivo. Nuevamente tos y de nuevo esa sensación de ahogo. Una mantarraya de gelatina sobre mis cuerdas vocales impide el sonido. Siento el pecho pesado y muy movido.

Proust, asmático, ¿cómo demonios pudiste escribir las tantas palabras de “En busca del tiempo perdido”? Sudo. Sudo al infinito. Toso.

Graciela está en la otra habitación, pero no me escucha o sólo yo pienso que este silbido que sale de mi boca es mi voz. Pienso, mareada, si esto es irreal o si son mis últimos minutos. Apenas consigo un poco de voz, pero no alcanzo a decir la última sílaba de su nombre.

Gra-ce, Gra-ce… Grace Kelly, dice Madonna en Vogue y pretendo que en este momento sea un recuerdo grato, pero no lo consigo. Una sonrisa amarga sobre mi rostro que ha de ser una mueca de agonía. Necesito comunicarme con Graciela. Me estoy ahogando y voy a morir asfixiada en la orilla de mi cama. ¡Despiértate, Graciela! Será muy feo que veas mi cadáver semidesnudo por la mañana.

Otro episodio de tos. Me duele el estómago. Ganaría un concurso de intentos de vomitar, pero nada, sólo la arcada. Sudo de piso a techo. Algo o alguien estrangula mi cuello. El tiempo se convierte en una pañoleta transparente que al apretarse sobre sí misma me ahoga. No tengo defensa. La anaconda de la asfixia cierra la pinza sobre mi cuello. Si muero esta noche, sobre mi cama encontrarán el “El libro de todos los libros” (Anagrama, 2025) de Roberto Calasso (Italia 1941-2021) y mi tejido.

No. No veo un túnel. No está la imagen del sujeto que subieron a una cruz. Tampoco está la sonrisa de mi madre esperándome. No pasa mi vida frente a mí. No hay tal luz. No hay ángeles. Virginia Woolf no viene a abrirme la puerta, quizá por ser suicida le quitaron ese privilegio. Tampoco está Simone de Beauvoir, ni Chirbes. No. No veo nada de lo que tanto platican.

Abro de nuevo la boca, intentando halar aire. Sólo veo frente a mí la cobija Mondrian que sí alcancé a terminar de tejer. Queen Size. Preciosa. Halo aire. Pónganla sobre mi féretro. Gra-ce… A la izquierda de la cobija, el chifonier con mis zapatos. Cada uno de ellos guardados después de bolearlos. Nunca pude comprarme los Regina Romero. ¿Qué les harán? ¿A quién los regalarán? Sálvate. Sálvate. Manoteo. Yo sola me aprieto el cuello a ver si alcanzo a mover algo. Doy palmadas en mi pecho. Nada. Gra-ce…

En el buró el teléfono, a veinte centímetros o menos. 3:24 dice la pantalla. Más o menos la misma hora de ayer y antier. No lo alcanzo y no puedo moverme. Me sudan las manos. ¿Y si lo alcanzo y se me cae? Imposible. Movimientos mínimos. Soy una inútil. He corrido triatlones y ahora no puedo moverme 10 centímetros. Sigo respirando por un milímetro. Sibilancias extrañas.  Extiendo el brazo y por fin lo alcanzo. Puta cosa, no te caigas. Toso de nuevo y me aferro al paralelepípedo negro entre las manos. Las flemas y el sudor caen en la pantalla. La maldita actualización pide dos veces la contraseña. Ya ni me acuerdo de nada. Al ver mis pies veo las gotas de sudor jugando carreritas en el empeine. ¿Cuánto sudor tengo dentro? Consigo desbloquear el teléfono. Le marco a Graciela. Ven, le digo apenas. Agotada. Cansadísima. Sofocada.

Graciela abre la puerta. Señalo la garganta. ¿No puedes respirar? Am-bu-lan-sia, le digo con ese, suavecito. Graciela llama a la EMME. Yo intento respirar. La recepcionista tiene la calma del mar Muerto. En 40 minutos llegará la unidad. ¡40 MINUTOS SU PUTA MADRE! No voy a aguantar. Observo a Graciela llena de gratitud. Intento vomitar de nuevo. Sólo hago el paripé y todo queda en la arcada. Ella me señala el bote: no me pidas precisión: me estoy ahogando, digo sin decirlo.

Una nueva flema y otro episodio de tos con su respectivo ahogo. Ahora veo el temor en las pupilas de Graciela. Le sostengo la mirada. Constato que esto es grave. He sido muy feliz, quiero decirle. No voy a resistir 40 minutos en esta situación. Mi pecho sube y baja en una partitura atroz. Observo mis libreros en segundo plano; ahí está el borrador del Me acuerdo. Eso también quiero decirle: Pase lo que pase que se edite el Me acuerdo y el libro de Miguel.

Se escucha una sirena. Toso: agitación y ahogo. Ya viene la ambulancia. Me llevan al hospital y consiguen estabilizarme; para las 9:00 de la mañana estoy fuera de peligro. No disminuye la tos ni la sensación de ahogo. Sobrevivo.

Por la tarde, al volver a casa abro el libro de Calasso: “La Kabbalah indica que cada día es una nueva oportunidad, si se te concede otro día es que tu aprendizaje aún no está completo…”. No era el momento de leer este libro. O tal vez sí.