De niña, el ritmo del palote de las tortillas de harina de mi mamá era mi despertador; como las cosas buenas vienen en pares, junto a ese mágico sonido se percibía también el olor del café de olla que hervía en la estufa e incentivaba mis sentidos para dar comienzo a un nuevo día antes de que el sol se diese cuenta de que tenía que salir a trabajar y hacer que las plantas dieran su fruto para alimentarnos.
Los brazos de mamá, que rebalsaban ternura al cargarnos, se llenaban de una fuerza monumental para extender los testales que ponía en la tabla de madera. ¿100 o 200 piezas? No lo sé. Éramos ocho hermanos y había que hacer tortillas para desayunar, para el lonche y para el antojo de media tarde. Además de ser tantos -generosos e inconscientes- encima nos dábamos el lujo de llevar invitados para que probasen las delicias que preparaba mamá. Nadie se iba de casa sin comer al menos un taquito de frijoles.
El plack, plack, plack, del irrefrenable romance del palote frente a su tabla se repetía al infinito desde las 5:30 a.m. A las 6:00 había un categórico silencio. Era el único momento en que mamá detenía sus movimientos rutinarios, automáticos y que, con total seguridad, configuraban su definición de hartazgo. A las seis en punto, inmediatamente después del Himno Nacional pasaban en la TKR la canción de Pepe Guizar, las Tres Conchitas y los hermanos Zaizar, intitulada Cerro de la Silla.

Rotundo en sus imágenes, Pepe Guízar supo captar la esencia de Monterrey, especialmente en el último verso. Mi madre la escuchaba con solemnidad. Su mirada chispeante se columpiaba entre los recuerdos y se reflejaba en los jarritos que colgaban en las paredes de la cocina llena de felicidad.
Cuando veo el cerro de la Silla veo la inocencia, las ilusiones y la eternidad de mi madre.
Pienso en esa niña de cuatro años que dejó atrás su casa, su milpa, sus nopales y sus gallinas para treparse a un camión de pasajeros junto a toda su familia rumbo a la gran ciudad de Monterrey.
Mi abuelo Eulogio abandonó lo conocido, El Salvador, Zacatecas, aceptó el reto que le puso la vida y se mudó a donde estaba el trabajo con la gran misión de sacar adelante a su familia. En sus brazos descansaban muros y zapatas de muchas casas del centro de Monterrey. La década de los cuarenta comenzaba y Art Decó estaba de moda.
¿Cuántas claraboyas hiciste desde las que se veía el cerro, abuelo?
Los Rivera llegaron a Monterrey con sus pertenencias en tres cajas de jabón Mariposa amarradas con un cordón de ixtle y desde la central de autobuses se fueron caminando hasta la colonia Nuevo Repueblo a buscar -aventurados- por señas, por dichos, la casa de una tía que podría darles asilo mientras encontraban dónde vivir.
Desde que llegaste, viste el cerro y fue lo que mantuvo hipnotizada tu mirada mientras caminaron hacia el sur de la ciudad. Tu amor por él fue instantáneo, inevitable y permanente.
Contabas que lo veías como un gigante, una piedrota en medio de la nada; jugabas a esconderlo entre tus manos, te gustaba pensar que podías guardarlo en tu corazón; armabas su figura con tepalcates que recogías en el río Santa Catarina.
Ansiabas que volviera de trabajar tu padre, a las cuatro de la tarde del sábado, para pedirle que te cargara y ver el cerro de más arriba y sentir que podías poner la mano en el pico más alto. ¿Un día me lleva, papá? Sí, mi Güerita, un día la llevo. Me gusta mucho imaginarte así, súper feliz en los brazos de mi Abuelo.

Él tuvo tres ocupaciones: su familia, construir y acabarse a besos el contenido de cuanta botella con el sello de la cervecería Cuauhtémoc le pusieran enfrente. Vivió de prisa y antes de cumplir cuarenta años se fue. Antes de tus 18 quedaste huérfana. Lloraste a los pies del cerro de la Silla, donde fue sepultado.
A los 20, con mi hermana Ruth en los brazos y Daniel, mi hermano mayor, a tus pies, te tomaste esa foto que te gustaba tanto y escogí para adornar tu féretro: sonríes, con toda la hermosura de tu juventud, en lo que hoy es la colonia Libertad: entonces todo un descampado, y detrás de ti se ve maravilloso el cerro de la Silla. Ni él tuvo nunca mejor modelo ni tú escogiste jamás mejor fondo.

Desafío el tiempo y trato de armarte en el rompecabezas de mi memoria con todas las piezas que me diste a lo largo de la vida mientras vuelvo al momento inicial de este relato y te observo en la cocina sobre las baldosas de colores que traía mi abuelo -se las regalaban en las construcciones, pedacería que sobraba y con la que engalanaba tu casa-, haciendo tortillas de harina y escuchando a Pepe Guízar, deteniendo el palote para dirigir tu orquesta imaginaria y suspirar sobre el granito blanco al compás de la melodía de tu alma.
Escuchabas atenta la canción. Ésa que retrata el cerro en su máximo esplendor y cuya letra dice:
«Cerro de la Silla»
Monterrey, tierra querida/ es el cerro de la Silla/ tu estandarte y tu perfil/ desde niño, yo te quiero/ y por eso es que si muero/ que sea en ti donde nací.
Amo las figuras poéticas de Guízar. Te amo a ti. Renaciste en su silueta. Desde niña lo amabas y al morir quedaste en él.
Entre montañas y sierras/ se tiende mi tierra/ mi tierra que es Monterrey/ por algo tiene la fama/ de ser la sultana/ norteña de mi querer.
Tu tierra Manuela. La ciudad que te vio ser madre y donde tus hijos crecieron. Los Sultanes, mamá, tu equipo de beisbol. Otra de tus pasiones.
Como la flor de azucena/ sus hembras nos llenan/ de suave y blanca fragancia/ y con el alma de acero/ cuando se viste de obrero/ es un canto de esperanza.
Tus azucenas que, sin pausa, florecen cada Semana Santa. ¿Te gustaban porque comparten las vocales de tu nombre? ¿Te gustaban por lo puntuales que son al volver?
Monterrey tierra querida (se repite)
Como amazona perdida/ la luna en la silla/ cabalga al meterse el sol/ y más abajo en la loma/ en la Punta de la loma/ parece que lloran las notas/ de un acordeón/ y perfilándose altivas/ las fábricas brillan/ vestidas de azul mezclilla/ y con los brazos abiertos/ como señor Padre nuestro/ está el CERRO DE LA SILLA.
Pepe Guízar
Nunca fuiste amazona perdida: siempre tuviste claro qué hacer. Te encantaban los acordeones y le pediste a Ramón Ayala el suyo, sólo para tomarte una foto. Norteña hasta el tope. Esta última estrofa te fascinaba: la figura del cerro como señor Padre Nuestro. Era el momento del silencio de tu silencio. Quizá era tu rezo particular. Tu mantra. Tu comunión. Tu esplendor.
No sé exactamente qué era el cerro de la Silla para ti, mamá, pero sé que para mí, más allá de lo diáfano del vuelo de tus cenizas en la eternidad, el cerro de la Silla es fortaleza, inventiva, imaginación, resistencia, fe, templanza, determinación, gratitud, maternidad, ingenio, sensibilidad, inspiración, energía, potencia, desafío, nutrición, creatividad, alcázar, poesía, esperanza, convicción, principio, dinamismo estático, levante para despertar, poniente para dormir: ciclos circadianos en la hamaca de lo infinito, altar de azucenas, tortilla de harina para un taco de frijoles refritos chinitos chinitos; tu mirada, guía de mi caverna desde las luces de la antena; abrazo de madre: el cerro de la Silla, eres tú, mamá: montaña iridiscente con m de Manuela.
¡Me encantó! Me ruedan las lágrimas, está hermoso, gracias y ¡qué fortuna la que nos compartes! Inolvidable, al rato se lo leeré a Martha (cuando despierte) y mi papá ya está leyendo tu Me acuerdo. Abrazos querida Lorena ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️