Este año emprendí una encarnizada lucha contra las planchas. Entré con temores a la batalla, afectado, anticipadamente, por posibles críticas del entorno. Pero me decidí a jubilar ese maldito aparato doméstico que, ahora veo, me había impedido vivir con libertad.

Me ayudó a tomar la crucial determinación mi entrañable amigo Mickey Rourke, que me señaló el camino. Mi guía me dijo que no tiene nada de malo andar con ropa rugosa, a contracorriente de todos los que van por ahí con las prendas bien almidonadas.

Ya deseché la plancha, ando con camisas bajadas directamente del tendedero y siento que he conquistado mi independencia.

Corazón planchado

Siempre he sido fachoso, esa es la realidad, pero no le agregaba arrugas a mi irreductible mal gusto para vestir.

Suponía que me caerían encima andanadas de reproches, al decidirme a dejar de alisar la ropa que uso a diario, con ese metal candente que ha devorado horas importantes de mi vida. Entre dudas y remordimientos me imaginaba cómo sería estar con una camisa mascuchada en un evento, mientras los vecinos de asiento me veían con desagrado por llevar camisas como si las hubiera deglutido un can, antes de regresarla y echármela en las manos para ponérmela.

Mis miedos primigenios son bien fundamentados. Cuando vivía en la casa familiar, mamá tenía toda la ropa siempre lista, impecable, sin un mínimo pliegue en áreas indebidas. Los pantalones bien alineados y las camisas con perfectas simetrías en las mangas, el cuello, la espalda, el pecho. Hasta la mezclilla me planchaba mi santa madre.

Movido por esas preocupaciones de origen, consideré durante décadas la planchada una obligación escrita en el código civil. No imaginaba un mundo en el que pudiera salir a la calle con la ropa arrugada.

Cuando me fui de la casa, de joven veinteañero, cargué siempre con la plancha. Mi madre se hubiera disgustado, de saber que andaba por ahí con ropas corrugadas. Obligado por la costumbre, con infinita flojera me daba tiempo para pasar el fierro caliente sobre los pantalones y las camisas antes de salir.

Ya de casado, Yeni me agradeció que yo me ocupara de planchar mis propias prendas. Ahora veo que hacía buen trabajo plisando mis garras, porque había un diablillo doméstico que dentro de la cabeza me ordenaba que hiciera una labor concienzuda. Y me aplicaba con denuedo. Ahora veo que la tarea me provocaba un coraje pequeño y sordo, porque me doblegaba, contra mi voluntad, para que siguiera esos odiosos dictados sociales del aliño debido.

Pero había algo que no cuadraba. Durante décadas me repiqueteaba la duda en la moyera y la culpa la tenía el maestro Mickey Rourke. Recuerdo muy bien cuando lo vi en la cinta Corazón Satánico (Angel Heart, 1997). Como protagonista interpreta a un detective privado, aburrido y desanimado, llamado Harry Angel, que recibe como comisión localizar a un tipo elusivo que se anda escondiendo de un misterioso personaje que provoca escalofríos cuando revela su identidad.

La historia ocurre en Nueva Orleans, después de la Segunda Guerra Mundial. Durante toda la película Harry hace sus pesquisas con la ropa perfectamente arrugada. Se la pasa desganado, perseguido, golpeado, y en medio de sobresaltos, tratando de desentrañar la verdad espeluznante. Pero enfundado en esa ropa que lucía como masticada por mandriles Rourke – Angel no se veía nada mal. ¡Y nadie le decía nada!

Emancipación

Durante años viví oprimido por la plancha dictatorial, que me imponía horarios y ocupaciones, que aceptaba sumiso. A veces creía que hasta el pijama debía planchar, para dormir correctamente.

Hasta que al inicio del año volví a ver Corazón Satánico. Mickey Rourke me dio la inspiración que necesitaba. Pensé que andaba en la película con ese aspecto lamentable, con el afán de dedicarme directamente su look zarrapastroso. Imaginé que actuaba para mí, animándome a romper cadenas.

Visualicé lo lindo que sería vivir así, sin preocuparme por emplear ese utensilio en forma triangular parecido al puntero de la Ouija, e igual de diabólico, atrapante y maligno.

Sin darme cuenta un día de este año que termina decidí emprender mi yihad contra las planchas.

Recuerdo que mi primer ataque fue una tímida publicación en Facebook, en la que anunciaba mi intención de liberarme de esa imposición social. Me cayó de inmediato el reproche de mi amigo Miguel Domínguez que me espetó con desdén que no debía pedir permiso y que, si bien había alardeado toda la vida simpatizar con los anarquistas, era hora de actuar en consecuencia. En resumen, me decía que me dejara de habladurías y saliera a la calle con las limas y los tramos sin tratamiento previo. Que me valiera gorro el malvado qué dirán. Ouch. Me caló la respuesta.

El maestro Genaro Saúl Reyes también me dio un empujón definitivo: me comentó, en la misma publicación, que desde hacía tiempo andaba con la ropa sin planchar. Y no pasaba nada. Caramba, a lo largo de los años lo había visto varias veces y, la verdad, ni se le notaban fruncidas las camisas.

Era necesario, entonces, entrar en acción.

Recuerdo que un día de agosto descolgué la camisa Dockers del clóset. Largamente contemplé sus pliegues por todos lados. Inadvertidamente sudaba y mi respiración se había agitado. El miedo genético por las habladurías de la falsa sociedad comenzaba a oprimirme. Si demoraba más, me sería imposible llegar al objetivo. Como autómata, me la enfundé. Sí se veía arrugadita. Yeni ya conocía mis inquietudes, así que, con la prenda puesta, le comenté que había llegado el momento de dar el paso decisivo. Ella estuvo de acuerdo y me felicitó. Y me aclaró que no se veía tan arrugada como suponía.

Salí de casa al Congreso Local a hacer algunas entrevistas. Recuerdo que al bajarme del coche, en el trayecto al recinto me iba viendo en los ventanales de la calle y descubrí que las arrugas se habían prácticamente desvanecido. Además, pensé, no soy importante para nadie, así que nadie se detendría a mirujearme. Pero todavía faltaba encarar el momento de la verdad o, como dicen los especialistas en recursos humanos, la hora cero, el contacto del oferente y el comprador.

Al entrar al Congreso me había despojado de mis temores. Saludé a mis compañeros y nadie notó nada. Hice mis entrevistas y los legisladores ocupados en sus iniciativas ni me vieron la camisa.

Total, que no ocurrió ninguna catástrofe. No me devalué ante la sociedad, nadie se mofó, nadie me despreció. Comprobé lo que dice Serrat: los fantasmas no son nada si les quitas la sábana.

La moda de las arrugas

Regresé a casa fortalecido. Triunfé, me dije mientras miraba con desdén la plancha muda y fría que languideció ese día en su repisa de la lavandería.

Y ahora veo artículos de revistas de moda que las wrinkled clothes, como se le llama a las garras arrugadas, es la onda, que en las nuevas colecciones de primavera y otoño se presentan blusas, camisas, vestidos, trajes con tejidos especialmente arrugados de lino natural, algodón o la ruda mezclilla. Me entero que ya se borró la línea entre la indolencia y el estilo. Unas cuantas arrugas darán a tu ropa un ligero toque de distinción informal, aluden.

Al diablo con los fashionistas. Yo me juego mi suerte.

No he vuelto a utilizar el aparatejo ese y me siento liberado. Soy otro, ando por la vida ligero. Ahora salgo con mis garras que saco directo del cesto y me doy cuenta de que en los trayectos se me aplanan. O así lo quiero pensar. No sé, la auto sugestión y el convencimiento han obrado milagros. Me hace sentir bien robarle minutos valiosos de mi vida a una ocupación que solo me provocaba frustraciones, dolencias emocionales, fastidio. La plancha se había vuelto la tóxica del hogar, pero ya logré someterla.

Vivo agradecido por el ánimo que me dieron los míos y, por supuesto por el ejemplo de Mickey Rourke, siempre el maestro.