El jefe de prensa de Pemex me dio un anuncio emocionante: “Tengo un obsequio para ti en esta Navidad. Con la seguridad de que será la delicia para ti y tu apreciable familia. Celébrolo anticipadamente, por ustedes. Con profundo respeto”.

En ese tiempo yo vivía en la frontera norte mexicana y por mi trabajo reporteril tenía contacto permanente con la fuente de Petróleos Mexicanos, así que el encargado de medios, además de ser proveedor de valiosa información, era buen amigo. Le llamaré Eneas. Su trabajo era surtir de datos, boletines y agendar eventos con los periodistas de la fuente.

Eneas estaba bajo las órdenes del director de Comunicación Social de la región, a quien llamaré Saturnino. Esta persona con nombre de alienígena era muy generoso y desprendido con los periodistas. Y daba la casualidad de que el hermano de Saturnino, llamado Orestes, era el propietario de una próspera empresa que manejaba restaurantes y banquetes especiales, que surtía varios municipios del área.

Al día siguiente sería el 24, y el regalo anunciado por Eneas era ideal para la ocasión. Siempre muy propio, utilizando lenguaje florido, aprendido en poemarios, El declamador sin maestro, libros de Og Mandino y otras lecturas de superación personal, que estaban siempre presentes en su escritorio, me dijo:

“El señor Saturnino ha dispuesto, para ti y demás compañeros de la fuente, que reciban un afectuoso saludo, en primer lugar, y como añadido, que les entregue un pavo familiar, para doce personas. Se le conoce como pavo imperial, que importa don Orestes. Creo que lo traen de granjas de Jericho, es un lugar que está en New York, por si no lo sabías. Don Orestes solo busca lo mejor. El interés del señor Saturnino es que en la mesa de ningún compañero falte un manjar, un condumio, un festín… palabra que viene de festividad”.

Quise imprecar, como siempre lo hacía, a Eneas, por su prosa de vate de juegos florales. Lo suyo eran las rimas de Bécquer, Calderón de la Barca. Años atrás, en una posada recitó, para deleitarnos en un convivio de medios, Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, y puedo atestiguar que estaba sobrio, pues es abstemio. Pero guardé silencio, haciendo cálculos inmediatos. Doce personas. En ese tiempo, en mi casa, en Guadalupe, no había aún hermanos casados, por lo que éramos siete. No estaba nada mal la oferta.

Al aceptar este regalo providencial, que resolvería el problema de la cena de la Noche Buena, que pasaría en casita, con los míos, enfrentaba el problema logístico de la falta de coche. No tenía nave para transportar un pavo que suponía de dimensiones considerables.

Interrumpió Eneas mis aproximaciones al inconveniente: “Toma, este es un vale para que acudas a la oficina del señor Orestes. Ahí te entregarán el manjar, con atentos saludos del Señor Saturnino, por supuesto”.

El jefe de prensa me aclaró que debía pasar por el regalo a más tardar al día siguiente antes del mediodía, pues después de esa hora, el señor Orestes y todos sus trabajadores se ausentarían hasta después de la festividad navideña.

Expreso a Guadalupe

Lo primero que hice, al llegar al periódico, fue llamar a casa. Le dije a mi madre que no se preocupara por la cena, pues oportunamente llegaría con un pavo regordete para 12 personas, que me había obsequiado una fuente agradecida.

“¡Cochupero!”, gritó lejos del teléfono mi hermano, que también es periodista, y que había escuchado la conversación. Tonto, pensé, no sabía valorar el aprecio que hay entre el reportero y una fuente agradecida.

Pedí hablar con mi otro hermano, Rony, para emprender el plan. Como él tenía coche y estaba de vacaciones, le propuse que acudiera por mí, a la frontera, ese mismo día. Pernoctaría acá en mi depa, donde vivía solo, y al día siguiente pasaríamos por la exquisitez aviaria, para enfilarnos a casa y pasar la noche con la barriga contenta y el corazón rebosante de gratitud a Eneas, Saturnino y Orestes.

Christmas dinner by candlelight, table setting. Thanksgiving table with baked turkey in a decorated room with a Christmas tree.

Mi hermano hizo por la tarde el viaje de dos horas, y nos la pasamos en la frontera viendo películas en mi depa, tomando cerveza yo y él coca, y comunicándonos novedades. Al día siguiente, de muy buen humor fuimos a desayunar y, a media mañana, acudimos a la oficina del señor Orestes. El asiento trasero del coche y la cajuela ya estaban despejados, para ver cuál era el mejor lugar para llevarnos el pavo de Jericho. Seríamos como el expreso decembrino a Guadalupe. Nos decíamos que esa noche cenaríamos como la realeza.

Llegando a casa correría a rentar un smokin, para estar a tono con el elegante platillo, bromeé. Tal vez sería necesario acompañar la cena con sidra o champán, aderezó el conductor.

Entré al despacho y me recibió una secretaria vestida formalmente, con anteojos, que se ocupaba de teclear en una computadora de pantalla enorme. Antes de atenderme, levantó el dedo índice, para pedirme que aguardara un momento, mientras con la otra mano se ocupaba de terminar una hoja de cálculo que llenaba.

Al finalizar giró la silla y me encaró. Di los buenos días, y cuando me estaba presentando, me interrumpió, sin responder el saludo, extendiéndome la mano, para pedirme el vale. Me di cuenta que ella me veía como otro periodista latoso, que interrumpía su trabajo.

En el cartoncito que le entregué buscó mi nombre y lo tachó de una lista que había en una hoja arrugada que tenía a un lado, sobre el escritorio. Sin más, salió de la oficina y se metió una puerta que tenía a sus espaldas.

Regresó con el obsequio navideño en una charola dorada. Sonrió ante mi asombro, que no pude ocultar. El pavo de Jericho, para 12 personas, envuelto en plástico, era más pequeño que un pollo rostizado. Alrededor tenía hojas de lechuga y tomate, que casi lo cubrían. En una esquina de la charola vi una calca, que refería los servicios de banquete de Orestes. Sobre el plástico estaba adherida una tarjeta que indicaba que el regalo era con atentos saludos del Señor Saturnino.

El pavo parecía, encogido. Lo cubriría tan solo con las dos manos juntas. Era como una palomita que Rony y yo podríamos saborear en el camino de regreso, como una botana con refresco. Mientras me retiraba, de reojo vi que la secretaria regresaba a su hoja de excell, pero pintaba entre las mejillas una extraña sonrisa malvada. Me pregunté a cuantos periodistas había visto decepcionados por el insulso cochupo.

Se me hizo largo el camino de regreso al coche. Mientras salía de la oficina, contando los pasos, buscaba cómo explicar el fracaso de mis expectativas. Me sentí francamente ridículo al pisar la calle, llevando con cuidado el pavito, como si fuera una ofrenda preciosa cuando en realidad era… eso. Ni siquiera sabía si era pavo o pollo, o qué.

Finalmente abrí la puerta trasera del auto y deposité la charola.

“Parece un pollito de leche”, me dijo Rony mirando extrañado el ave rostizada. Tomé asiento en el lado del copiloto y nos retiramos.

Viendo mi ofuscación, dijo mi hermano: “Este pavo para doce personas parece una gallina de guinea. Si se lo das a los gatos de la azotea te van a reclamar por tacaño”.

Soltamos una carcajada para desahogarnos. Fueron dos horas de regreso que pasamos riéndonos del descalabro sufrido, por esta cena de navidad imperial frustrada.

Al llegar a casa se duplicaron las puyas. Mi papá tuvo que pedir de emergencia un pavo de verdad, ya preparado. Las carcajadas no dejaron a mamá regañarme, por ingenuo. Mi hermano reportero reiteró las acusaciones de cochupero, añadiéndole algunos otros epítetos más soeces que, pese a todo, eran bien merecidos.

Aún hoy recordamos entre risas, en cada Navidad, el pavo imperial para 12 personas.

De imprevistos están hechos los mejores recuerdos, de eso que me gusta llamar la comedia familiar.