Repartir volantes en casas puede ser una tarea ardua, fastidiosa y hasta riesgosa. Veo personas que a diario pasan por la calle donde vivo y dejan fatigados esas papeletas que arrojan tras la reja, colocan en el parabrisas de un coche, o los meten bajo la puerta. Sus semblantes son de cansancio.

Para mí entregar volantes fue de las experiencias más gratificantes que tuve en la infancia, porque me hacía sentir que contribuía a una causa importante, pues, al promocionar una escuela, llevábamos una invitación académica, un llamado a los nobles territorios de la cultura, para que la gente obrera, que creía que toda la vida iba a estar desempeñando actividades de mano de obra, contemplara la posibilidad de obtener un título, y trabajar utilizando la inteligencia, y no solo la fuerza.

Además, el recorrido me permitía gozar de una aventura en tierras lejanas, acompañado de mis inseparables camaradas.

Una vez más, mis recuerdos están en el Colegio Comercial Lic. Benito Juárez, en el centro de Guadalupe, donde transcurrió la parte más feliz de mis juegos de infancia. El instituto fue fundado en 1956 por Francisco Arredondo Cano, el Profesor Pancho, como se le conoció en la comunidad.

A inicio de la década de los 70, el colegio era una opción muy atractiva para estudiantes que querían cursar la carrera de técnicos en contabilidad o secretariado, ocupaciones que eran demandadas en la época. Y para atraer alumnado, la administración apuntaba a las colonias que estaban hacia el oriente de la Villa de Guadalupe, donde se concentra el grueso de la población de la comuna, y más allá, hasta el vecino municipio de Juárez, donde también se registraban entusiastas estudiantes.

El Colegio estaba estratégicamente ubicado. Chicos y chicas que salían de la secundaria, podían cursar ahí la preparatoria y al egresar ya tenían certificado de técnicos en esos rubros relacionados con los asuntos contables y cuestiones de oficina.

Para los colonos del oriente, quedaba mucho más cerca que dar un tirón realmente largo hasta el campus central de la Universidad Autónoma de Nuevo León, en San Nicolás, en un recorrido que demoraba una hora, casi el doble de lo que se tardaban en llegar al Benito.

Había ahí salas completas con máquinas de escribir, pues se daban clases de mecanografía, para redactar los dictados con excelencia, y también se impartían materias de taquigrafía, una ciencia que nunca pude entender, por más que mi prima Gris me explicaba cómo funcionaba ese sistema de garabatos para comprimir palabras.

En la vagoneta

Cualquier tarde que estábamos jugando en el patio del instituto, o mientras estábamos en el exterior, de ociosos en la esquina, viendo pasar los coches y platicando de películas, el Profesor nos daba la indicación para el que quisiera ir a repartir volantes.

Entonces seguíamos un protocolo estricto: debíamos ir corriendo a casa, a avisar a nuestros papás la labor que desempeñaríamos. Nunca se nos negaba el permiso, pues el Profesor Pancho era una figura de autoridad en la Villa y si llevaba a una parvada de chiquillos de diez años con él, estaríamos seguros. Y hay que decir que de las numerosas veces que salimos, nunca hubo un incidente considerable y, por supuesto, nadie se perdió.

A eso de las cuatro de la tarde nos apretujábamos en la vagoneta azul, larga como carroza funeraria, que tenía un moderno sistema que subía y bajaba con un botón el cristal trasero. El Profesor nos conducía al destino que era alguna de las colonias con potencial clientela: La Roca, Vivienda Popular, 13 de Mayo, Tamaulipas, Xochimilco, Tolteca, La Playa, Las Escobas, Zaragoza, Poza Rica, Riveras del Río, La Hacienda, Azteca. El objetivo era el joven estudiante de clase media baja, por lo que nunca íbamos a la Linda Vista o al sector Contry, pues por ser de la high, sus intereses académicos estaban en otras altitudes digamos más refinadas.

A veces echábamos el trayecto más lejos, hasta Villa de Juárez, donde había una cantidad considerable de prospectos. Aunque es otro municipio, el camión interurbano hace un trayecto relativamente corto, en línea recta por la carretera Libre a Reynosa, hasta la parada que estaba a un par de cuadras de la escuela.

El Profesor nos llevaban a un punto, que generalmente era una plaza pública, y nos entregaba fajos de flyers, que debíamos entregar casa por casa.

Cada hoja invitaba a los jóvenes a que se inscribieran en el Benito. Se enlistaban las carreras técnicas que podían cursar, se anotaba un teléfono, que en aquel tiempo era de seis números, y se mostraba un pequeño mapa que decía cómo llegar a ese templo del saber, ubicado en las calles Hidalgo y Rayón, que tenía en el exterior un monolito coronado por el busto del Benemérito y en lo alto, por encima de la entrada a la dirección, un moderno letrero luminoso con una flecha que indicaba el lugar.

Al llegar a la colonia, nos asignaban una larga calle en equipos de dos chicos, uno por cada acera. Era interesante andar por las aceras, pues nos encontrábamos cualquier tipo de viviendas y personas. Muchas calles estaban sin pavimentar. Con frecuencia hundíamos los tenis en el zoquete.

Ahora veo que las caminadas eran un colorido encuentro con estilos de vida variopintos. Deslizábamos las hojas debajo de las puertas, pero la mayoría de las veces las entregábamos en la mano. En aquellos tiempos, los robachicos eran solo una leyenda urbana, y cualquier niño de nuestra edad podía andar libremente por cualquier punto de la ciudad sin peligro, a diferencia de las acechanzas actuales, que complicarían este tipo de actividades.

El peligro mayor era el de los perros. En las calles había unos chuchos bravísimos que se nos echaban encima y nos hacían correr. Nunca he entendido esa extraña intuición de los perros por preferir a gente que anda por la calle ofreciendo algo. Se lanzan sobre carteros, notificadores, vendedores ambulantes, o repartidores de volantes. Y a los transeúntes, a los que pasan por ahí sin comisión, los dejan en paz. Quién sabe, son misterios de los barrios.

A veces el Profesor comisionaba a sus hijos Pancho chico y Rigo para que nos llevaran, y ellos, como buenos líderes, nos daban acompañamiento, repartían indicaciones y luego de los recorridos nos traían a salvo.

Ilusión académica

Por las tardes encontrábamos los caminos vecinales muy animados, con personas que estaban en la banqueta con sillas y mecedoras tomando el fresco. Muchas señoras salían a descansar y a charlar con vecinas, lo que nos facilitaba la labor, porque no necesitábamos tocar esperando que nos abrieran la puerta, lo que nos hacía perder tiempo. O había señores jóvenes que igual ya estaban afuera de casa, cerveceando y sin camisa.

Al llegar a los talleres, los rudos mecánicos o los afanadores de oficios diversos, como zapateros o costureros, dejaban sus actividades se limpiaban las manos y leían con atención el volante que les entregábamos. Ahora veo que en muchos rostros vi esperanza, ilusión o quizás algún sueño que tenían frustrado. Estudiar en un colegio comercial se veía bien.

Ellos, que se sentían destinados a trabajar por un salario mínimo, o deslomándose en el taller para obtener ganancia a base del esfuerzo y la destreza física, podrían desarrollar otras habilidades intelectuales. Quizás se veían en un futuro mejor, luciendo pantalones Topeka, camisa Manchester, mocasines Justicia, caminando en oficinas entre gente culta y trajeada que llevaba la contabilidad de grandes empresas.

Quiero pensar que esos papeles de media hoja que entregábamos despertaron el interés de muchas personas que dieron un paso adelante, con la mano en alto, para anotarse como estudiantes del Colegio comercial.

De regreso, se nos repartía una paga magnífica: 5 pesotes. Y así como nos los entregaban se iban. Luego de desembarcar, en la esquina de donde salimos afuera del Benito, cruzábamos a la tienda de doña Tina, que estaba enfrente, y comprábamos una coca bien helada que sabía gloriosa acompañada de unos fritos, para repasar las incidencias de la volanteada.

Ya no existe el reparto de flyers, del Benito.

Ahora el Colegio se promociona en redes sociales. Con los años evolucionó y se convirtió en lo que ahora es el Instituto Universitario Lic. Benito Juárez A. C. Hay página de Facebook y anuncios distribuidos por Whatsapp y otras enredaderas virtuales, que tienen impacto en miles de seguidores. Aún paso por la escuela de vez en cuando y veo centenares de chicos que entran y salen para mantener viva la tradición antigua de la escuela.

Siento pena por quien maneja las redes del Benito pues si bien sus mensajes virtuales tienen más impacto en este tiempo de híper conectividad, no sabrá lo que es la dicha entregar de mano un pedazo de papel a personas que se ilusionaban, con un mensaje que era la invitación hacia un mejor futuro.