La sola mención del género y la sexualidad como temáticas de la literatura infantil y juvenil (LIJ), genera una reacción visceral en sectores conservadores.

La mera inclusión de conceptos como identidades sexuales no binarias genera escozor.

En un recuento sobre libros infantiles con personajes de una orientación o identidad sexual no heteronormativa, el periodista especializado en LIJ, Adolfo Córdova, encontró apenas 12, que reseña en su blog especializado Linternas y Bosques.

Creo que, además de la evidente homofobia que persiste en nuestras sociedades, hay un factor adicional que explica el rechazo al tema de la diversidad sexual en la literatura infantil.

A la LIJ -en especial, a la literatura infantil- se le atribuye una función instructiva que, de manera similar a la enseñanza tradicional, le dicta a sus incipientes lectores qué pensar y qué hacer en las diferentes situaciones de la vida.

A los libros infantiles se les adjudica el poder y la responsabilidad de aleccionar y transmitir una idiosincrasia que los ha de socializar; es decir, se ve a estos libros como responsables de transmitir los valores y pautas de comportamiento que la sociedad espera.

Pero esta creencia es problemática porque -además de que reproduce los prejuicios conservadores de la heteronormatividad- deja fuera el valor estético intrínseco de la LIJ, así como su potencial para proporcionar elementos que permitan comprender y relacionarse mejor con las diversas realidades que atraviesan y atestiguan las infancias. 

Además, los libros sí cumplen una función socializadora. Pero no lo hacen de la forma en que estos sectores conservadores piensan: el libro no le dicta a sus lectores qué pensar ni sentir.

De hecho, en estas edades, son lectores más autónomos y menos adoctrinados que la mayoría de la población adulta, aún lectora.

Al leer «Un hijo”, de Alejandro Palomas, seguramente sentirá empatía con Guille, el niño de 9 años de edad que de grande quiere ser como Mary Poppins, y se angustiará con sus problemas.

Deseará que se sienta amado, que alcance sus metas y la sociedad le acepte.

Pero de ahí a que esta lectura -o cualquier otra- induzca una orientación sexual por esa simpatía, hay un mundo de diferencia. 

¿Por qué es importante la diversidad sexual en la literatura infantil?

En general, la literatura es capaz, como ningún otro medio, de crear una conexión íntima entre el libro y sus lectores, quienes acceden así a un mundo emocional que en la vida real quizá le es completamente ajeno.

La literatura infantil permite a sus lectores acceder a una gran diversidad y riqueza de formas de ser, vivir, pensar y sentir. Pero la relación que se establece no es de causa-efecto, aún entre las infancias. 

Los libros son puntos de referencia y espejos en los cuales vemos reflejados otros sentipensares

Entonces, ¿por qué no reflejar las realidades que ya se están manifestando en otras expresiones culturales y artísticas, como el cine y la televisión?

Necesitamos más obras de literatura infantil que aborden la riqueza de la sexualidad en las identidades, preferencias y orientaciones, y que además evidencian cómo los roles de género moldean nuestras vidas.

No es para decirle a la niñez qué pensar y sentir. Es para que encuentren eco de las historias y situaciones que están viviendo a través de su propia experiencia personal y en la cultura de masas.

Y es que además necesitamos una nueva ciudadanía más incluyente y crítica hacia los roles que encorsetan y oprimen a mujeres y a la comunidad LGBTQ+. 

A diferencia de la nueva ética animal, que está encontrando aceptación rápidamente, el movimiento queer se topa con pared en México, especialmente en Nuevo León.

Necesitamos una libertad de expresión y una cultura cívica que reconozca que la LIJ también puede y debe ser disidente, dentro de los parámetros y las convenciones del género.

Negarlo es ignorar que las infancias nacen en una sociedad binaria, en donde se les imponen identidades, expresiones y roles de género, y en donde se condena todo lo que está al margen de la heteronormatividad.

Lo cierto es que comenzamos a vivir y a forjar nuestras expresiones de género, una identidad sexual y una orientación sexual desde el momento en que nacemos. 

Hay que hacer consciencia de que la sociedad es cada vez más abierta y que los contenidos de las pantallas ya lo están reflejando.

Rechazar que la LIJ aborde la diversidad de mundos expresivos y emocionales es cercenar una parte de la realidad, renunciando a todas las posibilidades que la literatura puede generar para unas infancias más humanas y un futuro más incluyente y consciente.