Cuando se estrenó El Callejón de los Milagros, la cinematografía nacional gozaba de una salud óptima. Por esos años de mediados de los noventa, se estrenaban películas del Nuevo Cine Mexicano, remoquete que parecía un ardid publicitario en forma de eslogan salinista, para hablar de la renovación de la industria, aunque había mucho de cierto en ello.

Esta película, estrenada en 1995 y dirigida por Jorge Fons, presentó a Don Ru, un personaje singular que le daba nuevas connotaciones a la homosexualidad, explicándolo como un fenómeno psicológico, desde la deconstrucción social de la masculinidad, en el entorno de la subcultura de un barrio de clase media, en la Ciudad de México.

Como virtuoso de la actuación, Ernesto Gómez Cruz, recientemente fallecido, ayudó a entender cómo era el enfoque pragmático de las preferencias de este hombre casado y con hijos, pues en su simple escala de valores, las mujeres, decía, ya no lo satisfacían, por lo que había optado por buscar otras “sensaciones, nuevas emociones”.

La actuación es magnífica y comedida, pues Rutilio es el dueño de la cantina, un sitio donde se concita el machismo, la tomadera, el encuentro entre tipos duros que van a echar leperadas y a hablar de viejas, hazañas viriles, trabajo.

Es, además un macho en el sentido más tradicional, pues se impone con violencia a su esposa y, en el colmo, reprocha a los “putos”, como les llama a los gays, tratando de distanciarse de ellos, en un complicado ejercicio de desdoblamiento de personalidad, para mantener apariencias que no consigue ocultar.

La factura del personaje se le endosa a Vicente Leñero, uno de los mejores escritores que ha dado México. Leñero hizo una proeza literaria con la adaptación de la novela homónima del ganador del Premio Nobel Naguib Mahfous.

Escrita en 1947, la historia hace un comentario social de la época a las clases sociales desfavorecidas, frente a la burguesía de El Cairo y todo en el entorno de un sistema de creencias basado en el Islam. Leñero tomó todos esos elementos y los trasladó a la Capital del país, donde inventó un drama sinóptico y episódico centrado en tres personajes, entre ellos el de Rutilio.

Retrato

El guionista hizo un retrato soberbio de este hombre que caminaba por la vida sin saber realmente quién era. Porque Don Ru repudia lo que parezca homosexualidad o putería. Pero hacia adentro de sus sentimientos, al observar su propio comportamiento solamente encuentra liberación, pues se enfada cuando le dicen qué hacer con su vida y quieren prohibirle conductas comunitariamente reprochables. Lo que desean es que lo dejen solo. “¡Es mi vida!”, se enfada con aspaviento, ante los señalamientos de sus actos erráticos.

Puede comportarse como un rabo verde, cuando se junta con su amigote Fidel para adivinar, como un hombre conocedor de la vida, cómo se está poniendo rebuena Almita, la actriz interpretada por Salma Hayek. Le gustan los muchachitos, como reconoce tristemente su esposa Eusebia (Delia Casanova), pero sabe reconocer a una hembra sabrosa.

Don Ru no batalla en reconfigurarse, y cambia despreocupado los caminos de su sexualidad. Parece perversamente ingenuo cuando seduce con obsequios a Jimmy (Esteban Soberanes). Al proclamarse libre, paradójicamente rechaza la libertad, pues opta por la simulación, sin atreverse a revelar sus atracciones que, intuye, son prohibidas.

Leñero sabía mucho del comportamiento del mexicano en todos los niveles, estratos y preferencias. Los cinéfilos pueden seguir sus hechuras de guion estupendo desde El Crimen del Padre Amaro, pasando por La ley de Herodes, Lejos del Cielo, El llanto de la tortuga, los albañiles, Los de abajo y muchos otros trabajos que lo confirman como un mago para armar textos de cine.

En El Callejón de los Milagros alcanzó lo que yo creo fue el punto más elevado de su talento. Don Ru era el ejemplo típico de sus alcances. Si no fuera patético, sería enternecedor ver cómo el viejo Rutilio le da un obsequio al joven Jimmy en una caja envuelta para regalo, con todo y listones y moño. Es cursi, aunque cree que es bien intencionado y un gran seductor. Los Reyes Antiguos, la cantina de su propiedad, tiene un nombre pretencioso, que él pensará que es grandilocuente y majestuoso, de categoría.

Felicitación

Junto al personaje creado con elocuencia en el papel, está la interpretación de Gómez Cruz que en una entrevista reconoció que se sentía orgulloso del papel, que le había atraído la felicitación de miembros de la comunidad gay, que aceptaban que había hecho un buen personaje con características muy particulares.

Pero el actor hizo un trabajo sobrio, para darle seriedad al papel. Se alejó de la pose y la caricatura y rechazó hacerla de viejo maricón, para crear un hombre de mente simple, que había llegado al punto de la vida en el que quería solamente darse gusto.

Había encontrado deleite en el amor de un hombre joven con el que tenía encuentros furtivos, incluso en un discreto baño de vapor, suponiendo que se comportaba con discreción, aunque ya todos en el entorno sabían de sus deslices.

Larga vida a Ernesto Gómez Cruz, recordado siempre por El Callejón de los Milagros. Con Don Ru interpretó a uno de los personajes más complejos en la historia del cine mexicano, representándolo con dignidad, para hacer público un mundo que permanece constantemente en las sombras.