Cuando vivía en la frontera norte, conocí a uno de los tipos más desprendidos con los que he cruzado camino. El Gallo, le decíamos, a este camarada que tenía como virtud la generosidad, que iba más allá de lo que se espera de cualquier persona. Dice la canción: “Me quito la camisa por un buen amigo…” Él era de esos.

En aquellos tiempos, yo trabajaba en un diario de circulación local y los reporteros de Locales nos reuníamos en el taller mecánico de El Gallo, donde había pachangas a diario, despuesito de las cuatro de la tarde cuando se encendía el carbón para echar pellejos a la lumbre. Si la reunión no la presidía él, dejaba como delegado a uno de sus mecánicos. Su gusto era tenernos reunidos en el taller, para hablar de política y de la vida.

De los contertulios a estas francachelas, había dos que andábamos a pie. El amigo al que llamaré Treto y yo nos desplazábamos en pesera, aunque con frecuencia nos echaba raid un alma caritativa, de esas que no faltan en la interacción cotidiana de una ciudad pequeña.

Una tarde, El Gallo nos habló por teléfono al periódico a los dos y nos pidió misteriosamente que no faltáramos a la pachanga de esa noche. Cuando le preguntamos de qué se trataba, nos respondió crípticamente: “Ustedes sigan la carroza y no pregunten quién es el difunto”.

Obedientes y expectantes acudimos. Otro de los compañeros reporteros también iba a la reunión y nos echó el aventón consabido.

Nomás llegando, El Gallo nos mostró un coche que estaba en un rincón del taller. Era un viejísimo auto LeBarón guinda, largo como una lancha, y con las salpicaderas picadas. Se le había caído la capa de pintura del cofre así que se veía descarapelado. El anfitrión subió a la nave y la encendió. El motor sonaba brioso y saludable. Desde adentro nos dijo: “Es suyo. Ustedes pónganse de acuerdo para ver cómo lo usan”.

Encendido

Mientras nos reponíamos de la sorpresa, El Gallo apagó la nave y nos abrazó complacido por nuestra reacción. Nos dijo que, como nos veía apurados con el transporte, había acondicionado ese carro que tenía arrumbado, para que lo usáramos.

En esos años no era extraño que los reporteros acudieran a la fuente aduanera, relacionada con la Secretaría de Hacienda, para que el delegado en turno le cediera uno de los coches que habían sido decomisados y que no fueron reclamados nunca. Algunos reporteros sacaban del patio fiscal algún auto de modelo reciente que cambiaba a discreción cuando se los pedía el funcionario, para que no anduvieran de ostentosos.

El Gallo nos dijo que, como sabía que nosotros éramos honrados y no nos atreveríamos a pedir el favor en la Aduana, había decidido ayudarnos.

Tímidamente, y solo por no dejar, dije que no teníamos dinero para pagárselo. El Gallo nos respondió lo que ya sabíamos: “Nada, nada, es un regalo, nomás cuídenlo, canijos. Ya cuando no lo quieran o se consigan algo mejor, me lo regresan”.

Cuando le pedí la llave nos respondió: “¿Cuál llave?”

Con sonrisa cómplice abrió la puerta del piloto y nos mostró un sencillo mecanismo de encendido. Al coche no se le necesitaba colocar la llave, pues estaba puenteado. Es decir, su sistema eléctrico había sido configurado por los genios del taller para que arrancara uniendo dos cables pequeños de cobre, que estaban debajo del tablero, disimulados, y que derivaban directamente de la batería. Los uníamos, saltaba una chispa entre los dedos, y bruuuum, arrancaba. Los despegábamos, y todo se desconectaba.

Los asientos, si bien eran viejos y ajados, conservaban buen estado y estaban limpios, por lo que podíamos llevar pasaje. La dirección hidráulica funcionaba óptima.

Esa noche me llevé el coche a casa, pues Treto tenía raid asegurado.

Turnos para el regalo sorpresa

Al día siguiente llegué al periódico y, como había acordado con Treto, le dejaría la nave para que él se la llevara y que me la entregara al día siguiente. Yo me retiré en pesera.

La rutina de turnos se alteró a los pocos días. La esposa de Treto tenía coche y era también mi amiga, así que le rogaba que pasara por su viejo, para que me dejara el LeBarón. A veces llegaba por él y a veces no. Entonces había rebatinga sobre quién debía quedarse con la nave.

La situación se descontroló cuando rompimos el acuerdo de los turnos. A veces llegaba Treto en el coche y se ponía a escribir, y como yo tenía urgencia de ir a algún lado, lo agarraba sin avisarle. Dos horas después me hablaba para mentarme la madre por gandalla.

A veces pasaba por él a su casa en el auto, para hacerle la merced y a veces su señora tenía que hacer ese trabajo. Pero luego se desquitaba. Con frecuencia llegaba yo en la lancha y cuando salía ya no la encontraba, porque la había secuestrado mi amigo.

Lo bueno es que además de echar pestes por teléfono nunca nos enojábamos en serio. Nos llevábamos muy bien y no había afrenta por el despojo del coche que no pudiera ser bien resuelta invitándonos un par de caguamas. El corazón le dio a Treto piedad para entender que los fines de semana él tenía coche en casa y yo no, así que me lo dejaba a mi entera disposición.

Pero los agandalles mutuos seguían, por lo que no podía establecer una agenda certera, ya que no contaba con la seguridad del coche.

Llegó el punto en el que, al llegar al periódico, dejaba la nave a varias cuadras de ahí, para que Treto no la detectara y me la pillara. Le decía que estaba ponchada y la había dejado en casa, o argumentaba otras excusas tontas. Pero no tardó en detectarme el truco y, sin avisarme, caminaba alrededor de nuestro lugar de trabajo para encontrar el auto y gozarlo, dejándome a pie.

Así estuvimos un par de meses con dinámicas raras, hasta que el lunes llegó al periódico con su propio móvil, una camioneta Toyota de muy buen funcionamiento, que había comprado el día anterior. El LeBarón ya era enteramente mío.

Así anduve otro mes hasta que se me presentó la oportunidad de adquirir una camioneta Bronco color café, ostentosa, de vidrios ahumados y de llantas anchas, por lo que le tuve que regresar el auto guinda al Gallo, a quien le quedé agradecido de por vida, por su generosidad en esos días con su regalo inesperado.

No he vuelto a ver al Gallo, espero que esté bien. Seguramente siguió ayudando peatones en pena, como yo, necesitados de un coche funcional, aunque que se encendiera puenteado.