Es el 27 de enero de 2026 y salgo de mi casa rumbo al trabajo. Infórmame, le digo a Grace antes de subir al coche. Estornudo y siento el escurrimiento nasal. Hoy anuncian el Premio Alfaguara de Novela. Lo transmitirán en directo y me lo voy a perder. En el coche, Madonna canta de nuevo Like a prayer. Espero el título para ir a hojearlo y, si me convence, comprarlo.

Mi nariz insiste en ser una cascada en cada estornudo. Este resfriado invernal me hace detenerme frente al Waldo’s para comprar unos kleenex. Mientras recorro los anaqueles pienso en el premio, en desde cuándo comenzó mi fascinación por él. Voy hasta mi infancia; la sintonía de mis recuerdos se ubica en 1984.

Me acuerdo que los sábados de los ochentas pasaban dos cosas en mi casa: me sentaba absorta a ver el Festival OTI -en Televisa- y mi papá empezaba la monserga de la misma amonestación semana tras semana: ¡Si serás boba –no decía boba, pero nunca me diré como él decía-, ese concurso está arreglado! ¡Ya se sabe quién va a ganar!

A mí me dolía hasta el alma, aunque a esa edad no sabía lo que era eso.

Celebraba el concurso, la novedad de las letras, el vozarrón de Yuri, la melodía de los hermanos Zavala Tara ta tara ta tara ta tara ta tara ta tarará y era emocionantísimo escuchar el nombre del ganador en la voz de Raúl Velasco. Después concursé en el Festival de la Canción de la Preparatoria 1, perdí estrepitosamente, pero constaté que el jurado fue justo cuando vi las anotaciones y sumas. Las matemáticas no mienten. Sé que parezco y soy ingenua al comparar escalas tan dispares, sin embargo prefiero creer.

Comencé a escribir, sintiendo muy lejano e inmenso el sueño de publicar. Leía mucho, todo lo que me caía a la mano en casa, los libros de la Alfonsina, la Ciudadela, la Central y la biblioteca del IMNRC.

Cuando tuve oportunidad de comprar libros me dejé aconsejar por las listas de libros más leídos, recomendados y demás. Era joven e ingenua, si acaso no son sinónimos. Adquiría ejemplares de Sepan cuántos, Debolsillo.

Entonces me topé El premio Alfaguara y conocí a Eliseo Alberto y su Caracol Beach. Repito: era joven y creía. Decidí que podría hacer un esfuerzo, ahorrar y comprarlos cada año. Era un gran premio. Debía ser lo mejor del mundo mundial. Nunca pensé que algún amigo o alguien cercano a mí lo ganaría y que podría saludarlo, felicitarlo y abrazarlo. Era un sueño tan lejano, un sueño en Lontananza que hoy la vida me permite vivir. And it feels like home, subraya Madonna.

Año tras año compraba el libro ganador del premio, sin imaginar la enorme felicidad que esto conllevaría.

Ya no soy tan joven y tampoco soy ingenua, sin embargo la tradición se impone y sigo comprándolos y esperando el anuncio. Algunos me han decepcionado e incluso los he regalado, otros se han quedado en el anaquel puesto que no resuenan conmigo, otros han sido una deliciosa sorpresa y he seguido la carrera del autor. Un gran estornudo con escurrimiento nasal hasta el piso me regresa al presente.

Premio Alfaguara 2026

Apenas pago los kleenex, suena la alerta de varios mensajes en mi teléfono. Vuelvo a estornudar y es imperioso abrir el paquete y limpiar mi nariz. Después de resolver el asunto higiénico veo el mensaje: David Toscana (Monterrey, 1961) ganó el premio Alfaguara con la novela El ejército ciego. ¡David Toscana ganó el premio Alfaguara! Los kleenex me sirven también para limpiar las lágrimas que han brotado espontáneas e incontrolables frente a esta noticia. En mi corazón anida un braquiosaurio que corre un maratón como David lo hizo para escribir esa escena de El ejército iluminado.

Entre la cortina de mi llanto veo correr a Yuri a través del tiempo, subir la diáfana escalera de la nostalgia y con los brazos abiertos viene a abrazarme mientras canta Siempre vendrán tiempos mejores. Me abraza a mí y a la niña que creía en los premios, en el OTI. Recibo el abrazo y lloro recargada en mi coche. ¡Es David! ¡Es Toscana! Un amigo gana el Premio Alfaguara, que se suma al Vargas Llosa, al Poniatowska, al Premio a las Artes de la UANL, al Villaurrutia, al José Emilio Pacheco. Toscana se consolida.

La pluma más caleidoscópica, enciclopédica, irónica, mágica, histórica, lúcida, poética, sólida, y todas las esdrújulas que pudiera enlistar. Único en su unicidad. Quiero tomar el tren en Estación Tula y viajar a felicitarlo o conseguir Las bicicletas  mágicas y místicas que me permitan cruzar el océano para felicitarlo. ¡Bravo, David!

Para abrazar al David niño, que caminaba sobre las calles de la colonia María Luisa, vecindario de antaño perdido en el centro de La ciudad que el diablo se llevó, desvío mi camino para recorrer la calle Degollado. Lo mejor de tener una pasión son los amigos que te siguen la corriente. En el celular, recibo muchos mensajes, mis amigos y contactos me informan lo de David: me siento tan querida, tan acompañada, pero esto no se trata de mí, este premio es de David, que para eso tiene nombre de rey. A mi vez, le escribo a Elizabeth Moreno y, por supuesto, al autor. Publico y republico la noticia en Facebook: quiero que llegue hasta El último lector. Mientras leo las felicitaciones de un montón de instituciones resuenan en mi mente las fanfarrias de los hermanos Zavala.

David Toscana. Foto: Juan Llaguno.

Recorro Degollado, imagino a David imaginando a Olegaroy, dibujando a Barbarela, a Emanuel, Babette. Y aunque Toscana deplora lo cursi no puedo dejar de serlo: me enternece mucho pensarlo escribiendo las historias en la mente mientras jugaba a las canicas o al bote pateado en las calles que lo vieron crecer. Tomo asiento en la banqueta e invito a Miguel Pruneda a sentarse conmigo para enviarle a David una felicitación aderezada por el llanto. Nunca había escrito tantas veces la palabra ¡Bravo! en un email. Las palabras, tan silentes, también sirven para condensar toda la algarabía y emoción del momento. Asumo que la fiesta en Madrid es similar al gran banquete de Santa María del circo.

Siento que mi catarro es una traca de juegos pirotécnicos. Veo las fotos en el Facebook. La felicitación es unánime. Diversas instituciones comienzan a felicitarlo; incluso el gobernador de Nuevo León. Este hecho me hace recordar el cuento El error de la memoria incluido en Brindis por un fracaso. ¡Samuel, pon el libro de David en el Faro del comercio!

No encuentro a nadie que le eche tierra, como sucede en algunos premios. Alguien, sí, cuestiona el Premio Alfaguara, pero no a David. Es irrelevante saber qué diría mi papá.

En su novela Los puentes de Konigsberg la ciudad es la gran protagonista, no obstante, me sorprende un artículo sobre él en Architectural Digest; la escritora Mariana Ortiz, dice:  “El ejército ciego fue el libro merecedor del galardón gracias a su “tono oral y poético que mezcla testimonio, leyenda y humor negro”.

Montaje: Edna I. Basurto.

Jorge Volpi, miembro del jurado, al entregar el premio menciona que la novela es “una fábula oscura y poderosa” que ofrece “una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia”. Los personajes marginales se convierten en héroes bajo la pluma de Toscana.

David Toscana y la autora, Lorena Sanmillán, durante la presentación de la novela «Obsesión de Cañamazo» en 2024.

¡Qué buena noticia, David! Gracias por darte y darnos esta enorme felicidad que nos hace soportar con enorme contentura El peso de vivir en la tierra. ¡Enhorabuena, David! Me siento muy orgullosa de ti, de tener el privilegio de estrechar tu mano y agradezco infinito tu amistad, tu talento, y que hayas presentado mi primera novela. Ya quiero irme a formar en la fila para comprar la tuya. El ejército ciego, seleccionada entre más de 1100 manuscritos disputando el premio, disponible a partir del 26 de marzo en todas las librerías de México y el mundo. ¡Bravo, bravo, bravo! Se ha ido el catarro: este suceso es el mejor Paracetamol.

Por cortesía de Alfaguara, comparto el párrafo inicial de la novela:

“Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y verlo todo negro. Preguntan otras cosas. Que si se oye mejor cuando no se ve. Que si todas las mujeres parecen bellas. Que si se distingue entre el día y la noche. Que si seguimos soñando. Que si lloramos. A muchos les interesa indagar algún trasto sobre la muerte. Si en la resurrección de los muertos tendremos ojos. Es cierto que a algunos criminales los cortan en partes, los queman y los hacen hollín para que no vuelvan a habitar la tierra.

Está escrito que no deben dejarse los cadáveres para que los coman las bestias o los piquen las aves, y ya desde siempre se discute sobre lo que ocurrirá a un hombre si se lo traga una ballena. A Jonás lo escupió luego de tres días. Pero son muchas las embarcaciones que cada año se pierden en el mar junto con todos sus hombres y no se sabe más de ellos. Hay que creer que, si la resurrección le llega a alguien en el fondo del mar, se volverá a ahogar.

A los navegantes que nunca regresan se les hace un sepulcro. A los cadáveres que llegan a la arena también se les da sepultura, aunque nadie sepa quiénes son. Hay sepulcros con cadáveres sin nombre y otros con nombres sin cadáveres. En la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, yo espero tener ojos. Pero no puedo saberlo, como tampoco nadie sabe si quienes murieron viejos serán viejos y los jóvenes, jóvenes, aunque se entiende que los hombres seguirán siendo hombres y las mujeres, mujeres. Yo creo que quienes resuciten habrán de ser jóvenes porque maligno premio sería volver con la carne que ya no sabe de placeres. Alguien me preguntó si echaba más de menos el verde o el azul. No lo había pensado. Le respondí que el azul, y quizás sea verdad. El azul.”

La felicidad es una forma de navegar por esta vida que es la mar, diría Gualberto Castro, quien también ganó el OTI. Lo mejor que pueden hacer los kleenex es limpiar las lágrimas que brotan en este momento de suprema felicidad y preparar la mirada para leerte. Seguro Lucio te recomendará mucho en su biblioteca.

¡Felicidades, querido y admirado David! Un poeta local ganó el Premio Alfaguara 2026.