Dairo había olvidado la cita para ir a la biblioteca, a hacer la tarea. Vivía a dos cuadras de mi casa y a las tres de la tarde, como lo pactamos, pasé por él.
El calor en el ambiente era intenso, pero él se encontraba con otros niños de su cuadra alimentando una hoguera, en un terreno baldío. Estaba descalzo, como de costumbre. Yo no entendía cómo podía andar sin calzado en superficies llenas de cadillos y cristales rotos. O en la banqueta ardiente.
Echaba botes de leche, periódicos, latas, bolsas viejas, lo que encontrara para avivar la llama. Al verme se sobresaltó, evidentemente sorprendido. No recordaba nuestra cita, por lo que, sin decir nada, corrió a su casa y menos de un minuto después regresó con lápiz y libreta para enfilarnos a la Plaza Principal.
Ahí en la Villa de Guadalupe, hubo un tiempo en el que el mismo edificio donde despachaba el alcalde se encontraba la Biblioteca Municipal. Lindo lugar. Era un rincón del segundo piso, con un sistema singular de obtener libros de consulta. El bibliotecario se encontraba detrás de un mostrador alargado, de varios metros.
Uno acudía directamente a él, para hablarle del tema a tratar. Él sabía siempre cuál libro nos daría respuestas.
Esa tarde debíamos hacer una monografía de los Niños Héroes, y obtener datos de los animales celenterados y anélidos
Me gustaba acudir al Palacio. Sentía imponente su arquitectura colonial, el silencio en el interior, la trascendencia del recinto.
En la escalinata exterior para ingresar al edificio nos encontramos con otros compañeros y compañeras del salón de cuarto grado, que nos habíamos citado.
Un imprevisto
Cuando nos disponíamos a entrar ocurrió un imprevisto: Dairo se sintió apenado por no traer calzado. Era extraño. Mil veces había acudido a jugar a su casa y su primera ocupación, cuando llegaba de la escuela, era despojarse de los zapatos y vestirse con pantalón corto, como yo. Era un niño pata rajada.
Le pregunté desconcertado su indecisión y me explicó que se sentía incómodo. Podrían pensar que era un niño de la calle, me dijo. Los demás compañeros lo animaron: nadie se fijaría en sus pies. Además, por la condición humilde de muchos niños del sector, llevar zapatos no era requisito para ingresar a la biblioteca.
Pero se mantuvo inamovible. Me percaté que, por vez primera en su vida, le pesaba andar con los pies desnudos. De hecho, nunca lo había visto cohibirse de esa manera. Se arrepentía de haber acudido así. Su casa estaba a unas cinco cuadras de ahí y, a esa edad, regresar era una travesía larguísima, por lo que solo le quedaba retirarse para no volver.
Inesperadamente, me senté en los escalones y en unos segundos me despojé de mis tenis y calcetines, y se los di. “Yo entraré descalzo”, dije con decisión. Dairo se mostró reticente. No estaba dispuesto a hacer que yo pasara por la pena que él sentía. Le expliqué que a mí no me provocaba nada andar sin calzado, y lo animé a aceptar mi ofrecimiento.
Los demás compañeros también lo instaron a razonar, y finalmente se puso mis prendas. Le quedaban un poco grandes, pero se cumplía nuestro propósito.
Entonces entramos al Palacio y de inmediato sentí la sensación de bochorno que le evité a Dairo. Realmente sí daba pena andar descalzo por ahí. Lo más raro era que nadie reparaba en nosotros, ni en mis pies. Subimos la primera escalinata. Sentía el frío piso. Solo yo estaba preocupado de mi apariencia, pero sentía las miradas de todos sobre mis dedos de uñas maltratadas.
Pasamos hasta la segunda planta y entramos a la biblioteca. El mundo seguía sin reparar en mí. Para mi sorpresa, había otros niños, muchos igual que yo, sin zapatos. Nadie se ocupaba de ellos. Recuperé la confianza.
Una hora estuvimos haciendo la tarea. Una parte del piso estaba alfombrado y sentía cosquillas en las plantas. En otra área pisaba baldosas frescas. Me desplazaba entre las mesas. Me paré para pedir algún libro con información extra sobre bichos. Todos eran indiferentes a mis empeines pelados.
Fue una tarde divertida y si bien no tuvimos sobresaltos, permanentemente pensaba en mis pies.
Tenía la costumbre de andar en tenis y pude percatarme, por experiencia propia, de lo que sentirían algunos niños que no podían adquirir calzado y que andaban en sus plantas todo el día, como muchos que pasaban por la casa vendiendo paletas en un carrito o voceando el periódico de la tarde.
Al salir, Dairo me regresó mis choclos, y con ellos recuperé el alma. Los compañeros me felicitaron por mi desprendimiento. Caminamos de regreso a casa. Al despedirnos, Dairo me dio las gracias.
Era yo quien debía agradecerle. Al permitirme andar sin calzado, me dejó asomarme, al menos una vez, por la ventana de la pobreza extrema, donde los niños no tienen forma de llevar zapatos a diario.
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