Vi por vez primera la película Ben: la rata asesina (Ben, 1972) cuando estaba en primaria. Era de esas cintas que pasaban por televisión abierta en el Canal 3 de Monterrey de noche, entre semana. En esa época la transmitían una vez por año, así que todos los compañeros del aula la discutíamos cada vez que la volvían a poner.

En aquel tiempo solo la veía como una cinta de imágenes impactantes de rebaños de ratas asquerosas al ataque. Ahora la puedo comprender con una lectura política, sobre la necesidad de encontrar un lugar en la sociedad.

La trama es simplona: un hombre cría ratas inteligentes que terminan atacándolo y matándolo. Todas huyen a las cloacas de la ciudad donde se reproducen por miles y comienzan a asesinar personas en el vecindario. Hay un niño, Danny, solitario y afectado del corazón, que se hace amigo de la rata líder, conocida como Ben.

La cinta se concentra en el asco que produce la visión de una plaga de los pequeños roedores amontonados, y el horror con el que se retuercen las personas devoradas por ellos. ¿Cómo las ratas pueden matar a un hombre? Así, como si nada: el tipo las encuentra, grita aterrorizado y a la siguiente toma ya está en el suelo, mientras es fulminado por las mordeduras.

Vi hace poco Ben con Luci, que está también en primaria. No la había repasado en más de cuarenta años. La contemplé con otros ojos, y pude ver todas sus enormes fallas, la trama prácticamente inexistente y la complejidad de su producción. Es notable el esfuerzo para reunir ratas entrenadas. La leyenda dice que eran miles.

Luci siguió con atención la relación extraña entre Danny y Ben. No se horrorizó, como yo entonces, y hasta reía por algunos absurdos.

Al final pudimos encontrar una visión alterna a esta historia de horror animal, convertida en película de culto.

Ternura diabólica

De chavo, además de llamarnos la atención el ataque de las ratas, nos sorprendíamos del tema musical de la película. En aquellos años despuntaba un muchacho negro, tremendamente carismático, llamado Michael Jackson, integrante de la boy band Jackson 5. Con su voz angelical, interpretaba el tema sereno, de balada pop, en contraste con el diabólico animal. La temática de la canción era de amistad y amor fraternal. Luci se sorprendió al reconocer al cantante, y más al saber que la melodía tuvo su nominación al Oscar.

Me gusta acercarla a este tipo de películas. Si no se las presento yo, seguramente nunca las verá, pues ya no las transmiten por ningún lado.

Cuando terminó la comentamos. Ben es la secuela de la cinta ¡Escalofrío! (Willard, 1971), estrenada un año antes, con el personaje que, al inicio de esta, entrena a los animalejos. La primera fue un hitazo en taquilla y la segunda fue un fracaso.

Nos concentramos en el epílogo de Ben, la rata asesina. Uno de los personajes, el reportero metiche Hatfield, se refiere a las ratas practicando el lebensraum, un sistema de colonización de la Alemania nazi, que buscaba ampliar su territorio mediante la conquista de espacios. En este caso, lo que buscaban las ratas era simplemente un lugar para vivir.

Póster original de Ben, la rata asesina (1972)

Como roedores, son seres desposeídos, relegados por la sociedad y sin ningún valor. Son fauna nociva y repulsiva. La gente no quiere la convivencia con ellas y las extermina, como forma extrema de rechazo.

En el trasfondo, el guionista Gilbert Raltson no era inocente cuando escribió sobre una problemática social, convertida, medio siglo después, en tema de la agenda global. Al guion se le ha criticado por falta de ideas, pues solo muestra al ejército de bichos vandalizando casas y supermercados, saqueando almacenes y asaltando a los desprevenidos.

Pero la historia contenía una idea en la sombra, poco visible, y reflejo de las problemáticas futuras. Se puede constatar a diario, en las noticias internacionales: el problema de los desplazados, la gente que busca un espacio para vivir. Las masas de personas imposibilitadas para quedarse en su lugar son obligadas a huir donde les quieran.

Pero incluso, en el oscuro rincón que encuentren para asentarse, van a ser objeto de asedio. A Ben y a su manada de roedores los persiguen debajo de las alcantarillas. La municipalidad, rebasada por las muertes, ordena su exterminio. Los especialistas bajan a las cañerías de la ciudad y activan sus lanzallamas, sus mangueras de chorros aspersores. Los policías les descargan los perdigones de sus escopetas.

Se asume que los bichos peludos atacan por maldad. La perspectiva es injusta, dice Luci, pues actúan por instinto. Todas tienen un fuerte sentido de pertenencia, pues se compactan por la causa común de la supervivencia. Siguen al líder. Danny baja al desagüe subterráneo, entra a la guarida y cuando las ratas se disponen a atacarlo, un par de chillidos de Ben las detiene y todas, por magia, se vuelven sus amigas.

Ben, la rata asesina, una película B de culto, fue despreciada en su momento, pero ahora retoma una inquietante actualidad, por el derecho que nos apropiamos para excluir a quienes nos resultan desagradables.