Rudy apareció un día, sin aviso, en el barrio. Cargaba un morral de ixtle donde acomodaba la colecta del día. Vestía de una forma que parecía uniforme de pordiosero: pantalón roto, con rajadoras en las rodillas, camisa que alguna vez fue clara, y un chaleco verde ajado y sucio. Portaba también un sombrero vaquero arrugado como chicharrón.

El cabello y la barba cerrera eran completamente blancos, y su rostro ligeramente moreno. Le calculaba unos 60, y que vivía de lo que le daba la gente.

Contrario a lo que se supone de personas en situación de calle, Rudy no tenía extravíos mentales. No estaba loco, ni alucinado. O eso creíamos. Alguien se enteró que en realidad se llamaba Rudolph, que había vivido durante décadas en Estados Unidos y que, al regresar, la familia lo abandonó y se echó a la calle, donde dormía.

Decían que tenía residencia permanente bajo el Puente Guadalupe, en una techumbre de cartón y triplay, y comía de la caridad.

How’s going”, respondió cuando alguien se atrevió a dirigirle la palabra en inglés.

Uno de los chicos del barrio le había dicho, “How are you, Rudy?”, a lo que respondió apropiadamente, como si hablara con un compatriota.

Maico, que ya estaba en la prepa y que a veces iba a Houston, con parientes de allá, conocía más palabras, y algunas veces entablaba conversación con Rudy, que respondía con un fluido inglés, pues era perfectamente bilingüe.

¡Malditos!

Una vez, llegó tambaleándose y tomó asiento en la banqueta de la esquina. How are you Rudy?, lo saludamos. “Pretty good, friends”, susurró. Sacó del morral una botella de caña, de Don Bucho y se la empinó con gusto. Estaba visiblemente borracho. Sollozó con voz ronca: “¡Quiero regresar a mi país, Saltillo!” y después lo repitió: “I wanna go back to my country, Saltillo!

Nos reímos de su ocurrencia, pero dejamos que se desahogara. Un rato después se retiró tambaleándose. “See you, Rudy”, le dijimos, y nos respondió sin voltear: “So long, friends”.

Al día siguiente por la tarde, Luis nos dijo que tenía un tío, que había vivido en Michigan. De visita en la casa, cada vez que algo le salía mal, maldecía: ¡Catemen! Recuerdo que me atreví a corregirlo, porque conocía la maldición por unos primos de LA. Se dice goddamned, expliqué.

Esa noche, mientras jugábamos futbolito callejero, apareció el pordiosero, con su morral y tomó asiento. Con inocencia, y solo por experimentar una palabra nueva, Luis se acercó a Rudy y le dijo: “Hey Rudy, catemen”. El viejo resorteó para ponerse de pie. Con el rostro encendido, como nunca lo habíamos visto, ladró en español: “¡Tu mamá es una pu…” Todos retrocedimos, asustados. “Fuckers, don’t curse me!”, repitió en inglés. Sus maldiciones eran originales.

Mientras murmuraba palabras que se adivinaban de enfado, buscaba algo en el morral. Extrajo una caja de cereal, y se la arrojó al que tenía más cerca. “Leave me alone!”, gritó desesperado

Lamenté que lo alteráramos con esa palabra que, según sabía yo, no era una imprecación personal, sino una simple expresión para denotar malestar con algo. Mi tía gringa la expresaba cuando en español hubiera querido decir carajo., Pero Rudy la había tomado como agresión.

Fatigado, cogió su morral y se retiró mencionando que las madres de todos participaban en oficios deshonestos del comercio del cuerpo, y que se deleitaban en la promiscuidad. Mientras se iba, Luis malvado volvió a gritarle: “Catemen, Rudy!

Saltillo

Al día siguiente, el invitado al barrio apareció apaciblemente, como si hubiera olvidado el reciente intercambio de majaderías. Poco antes le habíamos advertido a Luis de su insensibilidad, con un veterano que merecía respeto y que debía ser tratado como un igual. El amigo estuvo de acuerdo y dijo que ya lo trataría con consideración a la siguiente que se apareciera. Pero apenas tomó asiento Rudy, Luis disparó: “Foqui!” Obviamente quería expresar la palabra más mentada en el idioma inglés.

El pordiosero otra vez se levantó y empezó a echar pestes de su madre, también llamándola de la peor manera. Luis reía y rondaba alrededor, fuera de su alcance: “Foqui, catemen!” Le decía, burlón y provocador, mientras Rudy le respondía con palabras en inglés que se le iban haciendo más débiles hasta que calló, porque se sentó a llorar, desconsolado.

Se veía enrabiado e impotente. Si Luis hubiera estado a su alcance creo que sí lo habría estrangulado.

I’m sorry, Rudy”, le dije en una pausa de silencio. Él solo levantó la mano, demandando silencio. Todos comenzamos a reprochar a Luis, que seguía divirtiéndose cruelmente con el estado lamentable del viejo. Sin reparar en nosotros, el indigente cogió su morral y se retiró a pasos lentos.

Supe que ya no regresaría. Ya no tendríamos sus maldiciones originales. Luis se había comportado como un imbécil y se lo dijimos, y aunque parecía arrepentido, de repente gritó: “Rudy, catemen, foqui!” Las palabras ya no sonaron divertidas y el viejo, que seguramente las escuchó, no se detuvo a responder.

Nunca lo volví a ver a Rudy. Seguramente se fue a buscar compañía en otros barrios. Seguramente ya no está en este mundo.

Espero que algún día pudiera regresar a su país, Saltillo.