“¡No mires arriba, te puedes quedar ciego!”, la maestra le gritó enfadada a mi compañero, que había tenido la imprudencia de asomarse al Sol.

Era 1980, y en ese tiempo las noticias viajaban lento. Pese a ello, por todos lados se pedía la población que no mirara el sol. Pero éramos niños, qué más puedo decir ante la curiosidad desenfrenada.

Hace más de cuatro décadas, sin internet ni hiperconectividad, apenas servían como vehículo de información los periódicos, los noticieros de la televisión y la radio.

De hecho, en casa nuestro principal sistema de noticias era una estación en Monterrey conocida como Radio Fantasía, que escuchábamos antes de ir a la escuela. Entre canciones, el locutor pasaba muchos datos de cultura popular, curiosidades, onomásticos singulares.

En la semana previa al eclipse parcial de 1980 en Monterrey por ahí nos dieron mucha información sobre el fenómeno del cielo.

Lo primero que se difundió sobre la anomalía era una advertencia: no mires al cielo, porque te puedes lastimar las retinas, debido a la dilatación de las pupilas que deja entrar más luz de la habitual.

Tenía buena razón para estar enojada la profesora esa mañana. Luego de una campaña permanente de advertir, a todas horas que nadie debía ver directamente el eclipse, mi compañero lo hizo. En realidad, no le ocurrió nada al niño de la imprudencia, pero fue advertencia suficiente para que nadie lo imitara.

Desde los albores de la humanidad, igual que hoy, el que ve directamente un eclipse se lastima los ojos, y se puede quedar ciego.

Filtros

Este lunes 8 de abril del 2024 se verá en México un eclipse total de Sol, como no se había vivido desde 1991, y como no se vivirá hasta el 2052. El cielo se oscurecerá en Monterrey. El que mí me tocó en el tiempo ochentero, fue muy parcial y no provocó ningún ensombrecimiento en la Tierra.

Ahora sí, los riesgos han sido difundidos por todos lados. Es imposible que alguien sea ajeno a la advertencia sobre ver directamente el fenómeno. Ya se sabe: por más tentación que se tenga, por más emocionante que sea, no hay que mirar al cielo, porque el daño ocurre en cuestión de segundos y es permanente.

Recuerdo que aquella mañana de la escuela, los maestros se habían preparado con micas de cristal para soldador que protegían de las radiaciones. Los profes se las pasaban entre ellos, pero no nos las convidaban, supongo por los peligros que ello implicaba, pese a la pretendida seguridad del filtro.

Lo que se hizo y funcionó a la perfección fue un método que, ahora veo, está prohibido. Las entusiastas chicas de sexto grado colocaron en el centro del patio cubetas con agua. Debajo de la superficie líquida colocaban plásticos negros, apenas sumergidos un par de centímetros. El Sol, con la superficie mordida por la luna, se reflejaba con total nitidez, lo que proporcionaba una visión inmejorable del fenómeno, que se veía en el cielo despejado de media mañana.

En el contraste oscuro del plástico, podía apreciar la moneda dorada y luminosa, de redondez impecable, apenas cubierta por la parte de la luna que eclipsaba el astro.

Así pasaron los minutos de aquella mañana sensacional, que nos arrancaba de la aburrida rutina de libros abiertos, dictados, y pizarrones emborronados.

Los estudiosos de la astronomía y la óptica afirman hoy que el eclipse del lunes no debe ser visto con la técnica de la cubeta. Por supuesto seguiré la recomendación de los expertos y me ceñiré a sus recomendaciones.

Ya adquirí las gafas con filtros especiales. Espero que a los chicos del nuevo milenio les resulte tan emocionante la contemplación de este eclipse, como me resultó a mí, cuando era un chamaco.