Casi dos meses después de la noche de san Juan y bajo la luz de la luna azul, fuimos convocados al Centro Cultural Plaza Fátima a ver la puesta en escena UTOPYA montada por el colectivo Improlabmx, dirigido por Avrora Boreal. Antes de adentrarme en el performance pensé que nada es casualidad y que precisamente Fátima es un sitio místico propicio para el encuentro con el arte.
Por la mañana había leído en el periódico acerca de un hombre que se lanzó de un paracaídas y tuvo un percance: sobrevivió a una caída de más de 2000 metros. También me enteré que un hombre fue a comprar un coche a una agencia en Brasil, y esto pudiera ser algo de todos los días, pero lo que lo vuelve diferente es que el hombre en cuestión llevó bidones llenos de monedas para hacer su compra. Todo el importe del automóvil lo llevaba en dinero contante y sonante: los ahorros de toda su vida. Hay realidades que son alucinantes y frente a esto, siempre nos superará el arte.
La obra, un prodigio de improvisación ensayada, está dividida en 8 escenas que pueden representar el infinito. Dice Marian Rojas Estapé que Todo se puede volver interesante si nos detenemos a observarlo. Así pasa con la realidad, que siempre supera la imaginación.
Salvador Dalí dijo alguna vez que no volvería a México porque somos un país más surrealista que sus obras. Así, en medio de este verano nos centramos en UTOPYA, con un guiño a Penas por amor perdidas.
Un piano con acordes graves nos da la bienvenida mientras observamos un fondo en rojo. La chica empieza a cantar en un idioma creado para esta noche de intensidades. Sobre su cabeza lleva cabezas diversas de varias muñecas y una más en los brazos. Canta, simula arrullar lo que sostiene. ¿Qué sostiene más allá de lo que vemos? ¿Pensamientos? ¿Un hijo espiritual?

¿Su desazón? ¿Su amor? ¿Sus ilusiones? ¿Los pensamientos de todas sus ancestras? Vestidas de oscuridad, tres presencias llegan a acompañarla mientras azota su posesión en el piso.
¿Azotamos lo que amamos? ¿Dejamos de amar? ¿Qué exigimos? ¿Qué pedimos? El rojo de la vida y la oscuridad de la existencia dialogan a través de imágenes. Imágenes que, en un mundo que está cada vez más invadido por la IA, se agradece que sean creadas por las ansias de placer estético y el gusto por compartir la esencia que tiene este grupo: la autenticidad, la libertad creadora, la amistad cómplice que han tejido durante los ensayos donde cada uno de ellos aportó su irrepetible forma de ser en su personaje. Labraron solidaridad y expusieron unidad. A través de Improlabmx conjugaron la sentencia de la Agrado (Almodóvar, 1999): Auténtica es la persona que más se parece a lo que soñó de sí misma.
Los músicos en el escenario, como en los viejos teatros isabelinos. Las cuerdas a la izquierda, comandadas por un contrabajo le dan un aire barroco a la escena y el órgano eléctrico a la derecha nos confronta con la modernidad. Todo dialoga dentro de su partitura y la música, como personaje central de esta obra, llena el recinto, abraza a los espectadores y los involucra con la trama.
¿Puede una puesta en escena ser improvisada? ¿Cómo se escribe el guion de algo así? Hay un proceso detrás. Cómo se expresa el ser humano si lo dejamos ser más allá de los cánones. Lo sutil de las cuerdas nos lleva a un telón azul y un cyborg angelical, una diosa o una medusa contemporánea. El aria intermedia, en una interpretación espléndida, acota el espacio para la reflexión.
Conceptos y danzantes giran alrededor de un eje que sólo ellos pueden ver y que el público interiorizará de acuerdo a sus proyecciones estéticas y emocionales. Es una tríada de personajes que, unidos, son un todo, pero conservan su individualidad expresándose corporalmente en un envidiable juego escénico de movimiento hipnótico. Deidad encarnada en donde todos somos uno. El mensaje conmueve a quien sabe recibirlo. ¿Qué vemos? ¿Un corazón desgarrado? ¿La vida abriéndose paso? ¿Las venas que conducen la sangre y los sentimientos? ¿Una incesante búsqueda o la manifestación del hartazgo frente a lo cotidiano?
¿Qué se hace después de que has sobrevivido a la vorágine del destino? Los tonos graves resaltan lo grueso; los tonos agudos nos llevan a lo delicado; sí, parece obvio y de hecho lo es, pero esta noche es para desafiar los significados. Acordes y armonías que acompañan, resaltan y subrayan el trabajo corporal de la puesta en escena después del aria que transmite su intensidad desde la primera estrofa.

¿Qué habrá más elegante que los harapos? Por el hecho de ir al teatro buscamos entre nuestras ropas lo menos gastado, en el escenario, el vestuario, creado por La vestuarista Mx, es otro protagonista que grita en silencio. Quizá pone en evidencia precisamente eso, somos una imagen que se disfraza y en el fondo, estamos vestidos de jirones de emociones, retazos de recuerdos y saldos de pensamientos. Con eso salimos vestidos de triunfo para afrontar la vida. ¿O quizá es la vida la que desgarra nuestros vestidos? Lo ancestral se hace presente con el simbolismo de rasgar las vestiduras frente a lo que no puede aceptarse. Es un ritual que al tiempo que obedece sus códigos, los reinventa con nuevos elementos oníricos.
¿Con qué se come lo que se ve? ¿Cómo se digiere lo que se siente? La sinestesia es invitada y un juego de cubiertos gigantesco es cargado y movido por las tres sombras que evidencian el tamaño de la claridad en una coreografía que manifiesta la importancia de la transición hacia la luz. ¿Qué reglas de etiqueta seguimos en el banquete de la exhibición de lo profundo? La sinestesia insiste y una mujer pergamino hace su aparición. Camilo Sesto lo había dicho antes. Estoy preso entre las redes de un poema. Nos rodeamos de letras. Del pop saltamos a la posverdad. Nos fascina el lenguaje y queremos reinventar los morfemas. Nos aprisionan las palabras que no decimos. Nos vestimos de lujo cuando somos honestos con lo que queremos decir. Lo luminoso y lo oscuro dialogan: la poesía tiene la prerrogativa de unificar ambos sitios del ser:
Nació la voz, ojos y sueño
donde el pájaro no se detiene
danzantes las faldas de una luz
las hadas poseen el tracto entre tú y el lodo
el silencio tiene forma de azucena
y la flor se teje en el fragor
de una tarde aletargada
Música, imágenes, sentires y letras convergen en este poema creando la deliciosa armonía que de tan natural puede ser improvisada y que de tan improvisada resulta profesional. Todos los elementos del escenario conmueven y en el público alguien enjuga una lágrima. El poema sigue:
Lula lua lullaby
Utopya!
Allá donde aún hay colores para ir.
Aquí yace el punto neurálgico de la trama. Allá donde aún hay colores para ir. Ese lugar utópico o no lugar, ese plan imposible de realizar, ese sueño que no se podrá lograr, aquello que no encuentra acomodo y que aún así creemos que es posible integrar, dilucidar acerca de su función en nuestra trama existencial. Sobre renglones apenas perceptibles, actores y música nos ayudan a leer una historia donde un ser con muchos tentáculos puede abrazarnos o aprisionarnos. Sabemos que las murallas protegen, pero también aislan. Si te entregas, te vulneras; si no te entregas, te vulneras más. La dimensión de la luz sólo puede medirse a través de la intensidad de las sombras que provoca.

Utopya, no sólo dialoga con lo clásico –Penas por amor perdidas (Shakespeare, circa 1595)- también se hermana con lo actual al tocar de soslayo temas que podemos ver en Intensamente 2 (Pixar, 2024) y la indagación que se hace acerca de las emociones, de lo interno, el gusto por lo orgánico de Gaudí (1852-1926), los actos de Circumstancia (Rozema, 1995); pero no sólo dialoga: experimenta, se atreve, propone, cuestiona, plantea, exhibe, refleja y permite que los conceptos filosóficos vuelen y aniden en el receptor.
Directora y elenco confían en su arte y en su público. Todo está expuesto y, en una dicotomía deliciosa, todo está sujeto a la interpretación y percepción de quien se vincule o no con la obra.
La fuerza del alumbramiento, darle vida y voz a aquello que sólo estaba latente. Quitarse el peso de encima para ser. ¿Quiénes somos cuando somos libres? ¿Quién eres cuando no cargas lo que cargas? Las damas oscuras se vuelven luminiscentes y evidencian el superpoder que poseen, son las que proveen las herramientas y en algún momento traen a escena algo imprescindible para comprendernos: los espejos. ¿A quién veo cuando me veo? ¿Si tomara mi cabello y lo exprimiera podría llenar una copa? ¿Qué sabor tendría? ¿Será posible beber mi historia? Campanas que invitan e imitan la liturgia. Pompas de jabón que recuerdan lo volátil de… ¿de qué? Las pompas de jabón como micromundos breves, mínimos, que sólo pueden verse un instante pero ese momento se puede convertir en un recuerdo de inmensa belleza. El viento de la voz de Avrora alcanza tesituras estremecedoras.

En el escenario sucede algo. Como siempre, en el espectador suceden mil cosas. Lo que se escribió, lo que vimos, lo que interpretamos. Esa es la propuesta. Nos invitan a su Utopya! El tenor canta en español envuelto en una túnica que lo convierte en sacerdote, en sabio, en mártir. Lo que se ve y lo que se queda en los espectadores no se escribió en ese guion.
Improvisamos a diario la vida a pesar de saber que sólo tenemos esta oportunidad para nuestra obra maestra.
Mensajes para el inconsciente que se acomodarán en cuanto el tren del pensamiento cotidiano se detenga y por fin se apague la vocecita lógica y crítica del interior que a todo busca darle un sentido preconcebido. Lo que ha de suceder va a darse sin que podamos impedirlo. El mensaje se ha plasmado: ahora corresponde la decodificación. Quizá la gran eureka, preludio de la utopía, venga a nosotros en medio de un embotellamiento vehicular o en la fila del súper mientras hacemos cuentas para intentar surtir completa la despensa y suceda la epifanía.
La utopía de hacer arte. La utopía de vivir el arte. La utopía de reunir recursos para materializar un sueño. Gracias, Avrora. Gracias, Improlabmx. Aplaudo sobre todo la utopía de creer y crear en plena canícula. La utopía de aventurarse a hacer una obra original cuando se dice que ya todo está contado, pero por ser mío-mi sentir, mi propuesta- se vuelve singular. La utopía de creer que estas letras son capaces de formar un texto, una reseña, que pueda transmitir lo que se ve en el escenario al presenciar una historia rotunda, surrealista, demencial, onírica, intensa y con múltiples significados. La utopía de un significado personal para formar lo universal. La utopía de vivir la libertad en un escenario. La utopía de un debut que cimbra el pensamiento. La utopía de observar las Perseidas a la salida del teatro, recordándonos lo ínfimos que somos frente a la inmensidad.
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