En el Nuevo Testamento Mateo, Marcos y Lucas narran los mismos incidentes de la vida y las enseñanzas de Jesús, desde un punto de vista y una narrativa diferentes. A sus libros se les conoce como Los evangelios sinópticos.

El pasado viernes 12 de enero, Alejandro Salas, reportero de Hora Cero, celebró su jubilación de cuatro décadas de periodista. Héctor Hugo Jiménez, director editorial del quincenario, lo invitó al Pilo’s Bar para darle una jubilosa despedida entre tragos. Al convite, de convocatoria cerrada, fuimos llamados, Gerardo Ramos, subdirector, y un servidor, colaborador del medio.

Héctor Hugo escribió su respectiva reseña de la guarapeta feliz que agarramos con el pretexto del nuevo camino que seguirá en el retiro. Quería que Salas se fuera contento a descansar. Publicó Hugo en su crónica: “Cuando le pregunté, mas como su amigo de muchas batallas y años, que como director editorial general, que cómo se quería despedir de Hora Cero para empezar su etapa de jubilación no dudó en responder: ‘En El Pilo’s contigo, con Gerardo Ramos y Luciano Campos’”.

“Entre la noche y la madrugada del viernes 12 y sábado 13 de enero de 2024 su deseo se cumplió. Bebimos cerveza y tequilas como verdaderos bohemios y haciendo honor a la afición de muchos colegas periodistas de la mediana y vieja guardia”.

Como testigo de privilegio de esa despedida, relataré lo que vi en esa epopeya de cantina en la que El Salas, como se le conoce en el medio, colgó la pluma. Presentaré mi propio evangelio de su trayectoria y de los hechos que transcurrieron durante una noche en el Pilo’s. El adiós transcurrió adobado con un anecdotario dilatado, brindis y un palomazo en el escenario de una de las cantinas referentes de la música norteña nacional.

Cervezas y recuerdos

Me veo obligado a hacer referencia de la beodez proverbial de los periodistas. “Reportero que no toma es como una flor sin aroma” dice la vieja sentencia. No todos los comunicadores son borrachos, pero abundan en el medio. Salas y yo siempre hemos sido cantineros. Desde hace más de tres décadas nos ha gustado frecuentar las piqueras de rompe y rasga de Monterrey, Reynosa, Ciudad de México o donde la sed nos agarre que es, a decir verdad, en cualquier lado en que nos encontramos. Acostumbrábamos citar, desde entonces el texto de aquel poeta de la India que decía más o menos: Si quieren recordarme, olisqueen los pisos de las cantinas. Ahí encontrarán mi aroma.

Y a una cantina fuimos, convocados por Héctor Hugo que quería darle un último gusto al Salas, antes de dejar esta profesión que deja tantas enseñanzas como laceraciones, porque el oficio es dulce pero, también de a ratos ingrato. El jefe Jiménez se comportó en esa velada como un marajá generoso: como patrocinador del festejo, nos permitió pedir de lo que fuera. Aunque mayormente somos cerveceros, nos prodigamos con tequilas Herradura reposado, de esos que entibian sabroso el corazón y la nostalgia.

Se nos fueron las horas rápido. Mientras comíamos guacamole, quesitos y chicharrón de pescado el antro se llenaba. Sin darnos cuenta el murmullo que había al llegar ae transformó en un griterío porque los viernes por la noche el Pilo’s se llena hasta el segundo piso. Como llegamos temprano, estábamos en un sitio bastante cómodo, frente al escenario, donde se presenta la variedad.

A Salas le gustan esos ambientes porque viene de una familia de músicos. Su tío fue Juan Montoya, que cantaba con Los Gorriones del Topo Chico. Su abuelo fue el acordeonista Víctor González Duque. El veterano Montoya le dijo alguna vez que tuvo consagraciones en esa cantina de la Calle Zuazua, en el Centro de Guadalupe.

Se le da bien la cantada a Alex, y cuando tiene oportunidad empuña el micrófono en karaoke o donde sea. Pero su destino estaba entre libretas y grabadoras.

Salas y Wicho

Empezó en el periodismo en 1984, según nos decía. Lo conocí cuando ingresé al Extra! de la Tarde en 1987 y él era reportero policiaco estrella de El Diario de Monterrey, periódico hermano con el que compartíamos sala de redacción, máquinas de escribir y toda esa nube de sueños e ilusiones que flotaban por encima de nuestras bisoñas cabezas, entre los escritorios del viejo edificio de la Avenida Garza Sada.

Cuando eres joven, reportear es como una aventura. Todo es nuevo y emocionante, porque el trabajo da la oportunidad de estar siempre en primera fila. Y además te hace osado. Por eso aceptamos la invitación de trabajar en el Reportero Policiaco, que se transmitía en TKR, rancherita y regional, la estación de radio que estaba en el mismo edificio de Canal 12, donde ahora está la sede de Multimedios. Nunca he sido bueno para los medios electrónicos, a diferencia de Salas, que se le da bien el micrófono. Pero nos divertimos y aprendimos montones.

Coincidimos con Hugo, cuando se unió a El Diario en 1988 como reportero de Locales, donde luego se hizo jefe de Deportes y comandante de algunos suplementos especiales, entre ellos el de la cobertura del Mundial Italia 90, a donde fue y donde enviaba reportes diarios que armábamos acá desde Monterrey.

Recordamos en la tropa alegre de la mesa, que Gerardo se sumó a las filas de Hora Cero en 2002 y con el paso de los años, por las carambolas propias del oficio, tan cerrado y reducido de espacios laborales, se unió a ese medio Salas. Yo había dejado de ser reportero de HC cuando entró Ramos, que fue mi relevo, pero, en realidad nunca me fui porque me mantuve colaborando como hasta hoy lo hago.

Salas ha tenido una trayectoria larga y de perfil bajo, pero de coberturas altas. Anduvo en la Selva Lacandona en el alzamiento zapatista de 1994. Cubrió la fuente de la Presidencia de México, que es como ser parte de la realeza reporteril mexicana. Anduvo por Centroamérica cubriendo desastres naturales y guerrillas. Tiene algunas giras por Asia y un kilometraje impresionante por prácticamente todo México en medios importantes.

“El mejor reportero de México”, le digo y se sonroja entre risas, porque así lo consideran sus bienquerientes, que tiene muchos, y que han seguido sus progresiones en prensa, radio y TV, y ahora en medios electrónicos.

Logro desbloqueado

Ya traíamos entre los omóplatos medio estoque tequilero cuando, a la media noche, Hugo decidió partir, porque al día siguiente madrugaría. Pero antes nos dejó saldada la cuenta, para cumplir a cabalidad con la invitación.

Para entonces los tres que nos quedamos ya estábamos hablándonos a voces, porque en escena tenía como media hora tocando el Grupo La Venganza, que amenizaba la pachanga descomunal que se había convertido el bar. Ya había llegado el dueño de la cantina, Isidro Pilo Elizondo, que ameniza las veladas como el anfitrión, micrófono en mano, recorriendo las mesas e interactuando con la clientela. Y, claro, se avienta su propia tocada, porque es buenísimo para el acordeón.

Por supuesto que Salas pidió tomarse la foto del recuerdo con Pilo.

La Venganza interpretaba rolas sabrosas de conocimiento popular, covers y algunas propias. José Luis Wicho Briones, primera voz le echa mucho sentimiento y siempre cautiva a la concurrencia. Jaime Abundis, camarada de la niñez, le pone sabor con el bajo. Por las noches el ambiente en el Pilo’s es insuperable.

Dice Salmos 104:15: “… Y el vino que alegra el corazón del hombre, para que haga brillar con aceite su rostro”. Y ahí estábamos el Gera y yo siguiendo las enseñanzas del Antiguo Testamento, cuando de pronto vimos a Salas en el escenario, con el micrófono. Tuve que parpadear para cerciorarme de que era nuestro amigo, que se escurrió de la mesa sin darnos cuenta.

Briones, generosamente la había cedido el micrófono para que se echara su palomazo. Y Salas se adueñó de la noche. Pedía aplausos para La Venganza, y para su cantante. Y el público respondía con palmas y silbidos. Como maestro de ceremonias propuso un brindis y felicitó al grupo. Evocó a su tío Juan Montoya, que compuso Mi Puro Amor y que, recuerda, se la cantaron el día de su boda.

Y en esa noche fría de enero, en el Pilo’s Bar, precisamente en el tablado donde encontraron consagración Lalo Mora, Ramón Ayala, Pesado y Los Cadetes de Linares, el reportero Alejandro Salas González, a sus 60 años cumplidos, interpretó la canción de su vida.

Y se arrancó:

No me canso mi amor de adorarte

por tus modos sinceros de querer.

Nuestras almas se han unido con cariño

y tus besos jamás quiero perder.

Y pasó algo muy extraño, pero fácilmente explicable. En lugar de disfrutar la interpretación de El Salas, Gera y yo resorteamos y nos paramos para reportearlo. Él tomó el video y yo fotos.

Aunque está acostumbrado a cantar, porque está bien entonado, la interpretación en la afamada cantina fue un logro desbloqueado para Alejandro, que bajó del escenario entre aplausos.

Alargamos la fiesta hasta las 3 de la mañana, cuando Pilo nos corrió a todos que queríamos seguir con libaciones y memorias.

Fue un momento épico, como lo precisó Gera en Facebook, donde se puede ver el video de la interpretación.

Y la verdad, aunque Salas se va no lo extraño. Sé que va a seguir escribiendo y, por supuesto, volveremos al Pilo’s y otras cantinas a seguir creando más recuerdos de la talacha reporteril.