Los momentos de mayor adrenalina en la infancia los pasamos, los chicos de mi generación, mientras jugábamos al burro bala.

Hacíamos la actividad en grupo, en la calle o en el patio de la escuela, y nos provocaba una diversión mayor.

Nuestro deporte era brutal y emocionante, con un nombre muy preciso: los que se ponían estaban agachados como burros y los que saltaban se proyectaban como balas.

Quién sabe a quién se le habrá ocurrido, pero millones de chamacos le damos las gracias a ese héroe anónimo que inventó un pasatiempo sencillo, pero con emoción al máximo.

¡Va la bala!

El burro bala es un juego de equipos y por turnos, practicado mayormente por niños: los que se ponen, se colocan en una hilera. El de mero enfrente coloca el cráneo en el vientre del elemento que será la almohada, colocado de espaldas a la pared. Detrás del primer burro se colocan en hilera otros tres a cuatro, que meten la cabeza en el trasero del que está enfrente, de modo que la vista queda hacia el piso.

Entre todos se forma una hilera de espaldas que son la pista de aterrizaje. Es necesario sujetar con las dos manos firmemente los muslos del que se tiene enfrente y abrir bien el compás para encontrar mayor firmeza.

Cuando está lista la formación de los burros, un miembro del equipo contrario salta sobre ellos, buscando colocarse lo más adelante posible. Detrás de él continúan los demás compañeros que caen uno sobre otro. A veces se hace una montaña de cuerpos apilados sobre las espaldas. Otras veces se dispersa bien el peso sobre la cama de espaldas que los reciben.

El turno termina cuando ocurre alguna de las siguientes acciones:

  • El equipo que se pone de burro se debilita y dobla las piernas con lo que cae la carga de cuerpos, lo que ocasiona que deba ponerse otra vez para soportar la misma tortura
  • O los que saltan no pueden mantenerse encaramados y resbalan y caen, lo que pasa cuando el amontonamiento es muy alto o cuando se deja poco espacio para el último. En este caso pasan a ponerse, mientras el otro equipo se alista a saltar.

Dependiendo de las reglas acordadas, se puede permitir que los que se ponen puedan mover los cuerpos, culebreando las espaldas para provocar la caída de los que saltan, o que no se permitirá que se reacomoden una vez que ya saltaron. O puede que se acuerde penalizar al que habla después de saltar.

O también que se castigue al que no avise el salto: ¡Va la bala! Está obligado a gritar, pues si lo omite se pierde el turno y los que saltan tienen que ponerse.

Al más gordo se le colocaba como último saltador, por lo general, debido a sus naturales limitaciones para impulsarse, y para que castigara al burro que estaba formado al último.

Contra la pared

El burro bala permite que se puedan ejercer habilidades altamente disfrutables, como el del salto y el vuelo libre. Da la oportunidad de brincar despreocupadamente sobre suaves espaldas que amortiguan la caída. O permite escalar de un brinco un montón de cuerpos. Da también la oportunidad de probar la elasticidad y fuerza de las piernas.

En la primaria, nuestro compañero Fonseca era el campeón de los saltos. Pero era tan bueno que con frecuencia volaba como una flecha por encima de todos y terminaba estampando la cabeza en la pared. ¿Se fracturaba el cráneo? Claro que no, los niños estábamos hechos de hule.

Tampoco ocurrían lo augurios de las mamás y los profesores, que nos advertían que jugar podría provocar severas lesiones en la espalda. Mil veces salté en el burro y nunca, ni yo ni alguno de los compañeros, sufrimos lesión alguna, aunque cayéramos con todo el peso sobre los que se ponían.

Paso con frecuencia frente a escuelas primarias y secundarias. A veces veo niños charlando en las esquinas. Pero por ningún lado veo una formación de burro bala.

Me gustaría decirles a los muchachos que se activaran, que practicaran aquél que era uno de nuestros juegos favoritos que, creo, no conocen. Qué triste.

Si tuviera oportunidad convocaría a mis amigos de la infancia para volver a jugarlo, aunque fuera una sola vez. Pero ya es imposible, porque estamos viejos. Si lo intentáramos, por lo menos alguno terminaría con un hueso roto u hospitalizado por una lesión en la espalda.

Afortunadamente, el burro bala es un juego exclusivo de los niños. Bendita infancia que todavía puede practicarlo… si lo conociera.