El escritor Luciano Campos Garza transforma una anécdota en un cuento sobre una noche de palenque e ilusión.

Todo era risa en torno a Bárbaro Sanromán. Barbarito, como le llamábamos sus amigos, era un periodista decano de la frontera que nunca andaba de mal humor. Cada palabra, cada expresión, cada vez que abría la boca lo hacía para proferir un chiste, una broma, una palabra dulce. 

Rechoncho y pequeño de talla, con una gran papada y una nariz que se le doblaba hacia abajo, como derretida, siempre lució un cabello cano. Su aspecto era el de una caricatura y él celebraba su propia fealdad como un atributo, pues decía que las damas encopetadas de la ciudad -muchas de su edad, pasados los sesenta,- en su juventud habían sido sus novias y que él optó por no desposarlas, porque era pobre y no podía sostener sus niveles de vida en la alcurnia donde siempre vivieron.

Barbarito tuvo una vez un encuentro con la gloria, la fama y la grandeza. Presumía de donjuanismo, aunque nunca se le vieron lances hacia alguna dama.

Sin embargo, decía que de joven era un rompecorazones. Y en una ocasión tuvo a su alcance de sus brazos a la vedette más famosa de todo México. Él -un hijo de vecino, como se reconocía- fue elegido por el azar para pasar una noche de pasión alocada con la artista a la que llamaré Sonia Yerinsky, fácilmente reconocible, porque tenía un cuerpo espectacular, con curvaturas de vértigo, que mostraban los diminutos taparrabos con los que se presentaba en los shows de televisión que se transmitían en horario estelar en todo el país.

Yerinsky tocaba el violín con maestría, y era aclamada por sus sensuales movimientos miliunanochescos. Era, la chica, el anhelo salaz de los caballeros de la nación.

Noche de palenque

En 1975, Yerinsky estaba en el punto más elevado de su popularidad. Tenía un programa de sábado por la noche con ratings elevadísimos. Su buena fama le permitía hacer recorridos por ciudades de la República para presentarse en funciones en las que siempre las gradas estaban abarrotadas por varones que no iban precisamente a apreciar sus aptitudes con el violín. 

En realidad, acudían a traspasar la pantalla de la tele, para verla en persona cómo movía sensualmente las caderas y cómo bamboleaba sus otras turgencias mientras tocaba el instrumento, o hacía como que cantaba con una voz modulada, pero no sobresaliente.

Había una razón velada por la que la vedette concitaba tanto público. Un rumor, nunca comprobado, señalaba que durante sus shows, el representante hacía una rifa secreta para que el afortunado ganador, al terminar la función, acudiera discretamente al hotel donde se hospedaba la distinguida dama para pasar la noche con ella. 

Seguramente eran habladurías, porque nunca se supo de algún agraciado de semejante promoción, En una ocasión, un periodista le preguntó a Sonia sobre eso y ella estuvo a punto de escupirle al rostro. Le respondió a gritos, por dejarse llevar por insidiosas habladurías y chismes perversos, que afectaban su honra de artista íntegra y decente.

En una de esas giras por el norte del país, la violinista se presentó en la frontera. 

Fue mayúscula la sorpresa de Barbarito cuando el Licenciado Salomón, un empresario de la localidad al que llamaba padrino, lo invitó para que lo acompañara al show de Sonia Yerinsky, que se presentaría a media noche en el palenque del pueblo.

Barbarito y su padrino aparecieron en el lugar del evento cuando se jugaban las últimas peleas de gallos, antes de que iniciara el show. El periodista, que acudió con un saco marrón de coderas, que usaba para las ocasiones importantes, se sintió halagado al ocupar asiento junto a su padrino, en primera fila. Aunque se sabía feo de naturaleza, Bárbaro se sintió guapo, porque se había echado media botella de Old Spice en cuello y sobacos, para aclimatarse entre los humores de la gente adinerada.

Sin saber en qué momento, Barbarito tenía en las manos un sudoroso vaso de vidrio con hielos y una porción generosa de high ball, que le supo gloriosa en esa noche calurosa. De vez en cuando saludaba a hombres de negocios que lo reconocían de lejos, y en los que adivinaba miradas de envidia, porque estaba en un sitio privilegiado.

El Licenciado Salomón le dio un par de codazos para llamar su atención. Le estaba entregando un boleto rojo foliado y pequeño de cartón, como los que daban en la taquilla del cine. Le dijo al oído que lo guardara y le guiñó un ojo. Cuesta 50 pesotes, le dijo. ¡Carámbanos! O sea que era cierto el rumor. Mientras lo pensaba, el anunciador presentó a la vedette que se apareció en la alfombra del redondel. La chica llevaba un alto penacho de plumas blancas y azules. El brasier de lentejuela plateada hacia que su contenido pujara por liberarse hacia adelante. El vientre era liso y plano como una mesa de mármol donde podían ser colocados manjares. Portaba un calzón de pedrería verde, que se le ajustaba por la parte trasera con un hilo diminuto que se perdía entre sus albos hemisferios de perfecta tersura. Completaba el atuendo con unas altas botas rojas de charol, con tacón de plataforma blanco. Bárbaro creyó que soñaba. Solo en alguna fuga onírica de narrativa alocada podía estar a un metro de esa mujer que representaba la sensualidad sideral. Parecía la encarnación de una deidad creada para el placer de los sentidos. Lo extraño es que no estaba dormido, que la veía en la realidad. Como entre las brumas de un espejismo miró a su alrededor y vio que su padrino y los demás señores, estaban como él, alelados, con la boca semiabierta, a punto de dejar que la baba les escurriera por los labios. 

La artista estaba acompañada por un grupo de tres parejas de bailarines que hacían piruetas graciosas y seguían el ritmo del violín.

Lugo del aturdimiento inicial, como si se repusiera después de que una bomba le estallara cerca del oído, Barbarito se fue acostumbrando a esa fantasía que le daba la vida en forma de realidad a todo color. 

La dama sacó luego un violín y comenzó a mover las caderas, como hacía en la tele, al ritmo de sus valses de Chopin, Tchaikovsky, alguna cumbia de Pérez Prado, un acompañamiento de órgano melódico, Sobre las Olas, de Juventino Rosas. Al público no le importaba lo que tocaba, lo que valía el precio de estar ahí era verla, disfrutar con los ojos sus movimientos sensuales, que inflamaban los corazones de taquicardia y deseo

Como en un sueño

El público aplaudía y gritaba. No había palabras impropias. Ninguna procacidad salió del graderío, pero las aclamaciones eran de fieras en brama, rugidos de lujuria, guturales anhelos de cabríos en celo.

Su padrino, que en sociedad se comportaba con seriedad y rectitud, en ese momento tenía los ojos incendiados, diabólicos, libidinosos. También lanzaba alaridos, como llamaradas de dragón, queriendo alcanzar con las lenguas de fuego los muslos de la vedette. Él ya llevaba varios vasos de high ball y se sentía achispado.

Extasiado y silencioso, no se unió a los gritos de la horda extasiada por el espectáculo de una mujer que se decía artista, que lucía muy pocas cualidades de intérprete, y que tenía, como mayor virtud, la de su cuerpo que sabía exhibir con elegancia y movimientos sugestivos.

Luego de poco más de una hora, Yerinsky se despidió del público, pero hubo un coro ensordecedor para pedir una melodía más. No era suficiente con lo que había dado, necesitaba dejarse admirar otros minutos para que cada uno se quedara con el espejismo de su belleza perfecta. 

Mientras la mujer regresaba, entre la gritería de los varones, Barbarito notó que los señores que estaban en primera fila revisaban sus boletitos rojos. Muchos los rompían decepcionados. Su padrino vio el suyo, y también lo rompió. Le notificó a su ahijado que el número agraciado era el 19. Temblando Barbarito extrajo del saco su cartón y se sintió morir al ver que el suyo era el boleto ganador. ¡Méndigo suertudo!, le murmuró el Licenciado Salomón. 

Asustado el periodista, sintió el impulso humilde de regalarle el boleto, para que él acudiera a la cita, pero el padrino, pundonoroso y justo, cerrando los ojos lo rechazó con la mano en forma de barrera. Tú eres el elegido, le dijo. Goza el manjar que los dioses te han concedido, le susurró augusto. Mientras la vedette hacía sus últimos movimientos de cadera, Barbarito recibió felicitaciones de señores empresarios que le señalaban, pícaros, con el pulgar en alto. Ya se sabía que él era el campeón que degustaría las codiciadas mieles de la artista.

Cuando terminó la noche de palenque, el Licenciado Salomón le entregó las llaves de su camioneta, en un gesto de gran generosidad, para que no batallara en su entrevista de lujo. Él se iría con un compadre a seguir la parranda. Como lo vio desorientado, le dio indicaciones: la cita era en el Hotel Prime Time, el que estaba a un costado del bulevar, no lejos de ahí. Le señaló al representante, un hombre calvo, de moño negro y holanes en las mangas que coordinaba el cierre de la función. 

En media hora, en el lobby del hotel, tenía que entregarle el boleto a ese señor, para que le señalara la habitación de la vedette y el camino al paraíso.

Barbarito siguió las indicaciones. Se estacionó afuera del hotel, y entró en el lobby, que parecía una romería de músicos, bailarines y otras personas encorbatadas que los acompañaban y que estaban registrándose. Con el boleto ganador en la mano, se aproximó al representante que estaba discutiendo con un empleado algo sobre la cena de los músicos que no estaba lista.

El periodista le tocó el hombro con suavidad y el tipo calvo, volteó a verlo malhumorado. Lo recorrió con la mirada, de arriba abajo, escaneándolo con impaciencia, buscando hacerlo sentir insignificante. Pero Barbarito no se intimidó. Con humildad, pero disfrutando su momento de victoria, le entregó el boleto rojo, mientras sonreía, anticipando el premio. El representante le respondió con ojos de enfado.

De la bolsa trasera del pantalón extrajo su cartera y seleccionó un billete que le entregó en la mano a Barbarito, junto a una orden: “Tenga sus 50 pesos, y váyase a chingar a su madre”.

El representante se retiró. Barbarito miró el dinero y caminó al bar del hotel. Mientras tomaba un high ball, pensaba en cómo le diría a su padrino que terminó la velada. Podría comunicarle que tuvo una noche de excesos en la alcoba de Sonia Yerinsky. No habría nadie que lo desmintiera. Tal vez funcionaría la versión.

Lo que se supo al día siguiente, porque hubo testigos, es que, con el dinero reembolsado del boleto, Barbarito tomó bebidas de más, se emborrachó, y fue a reclamarle al representante, que estaba cenando con otras personas en el restaurante: Viejo pelón irresponsable, dicen que le gritó, antes de retirarse tambaleando a la camioneta en que había llegado.