Este año, poco después del cumpleaños de la autora, fue lanzada esta novela (Alfaguara, 2023) y ése es uno de los tantos símbolos que aquí se convocan. Es una novela eminentemente simbólica – el restaurante donde toma una decisión trascendental se llama «La navaja de Occam»-. Es el néctar de la memoria, lo que Ethel (Ciudad de México, 1954) se brinda a sí misma y el regalo de la vida de su abuela y un obsequio para sus lectores. Herencia transgeneracional que nos lleva a verla convertida en madre y pasar la estafeta a su hija. 

Es preciso agradecer a Ethel su coherencia narrativa y personal, su ejemplo literario y humanista, la defensa de la primera persona en la voz narrativa, como narrador testigo y como protagonista. Hemos disfrutado a Krauze y hemos aprendido en su libro “Cómo acercarse a la poesía”, en sus otras novelas, en antologías de cuentos, y, por supuesto, en su incansable labor de Mujer, escribir cambia tu vida, que cumple 16 años.

Ahora la acompañamos a cristalizar esta aventura, donde los elementos que acabo de mencionar se conjugan: poesía, confesión, narrativa, memorias, testimonio. Una aventura dolorosa, confesional, pero al mismo tiempo liberadora de esa memoria que no necesariamente tiene que caer en el olvido o ser íntima, sino que puede ser la memoria de todos sus lectores. Yo incluída.

Mudarse no siempre implica cambiar de ciudad, los cambios a veces pueden ser interiores. Hay que ser valiente para mudarse. Hay que ser valiente para sobrevivir a un exilio forzado. 

Confieso mi despiste: cuando comienza hablando de el criminal, pensé que era una novela de misterio, de asesinatos, y  ya veía a Olivia Benson resolviendo el asunto, pero no. No percibí que la narradora era ella misma hasta que me adentré en la historia. Esa es la magia de la literatura. Ya sabemos que a la literatura no le importa lo que te pasa, sino lo que haces con lo que te pasa y Ethel tiene la maestría del lenguaje y todos sus recursos académicos, personales y literarios para hablarnos de aquello que conforma su vida. Creo, atreviéndome a opinar en un asunto muy íntimo, que nada es casualidad y este libro se complementa perfecto con “Oscura punta” (UANL, 2023) el poemario donde Krauze nos abre otro episodio de su existencia, por el cual muchas mujeres hemos pasado: el acoso, el abuso, el desgarrado intento de destrucción al sobrepasar los límites de la sana convivencia entre personas cercanas a nosotros. Vaya eufemismo para hablar de la violación. 

Samovar es una palabra que conocí gracias a David Toscana. En su novela “Los puentes de Könisberg” uno de los personajes tiene como reliquia su samovar, igual que Bobe. Le pregunté a David qué cosa era eso. Wikipedia nunca falla y mientras él respondía encontré que era un artículo para preparar té. La abuela carga consigo su samovar. Queremos llevarnos ese pedacito de mundo que nos proporciona identidad sobre todo cuando nos vemos amenazados por la muerte. 

“Cuando pienso en la flor de los beduinos, creo que todo pudo haber sido diferente. Que hubiéramos nacido en otro país, en otra época. Bajo un cielo menos luminoso; o cada uno en su rincón, en su pasto, en su pradera, y nunca nos habríamos encontrado.

¿O no?

Pero el día que el criminal apareció en mi puerta llevando un samovar en la mano, supe que el destino era irreductible. Fue ahí cuando le di la estocada.

La flor de los beduinos. Esas flores que nacen del desierto, de la pobreza del agua, de la invasión de soles, o de noches. Flores a las que nadie espera. Flores que guardan, muy adentro, el silencio de un aroma.”

Este es sólo el inicio de la aventura narrativa. El amor por el criminal es “como la llamarada de un ramo de rosas a la mitad de un parpadeo. Me enamoré como si no hubiera un día siguiente y los ayeres se hubieran colapsado en un reloj sin cuerda, muy antiguo”. Después del criminal, aparece la abuela Anna, a quien de cariño le decimos Bobe y que es “como un jabón de tocador exquisito”.

Abuela y nieta vivirán su historia, entrelazada no sólo por la sangre que comparten sino también por su pasión por existir, inteligencia, valentía, entrega, el amor por las tradiciones y un samovar que se vuelve símbolo de la calidez con la que se puede y debe alimentar el alma. Al tomar juntas el té, en sus reuniones semanales, pareciera que está hecho de pétalos de la flor de los beduinos y que todas las mujeres de la tierra confluyen en esa humeante taza. Vapores que hacen revivir los sentidos y sanan las heridas internas que colapsan la existencia. 

Al exiliarse se deja atrás la lengua natal, muchas veces para nunca jamás volver a usarla y ha de aprenderse el idioma del país que será la nueva casa. Bobe conserva el acento y la narradora nos muestra su creación del nuevo lenguaje al retratar -al fin fotógrafa- el sonido de las palabras, llenándonos de onomatopeyas y vocablos recién nacidos que pretenden encajar en la gramática necesaria para expresarse: las cosas que hicías, religuiones, durmías, estuvía.

Asistimos a una historia con la mirada, pero la fuerza de la misma es tal que pronto estaremos inmersas de cuerpo entero.  Aquí encontraremos súplica, complicidad, augurio, destino, familiaridad.

Ethel no puede dejar de lado su vena pedagógica y en la línea Todas las generaciones tienen su tragedia, su naufragio y su samovar por rescatar nos regala un espléndido ejercicio literario: ¿qué objeto te representa? ¿qué objeto representa toda tu vida?

Las celebraciones judías se relacionan con matanzas y sobrevivencias. Cada comida desata un tópico. La cocina se vuelve un confesionario, un mundo imposible de conciliar que se trenza a partir de las cosas en común.

La historia se presenta en 12 tiempos. Quizá 12 meses. 12 semanas. Un año; donde se presenta la historia y 4 tiempos resolutivos, donde la historia busca su desenlace. ¿Hacia dónde? ¿hacia otra nueva historia, hacia la nada, hacia la libertad, hacia la culpa?

La metaficción también se hace presente cuando dice Bobe: yo pudía escribir un libro, y lo hiciste, Bobe, miércoles a miércoles. El realismo mágico también desfila a través de figuras poéticas espontáneas en la charla de la abuela. 

¿Qué tienen los criminales que nos enamoran? ¿Por qué no podemos negarnos a ir al María Isabel en México? ¿Con qué cara podemos ver a nuestra abuela mientras nos habla de sobrevivencia, lucha, tradiciones, y a las dos horas probaremos una aceituna aderezada con nuestra esencia más íntima? ¿Cuál será nuestro Samovar perdido? Las dudas, las preguntas abren posibilidades. Leí este libro después de «Pura pasión» (Tusquets, 2019) de Ernaux y me fascina la fuerza narrativa de las mujeres. Recuerdos que transportan. Lenguaje que hace volar. El criminal como patria. ¡Qué bella palabra grave! Hoy le dicen tóxico, en esdrújula. 

Hay una serie de paralelismos entre la historia narrada y la realidad: Covid. Muertos en fosas comunes: holocaustos. Dos terremotos. Dos pérdidas.

Se habla de las dos historias de los cuentos. Historia A e Historia B. Aquí tenemos por lo menos 5:

1.- Abuela y nieta. Samovar. Historia familiar.

2.- Criminal. Samovar.

3.- Lenguaje, poesía, metáforas, parábolas, onomatopeyas.

4.- Humanidad. Eros. Tanatos

5.- Covid. Sobrevivencia.

La lectura de este libro me remontó también un poco al Decameron «Como nos vamos a morir, contemos todo.” unido a los ejercicios del taller “Escribir para sanar”, con unos toques  de estoicismo: porque sé que voy a morir voy a vivir. 

Comparto algunas de las frases que he subrayado, por considerarlas potentes:

El silencio es para llenarlo con lo que no podemos decir.

Le gustan más los libros que los maridos.

Cuando la palabra señora era un destino, una empresa y un orgullo.

El paso del tiempo en una frase: ¡Voy, voy, voy! Voy… voy. No voy.

Cuando las puertas necesitan abrirse se abren solas.

Soy un fantasma de mí misma.

Toda historia es personal. Toda historia es absurda.

Las mujeres le cuentan sus secretos, ella no puede contar el suyo.

¿Cuáles son las últimas palabras que atesoramos

No puede ver morir a la Bobe y este episodio decanta a lo que considero la parte más hermosa del libro, la deliciosa metáfora entre las dos, cuando la nieta se hace presente para limpiar los lentes porque eso significa limpiar la distancia que hay entre las dos.

Ethel, sí, gracias por ser más bella que la flor de los beduinos. Tus lectores te esperamos en tus libros. En la remembranza de la mujer de Lot, nuestra escritora no se queda pétrea, se catapulta a la trascendencia. Anna Ajmátova, Anna Frank, Wislawa Szimborzka, Virginia Woolf, María Luisa Bombal y tantas otras sonríen para ti. Gracias por “Mujer: escribir cambia tu vida”, por Samovar, por Oscura punta, por todas las letras que aún vas a escribir y también porque leer, leerte, cambia nuestra vida. Brindo contigo porque las almas y los pueblos se vuelvan a unir.