El tañido de las campanas de la parroquia de mi pueblo continúa siendo el eterno mensajero que recuerda a los pobladores sus obligaciones espirituales, aunque en muy contadas ocasiones fue mensajero de alertas. En muchas más, el sonoro choque del badajo contra el metal parecía darme la bienvenida cuando, ya adolescente, retornaba para visitar a mi familia. Aún antes de que pudiera atisbar las altas torres que las guarecían, su tañer me anunciaba la proximidad a mi tierra.

Además de anunciar la hora, esas campanas siguen alertando a los feligreses la proximidad de un servicio religioso, algo que cuando se es niño, no muy resultaba grato atender por tratarse de una imposición.

– Apúrate para que no llegues tarde, ya dieron la segunda campanada- me recordaban mi madre o mi tía Anita muy temprano los domingos cuando las campanas anunciaban la misa de las 8 de la mañana.

La misa de las 8 era para niños, y en varias ocasiones asistí con un sentimiento de culpa por no haberme confesado el miércoles anterior y así poder comulgar ese día, como era obligatorio una vez que hice mi primera comunión.

Aun cuando las bancas de la parroquia estaban atestadas con cientos de niñas y niños más, eso no hacía agradable la permanencia durante una hora en ese servicio; no cuando había una docena de monjas apostadas a los lados, celosas vigilantes vestidas de blanco y negro que, con discretos llamados de atención o duras miradas, se aseguraban de mantener el control sobre ese tierno rebaño en el que nunca faltaban las ovejas negras.

Poco después, cuando el cura en turno declaraba “Podéis ir en paz, la misa ha terminado”, entonces las sonrisas aparecían en los rostros pequeños, en parte porque era el final de una hora que en muchas ocasiones parecía eterna, pero en gran medida por la recompensa que nos esperaba a la salida, en manos de las mismas monjas.

Formados en fila, uno a uno pasábamos para recoger un pequeño boleto de cartón que, para mí, para mis primos y el resto de los niños, hacía la diferencia ese día: Era una llave de cartón a otra dimensión.

En aquellos días el único cine que operaba de manera regular en el pueblo era manejado y controlado por la iglesia.

Un galerón cerrado anexo a la parroquia, con gradas de cemento y un improvisado cuarto de proyección, era el espacio que me posibilitaba cada semana viajar, a través de una pantalla -una simple pared pintada de blanco-, a lugares distantes, llevado de la mano de personajes que lo mismo inspiraban admiración, fascinación y terror.

Para nosotros los niños, lo único que hacía posible acceder a ese espacio era esa llave de cartón.

En ese galerón, convertido en cine los domingos, conocí la historia de Macario, de Bruno Traven. Desde mi lugar, me transporté al pueblo donde la vida y la muerte confluyeron, para desgracia del personaje interpretado por Ignacio López Tarso.

Santo, El Enmascarada de Plata, era héroe recurrente de esas funciones junto a otros famosos luchadores de la época, lo mismo que Gastón Santos, mucho antes que supiera que ese héroe de las películas del oeste mexicano era un rejoneador, mientras Germán Robles se convirtió en motivo de una fascinación que provocaba a la vez terror gracias a sus papeles como Drácula.

Fueron muchas las ocasiones en que ese espacio se convirtió, durante más de una hora, en una isla que me permitía desconectarme y aislarme de la realidad que mi pequeño pueblo me imponía.

Años después, las funciones de cine cesaron, las tiras de boletos se pusieron amarillentas por el desuso, hasta desaparecer por su obsolescencia; las voces dentro de ese galerón se apagaron, al igual que sus luces.

Han sido varias las ocasiones en que caminando por la calle 3 y al pasar frente a esa construcción, he sentido que parte de mí quedó atrapada para siempre detrás de ese portón, y hasta me parece escucharme una vez más, riendo, exclamando de asombro o gritando de terror, todo gracias a un pedazo de cartón.