Marcos era nuestra especialista de cine en el barrio.

Estaba negado para jugar futbol y aunque siempre lo poníamos como portero, terminaba siempre abandonando la posición y terminaban anotándonos en la meta desguarnecida. Por eso, desde que iniciamos amistad, un día ya olvidado de nuestra infancia, comprendimos que sus talentos estaban en otro lado, y no tenían nada que ver con la pelota.

Lo suyo, lo que le apasionaba, era el showbusiness, y a eso se dedicó durante toda la vida, como periodista de espectáculos.

Desde chicos era el que nos animaba a fantasear con las películas de Hollywood que veíamos en el cine, o las mexicanas que pasaban por la TV abierta a principios de los 70, cuando nos juntábamos de chavales en el centro de Guadalupe.

Saltos gigantes

Como era el que conocía más de lo que pasaba en la farándula, era el que ponía orden, cuando debatíamos sobre quién ganaría en una pelea entre Santo y Tinieblas, o Supermán contra Ultramán.

Pero también, como era un chico listo, tenía un afilado sentido común para ubicarnos en la realidad y desmentir algunos extravíos que nos provocaba la fantasía de la televisión o el cine.

En una tardeada, reunidos entre amigos en la banqueta, su primo Mario se empeñaba en decir que Steve Austin, el personaje de El Hombre Nuclear (Six million dollar man, 1973 – 1978), la serie que pasaban por la tele los miércoles en la noche, utilizaba resortes en los pies para saltar del suelo hasta el tercer piso de un edificio. Mario juraba y perjuraba que los gringos que hacían esas producciones tenían dispositivos especiales de tecnología avanzada, adaptados a las piernas del actor, que lo hacían dar esos saltos descomunales que nos impresionaban.

Marcos tenía que aclararle que el tipo biónico, en realidad era un actor que se llamaba Lee Majors y que no tenía auxiliares ortopédicos que lo hacían dar saltos descomunales. Y que el sonidito electrónico de tiqui, tiqui, tiqui, tiqui, que acompañaba el brinco no era producido por el aparato que Mario decía que le ponían al hombre de seis millones de dólares. Ese efecto de audio, aclaraba con apasionamiento, se lo ponían los que hacían la serie y le agregaban música para dramatizarla.

Era un misterio, para mí, cómo le hacía Steve Austin para saltar, pero Marcos nos sugería que el efecto se hacía con un tipo, seguramente un doble de acción, que se arrojaba desde el punto al que supuestamente llegaba y que, luego, invertían el sentido de la toma, para hacer que, en vez de caer, ascendiera, y así se veía que llegaba perfectamente a un sitio elevado.
Seguramente el que se aventaba caería en un colchón o en un amortiguador.

La explicación de Marcos era convincente y plausible, y, con el paso del tiempo quedó debidamente confirmada.

Muerte en la pantalla

Otro amigo entusiasta, Juan, un día nos aportó una revelación novedosa relacionada con un trancazo de taquilla que recorría el mundo, Tiburón (Jaws, 1975), que también provocaba tumultos a la entrada de los cines de Monterrey. Se decía que había gente que abandonaba la sala despavorida por el realismo de las imágenes.

Juanillo puso sobre la mesa la teoría de que el tiburón en la película se comía a las personas de verdad. Todos le caímos encima, por ingenuo y tonto. Qué ocurrencias. Recuerdo que intenté convencerlo, aclarándole que los familiares no permitirían que un hijo, un papá, una tía fueran devorados por el escualo. Además, el mar era muy grande como para que el animalote no escapara. Era difícil tenerlo listo para que apareciera cuando las cámaras rodaban.

Pero el amigo seguía en lo suyo, y sostenía su tesis de las muertes consentidas entre las mandíbulas del enorme pescado. Ante nuestro rechazo, recuerdo perfectamente que Juan me miró con desdén y, para toda respuesta me hizo la señal de dinero con los dedos índice y pulgar, pero agitando la mano con energía y apretando los dientes, para decirme que había en juego cantidades millonarias.

Es decir que, según el Juanillo, al chico que en la película llamaban Alex, que estaba en un flotador amarillo, sus papás lo enviaron a que se lo engullera el monstruo, delante de todos los actores y el crew, a cambio de una gran suma de dólares. Y afirmaba que, por supuesto, y que sus papás y hermanos ya serían millonarios.

Marcos lo calló. Le dijo que había visto fotografías en los periódicos del director, un tal Steven Spielberg, que estaba adentro de la boca de un enorme tiburón mecánico que, a él sí, lo había hecho millonario porque la película fue un hit mundial. Juanillo porfiaba, le decía a Marcos que estaba loco, que él ya había visto la película y que había sido testigo, como todos en el cine, cómo el escualo se engullía muchas personas, incluido el rudo marinero que lo andaba persiguiendo, y que se resbaló dramáticamente para caer en sus dientes cuando la barca era destruida a dentelladas.

Marcos se puso colorado de los cachetes y salió sin decir más. Ah, ya se enojó, se burló Juan. No contaba con que Marcos simplemente cruzó la calle para ir a su casa, donde sus papás, doña Mague y don Tino, tenía la frutería. Regresó blandiendo un periódico. Nos mostró la fecha, de la semana pasada.

Lo abrió, en la sección de espectáculos y nos ilustró: el tipo que según Juanillo se había comido de verdad el tiburón, era un actor británico que, según decía la nota, se llamaba Robert Shaw. Luego de su exitosa participación en Tiburón, andaba promocionando su nueva película, Robin y Marian, que ahora sé que es una variación de la leyenda de Robin Hood. Como si mostrara la pistola humeante ante el juez, nuestro cuate especialista de cine nos explicó que esta nueva cinta se había hecho un año después de Tiburón. Como él se encargaba de la frutería en las mañanas, agarraba la pila de periódicos que usaban para envolver las papayas y, para no aburrirse, se ponía a leer las secciones de la farándula. Y ahí fue como se enteró de los andares del actor Robert Shaw, que en Tiburón era el Capitán Quint.

Marcos derrotó en buen combate al Juanillo, que ya no supo qué más argumentar y nos propuso que mejor jugáramos una reta de futbol, la cuál aceptamos gustosos. Claro que Marcos se quedó al margen. Nunca fue bueno con la pelota, pero para la farándula lo proclamamos, desde chicos, eterno campeón del barrio.

(El 13 de noviembre se cumplen dos años de la partida de Marco Antonio Castillo Ochoa, a quien recuerdo con cariño. Para quienes fuimos sus amigos del barrio de El Benito, siempre será Marcos).