Chirbes. Rafael Chirbes (Valencia, 1949-2015). Así decía llamarse el desconocido hombre maduro que me veía desde la portada de su libro con la sonrisa apenas dibujada bajo un dintel de bigote entrecano a juego con las cejas, la mano derecha recargada en el pecho, el índice como percha para una americana. Ese hombre desconocido se ha colado con desenfado y autoridad en la lista de mis escritores más admirados, queridos, por su compromiso con la belleza como derivada de la honestidad. Jamás había escuchado su apellido, ni por error. Lo pronuncio como palabra grave, aunque no sé si lo hago de la forma adecuada -las reglas ortográficas en automático dicen que sí: palabra terminada en s y sin tilde.

Conocí a Chirbes de la manera más romántica e inesperada posible: por casualidad. Ahora tengo un romance diario con él al leerlo cada mañana. Acompaña mis despertares, duerme junto a mi baumanómetro. Cuando pierdo la fe o el rumbo, su mirada me ayuda a encontrar el Norte. Un accidente doméstico provocó que mi difusor cayera encima del primero de sus diarios, así que ahora acompaña su lectura un incesante y delicioso olor a canela. Es cierto lo que se dice de los libros: no era lo que buscaba, pero sí era lo que necesitaba.

Llegué temprano a la Feria del Libro de Monterrey 2023, antes de la lectura que harían Elsa Cross y Coral Bracho; para aprovechar el tiempo entré al stand de Anagrama a buscar la novela de Knausgärd La estrella de la mañana. Después de terminar la lectura de su autobiografía de más de 3000 páginas ahora quiero adentrarme en su narrativa de ficción. Tengo un poco de vértigo, porque disfruté su autoficción y ahora no sé si me agradará su ficción. ¿Acaso la vida no es una ficción completa? ¿Dónde hay más fantasía que en el arco dramático del día a día? Aún no tenían la novela, pero me llamó la atención el título del libro de Chirbes, y también su apellido. Diarios. A ratos perdidos 1 y 2 (Anagrama, 2021).

A ratos perdidos, repetí para mí después de leer el título. Recordé a mi madre y cómo me gustaba que usara la frase así como cosa perdida; una de sus frases hechas que más tenía a la mano cuando necesitaba significar algo como sin querer, algo que llegara de chiripa o que se hiciera nada más porque sí. A veces la complementaba con otra joya narrativa que encierra mucha de su sabiduría: Si pega, pegó y si no, despegado estaba. Y lo mismo sentí con Chirbes. Un flechazo irresponsable me llevó a comprarlo. No es dato secreto el elevado costo de los libros de la editorial que lo publica. Me arriesgué. Tenía mucho por ganar y sólo dinero por perder. Un hombre, sus diarios, un tomo grueso, una mirada potente e invitante.

Abandoné el libro por más de un mes, ocupada por el trabajo, correcciones y talleres. Lo volví a tomar a principios de diciembre y la espera fue recompensada. Lo primero que hice fue saltar los dos prólogos que lo acompañan, escritos por Marta Sanz y Fernando Valls y que suman en total 51 páginas de este primer tomo. No quería que me contaran lo que iba a encontrar, quería descubrirlo por mí misma. Sólo quería escuchar su voz, la voz de sus palabras, al narrar. 

La seducción fue instantánea, suave, precisa. Poco a poco el valenciano narraba su vida. “No consigo ganar espacios para mí” dice en la página 53 que marca el inicio de su narrativa. Restos del cuaderno grande. Aunque en un principio me sentía un poco intrusa en sus diarios, después sentí que se sentaba a mi lado y comenzaba a hablarme de su existencia sin más floritura de lenguaje que utilizarlo con una propiedad exquisita, elegante y reservando palabras fuertes para remarcar acciones o elementos per se soeces. Sin ambages, sutil, explícito, un hombre con mucha confianza en sí mismo, orgulloso de sus vivencias, curioso con la condición humana suavemente se sentaba a mi lado para contarme cosas que habían sucedido cuando yo tenía once años, en 1984, y consideraba imposible leer un libro de 460 páginas.

Antes de googlearlo, opté por disfrutarlo, sin prejuicio o recomendación alguna que me hiciere verlo de una u otra manera. Quería que fuera él quien me llevara de la mano por los entresijos de su existencia y al reflejarse o no con la mía decidir si era mi par o mi antípoda.

Página tras página comencé a sentir el ansia de su pantalón por abandonar el cuerpo cuya erección estaba al pendiente de otro hombre desnudo, exprimí su pañuelo empapado en lágrimas por la emoción de recibir la noticia de la publicación de su primera novela, lo acompañé a una biopsia, nos subimos a varios trenes y nos tomamos una caña en varias terrazas. Ansié tener a la mano un encendedor para ayudarlo a disfrutar su Ducados.

Cada día un nuevo encuentro. Lectura en voz alta para los cofrades del Decameron. Palabras que fluían de su estilográfica sin juzgarse, sin regañarse. Catárticas y ácratas. El sublime placer de la escritura diarística y la generosidad para compartir sus lecturas, las opiniones sobre política, el amor, discusiones con amigos de juventud por el abandono de los ideales, fui a comprar palomitas para ver a su lado por enésima vez aquella película que en la juventud lo había entusiasmado y que en la adultez lo llevaba a reflexionar acerca de lo obsoleto de pretender encajar utilizando la imitación como un mecanismo de supervivencia al confundirse con el resto de la gente.

Más allá de comprar un libro caro, adquirí un compendio de reseñas literarias, comentarios cinematográficos, relatos de infancia, crónicas de viajes, clases de español, rescate de tradiciones, historias de amor, críticas gastronómicas, evocaciones, consejos médicos, reflexiones políticas, modestia creativa -quiere un cuaderno para llenarlo de las frases que subraya y le gustan sólo por el placer de sentir que las escribí yo- y reconocimiento del otro como maestro, compañero de vida, figura masculina y perlas de sentido del humor. Lo barato sale caro, diría mi madre en otra de sus frases; este libro llega con un cúmulo de recomendaciones de libros de los que desconocía su existencia y ahora deseo adquirir. Entre sus múltiples lecturas figuran Homero, Cervantes, Paul Auster, Carmen Martín Gaite, Bertold Brecht, Balzac, Bolaño, García Márquez, Musil, entre tantos otros. Lector disciplinado que a veces se preocupa y se sorprende por leer y no recordar lo que ha leído. Despiadado en sus críticas les reclama con fervor a quienes no se entregan a sí mismos, consciente de que él se regala para nosotros en cada una de sus letras, como en la frase que le da título a este artículo: El presente es ya una forma de pasado.

Cuando supe que había un tomo 2 y 3, fui a buscarlos. Ahora tengo completa la colección. Chirbes, encantador, se suma a Henry Miller, Salvador Dalí, Marcel Proust, Karl ove Knausgärd, André Gide, algunos de los varones que han escrito y compartido sus diarios, un género literario que en algún momento se ha considerado exclusivo de las mujeres. Sus diarios fueron revisados por él mismo para su publicación y en varias páginas encontraremos actualizaciones sobre los datos que escribió en años anteriores. Qué tranquilidad me da saber que no estoy de colada entre sus recuerdos.

Entre las frases que he subrayado mentalmente, porque no me atrevo a rayarlo, comparto:

“Cuando a veces me pregunto para qué pierdo tanto tiempo leyendo, la respuesta, además de porque soy un vago y leer resulta bastante más cómodo que escribir, es porque todo arte es releer el arte” (p. 356)

“Pararse un instante a pensar. Dejar incluso de leer. Al fin y al cabo, los libros son también un gran ruido.”  (p. 361)

“Lo de que todos los caminos llevan a Roma es una gran mentira. Cada camino te lleva a un sitio diferente.”  (p. 361)

“… me he encontrado perdido en la complicada selva de mí mismo y de mis limitaciones.”  (p. 362)

“A nadie le gusta ser uno. La vida es pura nostalgia de la vida ajena.” De la película La virgen de la lujuria del mexicano Arturo Ripstein.  (p. 398)

“…falla el corazón, pero falla aún más la memoria…” (p. 399)

Me gusta compartirlas porque me han cimbrado y porque coincido con él en el placer de escribirlas para sentir que las he inventado yo, aunque esté a años luz de su filosofía y aforismos.

Esta es una breve reseña, un tanto incompleta, porque apenas estoy por terminar el primer tomo, que abarca de 1984 al 1 de marzo de 2005. Creo que este libro es de esos que nunca se abandonan y siempre le encontraré más cosas. Lo acompañaré y me acompañará. Un amigo al que puedo y quiero volver para seguir narrando la existencia.

Entre las múltiples perlas que decanta su sabiduría, en la página 400 nos regala una gran pregunta ¿Desde dónde escribo yo? Gracias, Chirbes, por dejarnos el legado de tu obra, tus cuestionamientos y enriquecer nuestros caleidoscopios con tu punto de vista valenciano.