Éramos tan unidos como pueden serlo tres chicos que, en tiempos de la primaria, se la pasan acompañándose durante todo el día y riendo mucho.

Nos reuníamos por las tardes en casa de David Urbina Campos. Huérfano de padre, su madre debía salir a trabajar todo el día y él permanecía con su hermano y hermanas, bajo el cuidado de la abuela. Hacíamos ahí la tarea al salir de la escuela. Formábamos el trío el anfitrión Urbina, Julio y yo.

Terminábamos los deberes de sexto año y andábamos por los alrededores de la Preparatoria que estaba a dos cuadras. O nos dirigíamos a Soriana, a jugar entre los pasillos con los carritos. A veces enfilábamos a la Plaza de Guadalupe, a jugar a los caballitos en los jardines. O jugábamos futbolito callejero. No faltaban motivos para las escapadas.

Moreno, alto y corpulento, Urbina era un tipo amiguero y simpático. Le admiraba esa facilidad para conectarse con la gente, pues yo siempre fui tímido y retraído. David era de los que bailaba desde chiquillo y hacía amigos y amigas en diversos barrios. Lo reconocían en todos lados y a todos lados lo invitaban. Me fascinaba su ruidosa forma de interactuar a donde llegáramos.

Era conocido como El Urbina. Hasta su hermano así le decía.

Permanentemente traía presupuesto. Desde niño, su madre le dejaba liquidez para pasar el día sin sobresaltos. Nosotros nos beneficiábamos de su bonanza, pues nos pagaba los refrescos. Además, era generoso. Siempre lo fue, hasta el último de sus días.

Era nuestro guía. Los domingos trepábamos a un camión y nos íbamos a algún cine del Centro. Urbina nos disparaba las palomitas y regresábamos a casa de noche. A veces, sin nada más qué hacer, terminábamos el día sentados en la banqueta, afuera de su casa. Estábamos hermanados por una felicidad infantil plena.

A veces Julio y David iban a mi casa. Ya de viejos, Urbina recordaba los hotdogs que preparaba mi mamá para darnos de cenar. Decíamos que hacíamos la tarea, cuando en verdad nos la pasábamos viendo tele.

Una tarde en su casa, Urbina preparó licuado. Entre vacilaciones mezclamos plátano y chocolate en polvo en la licuadora, y resultaron unas deliciosas bebidas frías. Julio levantó el vaso para un brindis por la amistad. David fue más allá y propuso un pacto: en el comedor de su casa, por encima de las libretas y los libros de la tarea, pusimos las manos una sobre otra y nos hizo repetir después de él: “Juramos que siempre seremos amigos, no importa el tiempo que pase”.

El 27 de octubre del 2024 a los 55 años de edad, murió David Urbina Campos.

Honramos nuestro juramento, pues fuimos amigos hasta su fin.

Refrendo

Con el paso de las décadas, la amistad infantil se convirtió en compadrazgo de adultos. Prácticamente toda mi familia es compadre de la de Urbina. Le gustaron tanto los hotdogs de mi casa, que hizo compadres a mis papás, padrinos del segundo de sus hijos. Mi hermana y yo le bautizamos al tercero. Mi otro hermano también fue padrino de este, de primera comunión.

David me enseñó a conducir coche. Cuando estábamos chavos, Urbina adquirió un Vocho azul reluciente, con un equipo de tocacintas precioso. A ritmo de Luismi y Emmanuel, trepados en el Blue Demon, aprendí a meter los cambios bajo su guía y con su paciencia, mientras andábamos a vuelta de rueda por las calles de Guadalupe y por rumbos de la Ciudad de los Niños.

Julio empezó a trabajar y se fue de la colonia. Dejamos de verlo, aunque de vez en cuando nos lo topábamos. De vez en cuando recordaba con Urbina aquel juramento que hicimos de niños y pensábamos, con nostalgia, cómo el mundo nos había absorbido con sus problemas, privándonos de aquella dicha plena de la niñez.

Pero así es la vida, decíamos, entre tragos.

David dedicó su vida al trabajo. “Es un burro para la chamba, mi compadre”, le decía con admiración a su esposa Lupita. Todo el tiempo estaba buscando la forma de producir, y lo conseguía. Llevó, con su familia, una vida sin sobresaltos pecuniarios, y ayudaba a mucha gente.

De joven me fui de la ciudad y regresé cuando empezó el nuevo milenio. Desde entonces nos reagrupamos para formar una fraternidad cervecera con Memo, Sergio y Mario. A veces se nos pegaba Rodo. Es extraño cómo puede uno reunirse mil veces con las mismas personas, para hablar prácticamente de lo mismo y pasársela bien.

Estábamos pegados por junturas emocionales invisibles y formábamos una red sencilla de amigos que nos divertíamos con el anecdotario.

Urbina seguía en plan generoso: a la mitad de la pachanga llegaban las hamburguesas que había pedido inadvertidamente para cenar, o se aparecía cargado de arracheras para ponerle sabor a las veladas.

En esos años de mi regreso íbamos al estadio a ver a los Tigres. Nos tocó una época mala del equipo, pero no importaba. Departíamos entre tragos mientras veíamos correr la pelota, nuestra eterna afición. Futbol, cerveza, amigos. La felicidad se puede conseguir con bastante facilidad.

Despedida

El año pasado comenzaron las dificultades. Un día lo escuché con carraspera y me dijo que sentía rasposa la garganta.

Ya este año le hicieron estudios y le detectaron el padecimiento por el que pereció.

Pero en diciembre pasado, en temporada navideña, tuvimos algo que sería como una despedida, sin saberlo entonces. Junto con Memo, nuestro otro amigo de la infancia, nos desvelamos en una oficina donde David despachaba.

Los tres estuvimos unidos desde la primaria hasta la Prepa. Los camaradas mutuos que nos encontraban en las cantinas de Guadalupe, con frecuencia nos felicitaban por seguir unidos.

Entre tequilas y tecates nos pusimos nostálgicos. Hablábamos del paso de los años y la forma en que transcurría la vida, con una rutina que, pese a todo, nos resultaba grata. Los tres con familias, lo que menos queríamos eran sobresaltos. Tener un devenir apacible, ya de viejos, era una bendición de la vida.

Rememorábamos lo que fuimos, contemplábamos lo que éramos y visualizábamos lo que seríamos. Pero nos resultaba fascinante que, luego de medio siglo de convivencia, no nos hubiéramos cansado de vernos. Por el contrario, si quería pasar el rato con alguien era con ellos.

De madrugada, ebrios de fraternidad, terminamos abrazados los tres. Desconocíamos que sería la última vez juntos, únicamente nosotros.

Se fue Urbina. El funeral estuvo concurrido. Estuvimos muchos amigos que pasamos por su vida. Estaba Memo. No lo hablamos, pero supe que recordaba, también, ese triple abrazo de diciembre, el último.