Me gusta charlar con los misioneros de cualquier religión cuando tocan la puerta de casa. Me resulta fascinante su disposición, siempre ingenua, de tratar de enmendar el mundo a través de prédicas y amonestaciones.
Cada uno es diferente a los demás. En lo que sí se parecen todos, es en su mirada dulcificada. Esa luz ensoñadora de sus ojos busca proyectar esperanza en un mundo roto.
Hace poco llegó a mi casa uno insólito: venía de Corea del Sur; decía estar establecido en Pesquería Nuevo León, donde está asentada una de las colonias de surcoreanos más grande de México.
Este misionero era un líder de la comunidad de los Evangélicos y se hacía acompañar de dos mujeres que parecían a sus asistentes, originarias del mismo país. En realidad, las trataba como subordinadas y ellas lo seguían, como admiradas de su sabiduría.
Los tres hablaban muy buen español y decían traer La Palabra de la salvación.
Kim se dirigió a mí, con un tono ligeramente amenazante, que sonaba doblemente ominoso, por su pronunciación extranjerizada: “¿Usted cree posible la salvación? Un día todo será sustituido en la tierra, con la llegada de Jesucristo, y solo se quedarán los justos. ¿Es usted justo? ¿Cómo lo sabe?”
Líder
Se presentó como Kim. En su país ese nombre debe ser el equivalente a José o Juan, uno muy común supuse, pues muchos coreanos de llaman así, como Kim Young-gwon es un goleador de su país, medalla de bronce en futbol en Londres 2012.
Hacía calor el domingo de nuestro encuentro. Al abrirle la puerta encontré casi junto a mi cara su sonrisa de dientes enormes, un cabello de copete que subía y bajaba como una brocha, y una piel muy blanca. Vestía un traje color café, con un chaleco del mismo color, como si estuviera listo para ir a un bautizo.
Detrás de él, las chicas parecían gemelas y, aunque no lo eran, iban vestidas casi iguales, con falda negra larga hasta los tobillos, blusa de gasa y suéteres celestes sin mangas. Se estaban rostizando, pero sonreían bajo una sombrilla que colocaban sobre Kim, para impedir que se asoleara.

El misionero primero cuestionó si era justo en mi existencia. Ante mis dudas, sacó una Biblia. Me la mostró en un versículo que no recuerdo.
Lo que tengo grabado en la memoria, eso sí, fue el formato de su libro: con las hojas divididas a la mitad, en una tenía texto en español y en otros caracteres de coreano hangul, como se le conoce a su sistema de escritura con bloques silábicos y fonemas.
Comenzó a recitarme algunos pasajes con entonaciones sorprendentemente precisas: “Mire usted, todos somos pecadores y de alguna forma nos arrepentimos. Pero ¿a quién no le gustaría ser totalmente perdonado? El mundo sería un lugar más dulce y mejor”
Un filón de luz golpeó la frente del misionero. La chica del paraguas bajó la sombrilla, ladeándola para evitar la radiación del líder. Ellas se quedaron desprotegidas. Sentí pena, pues yo estaba adentro de casa, charlando con ellos bajo la puerta.
“¿Qué anda haciendo usted en México, predicando la Palabra?”, le solté de pronto, sin poder contenerme. Deseaba más conocer su historia, que escucharlo recitar versículos.
Se sorprendió. Lanzó una risita corta y agachó la cabeza. La sonrisa de grandes dientes era ladeada y los ojos se le hicieron más rasgados. Parecía un vivales de película, un oriental astuto y gandul.
“Soy ingeniero, evangélico protestante. Llegué a Pesquería, por contrato… Pescorea”, rió, al mencionar la forma como llaman en Monterrey a la ciudad de Pesquería, donde se han asentado asiáticos para la ensambladora de automóviles, instalada ahí.
La sonrisa se le hizo incómoda. La chica que no traía paraguas sacó un abanico mexicano de palma y le echó aire por la nuca. Kim resopló, un poco aliviado.
“¿Y cómo sabe orientarse en calles de Monterrey’”, seguí con el interrogatorio.
“Ya tengo un par de años aquí. He salido a conocer. Me gusta la ciudad muy diferente a mi país, todo muy bello, muchas montañas”, comentó con la intención, evidente, de regresar a la Biblia.
Vi un gesto casi imperceptible, una leve inclinación de su cabeza hacia la chica del abanico, que de inmediato lo guardó y extrajo un pequeño ventilador de mano que accionó, colocándoselo por detrás, refrescándole la parte posterior de la cabeza sudada. Sonrió levemente, con un suspiro.
Salvación
Continuó la prédica: “No sabemos cuándo vendrá Jesús, por eso debemos preparados. ¿Usted está preparado? Todos debemos saber que llegará un dí. ¡Lea!», me ordenó extendiéndome la Biblia bilingüe, en el libro de Mateo 24:44.
Leí: “Por eso, también vosotros estad preparados, porque a la hora que no pensáis vendrá el hijo del Hombre”.
Exclamó entusiasmado: “¡Esa es la clave! No sabremos cuándo vendrá Jesús y por eso tendremos qué estar preparados con buenas obras para entregar cuentas satisfactorias. ¡Sálvese!”
Mientras se expresaba, pensaba en él como personaje. La sonrisa, el traje, el calor, las acompañantes y el pequeño ventilador lo hacían un tipo pintoresco. Supongo que intuyó mi curiosidad interpretándola como sorna o interés chacotero, aunque dudo que conociera este término.
Cuando terminó de hablar sobre la necesidad de enmendar a la humanidad, nos quedamos sin palabras. Me vio con su sonrisa de anuncio de dentífrico, y me entregó un folleto.
“Es gratis. Puede revisarlo cuando usted quiera y entre a la página de ahí. Es muy interesante. Quizás pasemos el siguiente domingo”.
Me dio la mano. Sus acompañantes solo me sonrieron e hicieron una caravana para retirarse.
Cuando se fue, me quedé pensando que algún día escribiría sobre este tipo coreano y sus acompañantes. También pensé comprar un ventilador de mano, para cuando me sorprendiera el calor en la calle.
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