Miércoles por la noche. Salgo con mis amigas a festejar los 40 de Liz y mis 51. Nos citamos en un lugar del Barrio Antiguo y desde el momento de ponernos de acuerdo la edad nos traiciona y evidencia lo que celebramos: <<¿Hay estacionamiento? ¿Alguien que me lleve un Omeprazol? ¿Es muy ruidoso? ¿Es a morir? Mejor vamos a darle tranqui, porque si no al otro día no me concentro en la chamba.>> ¡Qué lejos han quedado esas noches que al salir del antro nos íbamos directo a la facultad o a trabajar.
La voz de María La Castro nos ha convocado para abandonar la rigidez de nuestras agendas que juega malabares con nuestro tiempo libre y de pronto todas coincidimos.
Queremos vibrar, queremos sentir, queremos la catarsis que ocurre en sus conciertos -es más barata y divertida que la terapia grupal. No tengo tiempo de una siesta antes de salir y varios bostezos me acompañan en el trayecto. ¡Pero si antes las 21:00 indicaban que era la hora para comenzar a arreglarse!
Estaciono el coche en el primer sitio que veo y el encargado me dice Aquí estoy hasta las 3:00 a.m. Sonrío. No, buen hombre, dese de santos si llego despierta a las doce. Camino varias calles, llego al establecimiento y descubro algo que tomo con estoicismo: el sitio tiene espacio para los coches. ¡Mecachis! Sonrío. Por supuesto, llego a la cita agitada, sudada por la caminata. Alexis se burla. Hubieras preguntado. Sí, claro, a las nueve ya casi no carburo. Los cuarenta de Liz la llenan de obsequios y se evidencia la dificultad para ver en la penumbra: bienvenida la presbicia. Consciente de sí misma y de sus conocimientos brujeriles afirma que le pondrá freno y la solucionará. Lo dice con tal énfasis que no tengo más que confiar en ella. La llegada de Olivia, guapísima, completa el cuarteto. Brindamos a la salud del lazo de amor que nos une con una esbelta y rediseñada botella de agua mineral.
La Castro hace su aparición. El espacio se llena con su presencia y eso que aún no canta. Comienza su charla con el público, como siempre lo hace. Prescinde de las clásicas tres llamadas a escena. Cuando ella dice ¡Salud, que belleza sobra! sabemos que ha comenzado el espectáculo. El arco de su sonrisa sostiene la pérgola del escenario. Imposible dejar de lado el comentario sobre el pasado huracán y la víspera de la canícula. Habla de los amaneceres como un atinado preludio para llevarnos a los años sesenta con su versión de Una mañana. Transita de su voz de cabeza a la de pecho sin problema, dueña de su instrumento. Un nuevo comienzo en esta canción elegida precisamente para empezar su concierto. Su voz. Una túnica egipcia. El peinado. Su característico lunar de arúspice en medio de la frente. No necesita nada más. Tiene historias para contarnos. Tranquilamente puede obviar el micrófono pero lo toma como megáfono para replicar su voz en todo el recinto.
Tomo mi estambre y tejo a media luz. Mis manos saben lo que tienen que hacer y mis evocaciones también. Pienso que son las nueve de la noche y que a esa hora, en los ochentas, pasaban la Hora de José José en Stereo Recuerdo 98.1FM. Jesús Altamira la acompaña al piano. Extrañamos al Astro, su guitarrista. Nos ofrece una lección de música e interpreta Inolvidable.
Didáctica, mientras los acordes del piano denuncian el tema que sigue, nos comparte su pasión por Mecano, la relevancia que tuvieron en el mundo musical de los ochentas, las historias que contaban, el fascinante uso del idioma y su preocupación por hacer canciones de leyenda; justamente nos regala una gran versión de Hijo de la luna que todos coreamos, aunque no seguimos su tono, ni el alargamiento de las estrofas.

Con María, las cosas son a su modo. A través de su carrera ha sabido forjarse un estilo único incomparable. En otras personas puede sonar aburrido o impostado, en ella suena genial. La transparencia de su intención llena de energía cada corchea trasnochadora.
Las canciones nos rescatan -dice- las canciones nos transportan, sostiene. Histriónica hace una gran inhalación y canta No soy el aire de Miguel Luna -quien también compuso Oro, canción que canta Bronco y es favorita de Alexis. Más que cantar o interpretar, María siente lo que expresa y eso le confiere una dimensión más profunda e íntima a la función. Enlaza esta pieza con Bésame mucho. Romántica, apasionada y entregada, la disfrutamos al tiempo que damos cuenta de unos plátanos fritos y unas papas en gajos. Seguimos con agua mineral para mitigar el calor. La temperatura aumenta por la pasión que impone. Cambia los compases y las partituras se vuelven una invitación para soñar. Su mirada se pierde, quizá, en alguien que no llega a verla esa noche. ¿Qué le sucede al cantar? ¿En qué piensa cuando canta? Como compositor, ¿qué se siente cuando el público enfebrecido canta contigo aquella canción que escribiste cuando transitabas una emoción definitiva en tu existencia? ¿A las cuántas veces de cantarla se convierte en catarsis? ¿Pierde en algún momento su significado espiritual? Qué lindo coincidir en las emociones más intensas. Qué maravilla son las palabras, la música, la voz. ¿Por qué nos gusta tanto que nos canten, que nos arrullen al dormir? ¿A quién se le ocurrió que cantando nos tranquilizaban? ¿Por qué tarareamos sin darnos cuenta? ¿Por qué cantamos al enamorarnos?
Como si supiera las preguntas que nos habitan, comienza a contarnos una historia fabulosa. Siempre me han conmovido hasta las lágrimas las personas que desde muy pequeñas sabían lo que querían ser, como ese inolvidable momento cuando Kate Winslet gana el Oscar y temblando de emoción, en su discurso recuerda cuando era niña, anhelaba ser actriz y al bañarse ensayaba su discurso, levantando la botella de champú: ahora levantaba un Oscar. María, por su parte, nos relata algo sobre su infancia. Evoca el tocadiscos que había en casa de su madre, cómo se transportaban los discos con tanto sigilo. Esos vinilos que en su interior contenían la música y el momento de unión familiar. Confiesa su gusto por una canción que ella pensaba feliz, por el ritmo, pero que en realidad cuenta una desgracia: el jibarito que no vendía nada y regresaba a su casa con el alma escondida detrás de su fracaso.
Soñaba con ser cantante y veía Siempre en domingo. Raúl Velasco hizo mucho más que darle una patadita a quienes se estrenaban como cantantes: animó la imaginación de esta criatura que ha tenido lleno total en el Aula Magna y se ha dado el lujo de cantar con la Orquesta Big Band de la UANL.
La Castro cuenta su historia y me derrito de calor y de ternura al escuchar que ansiaba ser cantante, veía el programa, se enredaba una cortina y le robaba a su madre el colorete -en nuestros tiempos no existían los lipstick- Max Factor para comenzar a cantar Debut y despedida donde hace una mágica segunda voz que bien podría haber acompañado a Germain, hasta que se quiebra y le da una vuelta al berbiquí emocional para confesar que así fue como le sucedió. Se da un tiempo, respira un poco y remata el momento álgido con Aunque no sea conmigo. El piano tiene un volumen muy alto, extrañamos la guitarra.
Lupita D’Alessio revive sus mejores momentos en la garganta de la reina de la noche. Concentradas, escuchamos la canción. Nos asombramos. El pop se atrevió a hablar del individuo. Para bien o para mal, lo privado tuvo derecho de ser público y las mujeres podían hablar de sus más profundos sentimientos, más allá de lo que logra Ibsen en su Casa de muñecas. El yo invadió la radio y tuvo derecho de decir, con todas las letras “…hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo…”. Esa es la función del arte, adaptarse al contexto político y social para convertirse en testigo de lo que sucede al mismo tiempo que provee un registro estético de la vida de una persona. Numerosos dramas existenciales pudieron existir y hermanarse en la voz de Los Ángeles Negros, Camilo Sesto, Sonia Rivas, Mocedades, Dulce, Los Terrícolas, Jairo, y hoy se permiten la añoranza, la revisitación, la reflexión, la emoción y la catarsis con María. Compositores comprometidos con su tiempo, lenguaje y contexto.
Como dice la canción que interpreta a continuación Seguramente Dios me quiere mucho nuestra diva se encarna en Sole Jiménez para transportarnos a los noventas con los Presuntos Implicados.
La música es capaz de romper barreras temporales y cuestionarnos acerca de ¿Dónde está la vida? de Francisco Céspedes. Quisiera escucharle Remolino, pero esta vez no parece dispuesta a hacer complacencias. Es un show ensayado y el pianista tiene bien acomodadas las partituras.
Noooo. Rescata esta joya de la catástrofe interpretativa -es un decir- de Alejandro Fernández y se instala en la estatura dramática y potencia vocal de Carlos Lico, cuando nos cuenta el encuentro con su padre que la abandonó siendo muy pequeña y desde su realización, sin rencor, fue capaz de decirle que no, que gracias, pero no gracias. Se necesita mucha valentía para hacer, a la edad que sea, lo que ella canta en tres minutos. Hay algo en su mirada que al mismo tiempo dice que la herida está sanada y por otro lado manifiesta que hay un dolor residual. Quizá, si se fuera ese dolor, no la cantaría igual. Nadie puede cantar igual esta canción después de escuchar a María. Olivia inhala con fruición, el resto cantamos. Recuerdo las noches en el extinto Between, mientras hacíamos cuentas y limpieza, René Alemán ponía el karaoke para cantar esta canción con esa voz suya que alcanzaba tonalidades muy bajas y sostenidas. Hay cerca de 20 años entre una historia y otra. Las canciones son memorias que van de una inspiración a otra. La dureza de las metáforas se vuelve caricia en su voz. ¿Cómo se le escuchará No me doy por vencido de Claudia Brant?
Abre un espacio para la inocencia y la ingenuidad en el segmento dedicado a Yuri: En mi vida sólo quedan esperanzas… lanzada el 28 de junio de 1980, próxima a cumplir 44 años. Casi podemos acariciar al Osito panda entre las mesas, saborear un algodón de azúcar, cuando surge la potencia de su voz de pecho para cantar Yo te pido amor y después una pregunta desgarradora para indagar si acaso ¿Es ella más que yo? Juguetona. Las emociones más sublimes se pasean en el foro y las azuza con su arenga “No me digas, ¡Ay!, porque siento que te lastimo”. Se transforma en auriga y nos conduce a los extremos del péndulo emocional.
Camilo Sesto, si lo invitara, vendría a subrayar que estamos presas en las redes de un poema cuando se acerca al final, que es de risa histérica -no apto para incontinentes-, contagiante y liberador. Guarda su mejor sentido del humor para el performance de La chancla. “Y el que tenga miedo de morir, que no nazca”, dice, partida de la risa, parafraseando la línea final de su canción mientras miles de confetis emocionales caen sobre sus canas y brinda a través de la distancia con Lola Beltrán. Se despide entre aplausos y abrazos, nosotras sonreímos, agradecemos acompañarnos en otro cumpleaños. Recojo mi tejido. Alexis sonríe que da gusto. Liz se siente en libertad. Olivia insiste en pagar la cuenta, como un regalo para Liz y para mí. ¡Gracias! No sé por qué, pero no nos tomamos foto. Que sea esta crónica un retrato de un momento inolvidable. Gracias, María La Castro por una noche de abrazar las emociones para sentirlas de nuevo y dejarlas ir transformadas en recuerdos. ¡Salud, que belleza sobra!
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