Nadie cantará como Ana Torroja, pero se me antojó ir a ver el Concierto Ensamble 49 dedicado a mecano -así lo escribe el anuncio: así era el primer logotipo-. Varias veces me salió el post en Fb, ¡Ah! el algoritmo indiscreto e intrusivo paseándose entre mis hábitos, conversaciones y recuerdos. No hay cosas caras, hay gente con presupuesto limitado, pensé al ver el costo de los boletos. El algoritmo insistió. El 2×1 del jueves fue irresistible. Había que avanzar más en el trabajo para tener la noche libre; exacto, como en la preparatoria o en la facultad.
Desde el 7 de diciembre de 1991 no sentía la misma emoción al prepararme para acudir a la cita con la música. Inolvidable su último concierto en la Monumental Monterrey y cómo no recordar mi encuentro con ellos unos años antes. Permítaseme la autoreferencia a mi Me acuerdo:
Me acuerdo cuando los Mecano me saludaron. ¿Sería 1985? ¿1986? ¿1987? ¿1988? Aquél sábado teníamos ensayo de la rondalla de la secundaria Plinio D. Ordóñez. Llevaba mi guitarra. Mecano se presentaría en la Plaza de Toros Monumental Monterrey (a tres calles de la secundaria) esa noche. No recuerdo por qué, pero esa mañana me había ido por avenida Universidad, en vez de hacer escalera por las calles del barrio. Cuando llegué a la Monumental, detuve mis pasos para permitir que se estacionara una camioneta negra con vidrios polarizados -quizá era una Suburban- de la que bajaron unos chamacos, dos hombres y una mujer, delgados, estrafalarios, vestidos con chaquetas de cuero. Hoy sé que eran Ana Torroja y los hermanos Cano. Me saludaron a lo lejos. Yo, educada, devolví el saludo. ¡Anda, morena! ¡Dale con esa guitarra!, gritó Ana Torroja. Yo sólo sonreí. Levanté la guitarra y sonrieron, abrazados. Lo que daría hoy por haberme quedado a platicar con ellos esa mañana y que me autografiaran mi guitarra.
En el estacionamiento, mucha gente mayor. ¿Qué esperabas -me digo-, si tú tienes ya 50 años? Ironizo, sintiéndome de nuevo adolescente ¡Váyanse a cuidar a sus nietos!
Al llegar al lobby del Auditorio Luis Elizondo, la música de los hermanos Cano nos dio la bienvenida junto a un póster donde aprovechamos para la selfie de rigor. Las historias de mecano a través de sus canciones con las siluetas inconfundibles de estos seres fuera de serie que decidieron hacer un trío y se convirtieron en el soundtrack de toda una generación; los únicos capaces de hacer llorar a Salvador Dalí cuando interpretaron su canción para él y en más de una ocasión nos hicieron ir a la enciclopedia para averiguar el significado de una palabra o para tratar de entender una figura poética de las muchas que acompañan sus creaciones y disfrutamos armando cosas imposibles con el juego de construcción homónimo.
La modernidad nos invita a descargar el programa con un código QR. Ya no los hacen en papel, mi boleto es digital, por lo tanto tampoco tendré ese recuerdo como conservo en un álbum el boleto de su último concierto. Sólo me quedarán las palabras y las sensaciones que esta noche me acompañan. Me salto el programa: quiero la sorpresa completa. Fui por la emoción, por la nostalgia. Quería sentir. Se me antojó la camiseta, pero todas con cuello redondo y los bochornos de la menopausia las convierten en insoportables bajo el calor de Monterrey.

El auditorio se llena. Anuncian la primera llamada. Familias enteras. Parejas. Grupos de amigos y amigas. Segunda llamada. La emoción aumenta. Muchos jóvenes que ocupan la parte central de las butacas dan sus primeros gritos. Dan las 8:40 y comienza el concierto después de una tercera llamada llena de alaridos.
Los primeros acordes de una orquesta en directo nos llevan a 1986, con ¡Ay, qué pesado! cantada a coro y con intervenciones afortunadas de las solistas. En el fondo, las pantallas proyectan diversas imágenes del contexto político que imperaba. Franco, sin ningún adjetivo. Ana, Nacho y Jóse, jovencísimos, quizá de la misma edad o un poco mayores que los 25 muchachos que componen el ensamble hábilmente dirigido por Juan Antonio Vila Ruiz. Cómo no recordar a Gerardo Maldonado en los inicios del Ensamble.
Me colé en una fiesta, con la revisitación de las armonías con un toque techno, más techno que el que los originales propusieron. Todos los instrumentos siguen al dedillo las mismas partituras que Nacho hacía en sus múltiples teclados y con sólo dos manos. Aquí tenemos una orquesta completa que dialoga sin robarse protagonismo, tan discreta es que se oculta bajo las gradas que nos permiten admirar las coreografías de la combinación triunfadora: juventud, pasión y talento. Qué distinta sensación. Armónicos. Precisos. Hábilmente acompañados por el juego de luces y el espléndido vestuario que es un guiño a los outfits vanguardistas que ellos usaban cuando se atrevieron a ir más allá de las convenciones que en ese momento imperaban en el espectáculo y en la sociedad. Mucha niña mona, pero ninguna sola…
Es de agradecer el nivel musical ante la pobreza de algunas composiciones que hoy habitan en la radio y celebro que estos muchachos se paseen por el deliberado manejo del lenguaje que hacían, la construcción de imágenes, el afán de contar historias, la música que era caricia e invitación a bailar y, por supuesto, la calidad vocal de Ana. Algunas canciones las cantan a coro, dándole una versión diferente que se convierte en metacanción, pues simbólicamente representan que en este homenaje cantamos todos.

Me conmueve hasta las lágrimas el grito espontáneo, amoroso, solidario y bello de los muchachos que han ido a apoyar a sus compañeros. Celebran las apariciones de cada uno de ellos y algunos han llevado sus fans -en mis tiempos decíamos han llevado su porra. Amo y aplaudo su energía, sus ilusiones, sus ganas de ser, su pasión por existir, sus ganas de amar.
Los amantes, con el compás alterado, nos invitan a bailar. La psicodelia de las imágenes de Barco a Venus nos conduce a esos alucines que apenas veíamos y que los Cano ya sabían que debían tratar. Los cantantes bailan entre las gradas, suben y bajan por los niveles del escenario como lo hizo Madonna en el espectáculo del Super Bowl.
No es serio este cementerio es una de las versiones mejor logradas. Luces, linternas, iluminando al cantante mientras en la pantalla se proyecta el video icónico de la canción donde los mecano se pasean por un cementerio de automóviles. La estática de la vida frente a la danza macabra de la muerte convertida en comedia con la sutil ironía de la inevitabilidad de la finitud y un toque de latín.
La luz viaja más rápido que el sonido y hay un desfase del video que es comprensible y perdonable. Se trata de disfrutar todo el espectáculo. El interno, de las evocaciones y el externo, de las interpretaciones. Cruz de navajas permite lucir las voces y el dominio escénico. Ana Torroja estaría orgullosa de ellos. En Aire el cantante vuela -literal- y cedemos el paso a Mujer contra mujer. ¿Mujer contra mujer en un espectáculo del Tec? Sí. Espera 35 años y tus ojos podrán verlo. Sólo espera 35 años para que veas cómo se canta y corea esta canción sin la más mínima censura. El duelo de voces hace las veces de beso que podría haberle puesto la cereza al pastel. Gracias por la reivindicación, por el atrevimiento. Y lo que opinen los demás está de más.

El fallo positivo y su gospel permite que se luzcan las distintas tesituras y contracoros junto al atinado vestuario. Estos chamacos quizá aún no nacían cuando estas canciones ya eran esas canciones y se adueñan de ellas entregándonos su versión, modificada y enriquecida. Combinan Maquillaje con No controles y se confirma que las armonías geniales pueden combinarse si cumplen los requisitos de conservar su individualidad. Las curvas de esa chica desatan la locura por la coreografía, el montaje y las voces de los intérpretes. ¿Cuántos romances se habrán dibujado esta noche?
Una rosa es una rosa nos regala la interpretación de dos guitarristas magníficos y por un momento estamos ante un tablao flamenco con la naturalidad y sincronía de las palmas como primer instrumento. Y en este repaso no podía quedarse fuera Lía. Gracias por la poesía que sirve de preludio a su Hijo de la luna con imágenes de IA de una luna espléndida que después de contarnos la epopeya de su romance nos lleva a cantar Entre el cielo y el suelo. Balada simple, pero contundente, rotunda. Vivimos siempre juntos, el trabajo en solitario de Nacho, cuando cada uno lo hizo por separado. Cómo dolió cuando ya no fueron más y sin embargo siempre serán tanto.
Aidalai combinada con Cruz de navajas, El 7 de septiembre mezclada con Hoy no me puedo levantar. Volvemos al origen, a los inicios, cuando los ochentas comenzaban y éramos invencibles. Ha sido el soundtrack del 82.35% de mi vida y ahora que soy de lágrima fácil los recuerdos se agolpan y resignifican el presente entre llanto y risas.

El fascinante fin de fiesta, el broche de oro, el no va más de la noche, viene de la mano de Un año más –canción con la que recibo el año desde 1988. La nostalgia puede conmigo y recuerdo aquella noche vieja de 2002 en La puerta del Sol, con mecano en mi walkman mientras las campanadas volvían a sonar y Grace estaba a mi lado. Mis lágrimas fluyen. A mis 50 años reconozco mi ser efímero. Algún día seré yo quien ya no esté al preparar las uvas y no sé si alguien me echará de menos. Sé que hoy viví esta noche, conmigo. Confeti, luces, música, intenciones, partituras, recuerdos, ilusiones: todo tiene cabida en este escenario al que llamamos existencia y donde hoy son ellos los protagonistas.
El Ensamble, que además, para pertenecer a él tienen que mantener un excelente promedio, nos demuestra que aún persisten entes renacentistas que no sólo son grandes músicos sino que también son hábiles en su profesión, le roban tiempo al tiempo del estudio para aprender a tocar un instrumento, para educar su voz. En el mundo de lo práctico, alabo el romanticismo de ser artista. Revive mi esperanza en esta nueva generación. Gracias por ir más allá del reguetón. Volví a casa llena de luz.
Gracias Ana Karen, Andrea, Eduardo, Juan Carlos, Natalia, María, Alejandra, Caterina, Eduardo Eugenio, Ismael Iván, Regina V., Regina A., Mario André, Emiliano, Karol, Lorena Michelle, Loida, Renata, Diego Alejandro, Edgar Eduardo, Sergio Alfredo, Andrés, Ana Sofía, Mariana, Eugenio, y toda la magnífica orquesta, por dar lo mejor de ustedes para que nosotros, su público, tuviéramos una noche inolvidable. Gracias por este viaje pleno de recuerdos gratos. Gracias también a todo el staff detrás de estos chamacos y a las autoridades del Tec de Monterrey por impulsar la cultura y preocuparse por la parte humanista de la educación. Gracias por tantas horas de ensayo invocando esta energía.
Y sí, insisto ya sin ironía, que todos esos contemporáneos se vayan a cuidar a sus nietos, porque así les podrán enseñar buena música, como la de mecano. Ellos son los guardianes de la música, literatura, y todos los significados de nuestro tiempo. mecano hay que escribirlo con mayúsculas en la impronta de nuestros recuerdos: MECANO.
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