Matildo fue un camarógrafo de televisión que conocí hace algunos años. Acompañaba al reportero Gustavo, de una televisora nacional, a hacer sus notas videograbadas y se desempeñaba con mucha solvencia para su oficio.
Como singularidad personal, Mati estaba sordo del oído derecho, por lo que sus amigos teníamos que hablarle fuerte y directo al otro perfil, para que captara. Era un tipo tímido y retraído pero que, en las pachangas de periodistas, acostumbraba a ponerse bastante alegre. Se emborrachaba fácilmente, aunque era de buena tomada y se comportaba como un beodo simpático.
Pero lo que más me llamaba la atención del camarógrafo era la suerte que lo acompañaba. No sé si era buena o mala la suya.
Una vez, mientras tomaba aspectos de una plaza, Matildo se topó con el asalto a un banco. Así, con cámara al hombro, obtuvo imágenes exclusivas de tipos encapuchados que salían a la calle con metralletas, para subir a un coche y retirarse. Buena fortuna.
En alguna ocasión, mientras grababa el robo de urnas en una contienda electoral, un desconocido le dio con un palo en la cabeza, lo que hizo que cayera sangrante con todo y cámara al piso, sin que se supiera jamás quien había sido el agresor que evitó que captara todo el evento del delito. Mala fortuna.
Pura suerte
Matildo era regordete y moreno y, aunque era galante, no tenía mucha suerte con las chicas. Pero parecía no sufrir por su falta de pegue. Afirmaba despectivo, porque era algo pobretón, que el atractivo del hombre residía en el coche que trajera, así que esperaba un día estrenar uno por el que las mujeres harían fila para pedirle un aventón, o que las paseara un domingo.
El destino del camarógrafo cambió una mañana de manera insospechada.
Los reporteros de la fuente del Ayuntamiento reporteábamos en la entrada de la Presidencia Municipal en espera de notas para cumplir la cuota del día. Éramos como una red tendida en la entrada para que se enredaran las truchas que pasaran por ahí: algún secretario, un regidor, un líder de partido. Ya sabíamos que muchos personajillos de la polaka local se hacían los aparecidos en la Presidencia y con un folder en la mano, tal vez vacío, pasaban por el retén para que los entrevistáramos. Los dos ganábamos: ellos para dar a conocer su imagen y sus propuestas rancheras y nosotros, para tener una nota que entregaríamos en la sección de locales.
En eso estábamos cuando llegó Matildo con Gustavo. Nos saludamos como de costumbre y ahí no dio la exclusiva que ya sabía su compañero: se había sacado un coche del año. El auto compacto era el premio de un sorteo al azar, que había hecho el banco en el que Mati tenía sus ahorros.

Buena suerte la de Matildo. Lo felicitamos y bromeamos haciéndole saber que ahora lo veríamos asediado por las mujeres que lo buscarían por su flamante coche. ¿Cuándo iría a recogerlo? Al medio día, en la agencia del Centro, que estaba a un par de cuadras de la Presidencia.
Llegada la hora, unos diez reporteros acudimos con el camarógrafo a reclamar su premio. Ahí andábamos en caravana que acompañaba al amigo a recibir el importante premio que había obtenido por la buena estrella de su cuenta de ahorros.
En la agencia, el Gerente encorbatado lo esperaba en la puerta. Gustavo intercambió roles con su compañero y operó la cámara para grabar el momento. Haría la nota de color para el noticiero de esa tarde. Los demás compañeros tomamos fotografías y preguntamos datos sobre el coche: qué modelo, dónde lo hacían, en qué consistía la promoción del banco. El Gerente estaba encantado con las fotografías y las entrevistas.
A Mati lo condujeron hasta donde estaba el premio, adentro de la agencia. Lucía sus costados charoleados sobre una pequeña rampa que hacía que la trompa se elevara sobre el suelo. El Gerente le dio unas tijeras mientras un par de edecanes en diminutos vestidos sostenían una tira de papel que simulaba un listón. Mati lo cortó y le tomamos más fotografías. Hubo aplausos de todos. Mi amigo se veía radiante. Nunca había sido protagonista de nada, siempre había estado detrás de un aparato que captaba los movimientos de gente importante o de sujetos notables de noticia. Pero ese era su día, era su momento de brillar.
El Gerente le hizo firmar unos papeles, le entregó un pequeño portafolios en el que estaban el título del coche y demás documentos que lo hacían legalmente el dueño, y le entregó las llaves.
Para entonces, trabajadores de la agencia habían movido otros coches que estaban en exhibición para dejar un amplio espacio para que secara en reversa su nave azul, hasta el estacionamiento de la agencia. De ahí que se lo llevaría a recorrer la ciudad y a conquistar chicas.
Mati accionó el dispositivo de control remoto del coche que accionaba los seguros de las puertas. Un sonido agudo se escuchó, para indicar que podía entrar. Con agilidad subió a la rampa, y tomó lugar en el asiento del piloto. Desde ahí agitó la mano para saludar a los presentes. Le tomamos fotografías y Mati sonrió.
Encendió el coche y con mucho cuidado bajó la rampa en reversa. Con precaución enfiló hacia la puerta de salida. Su compañero hacía las tomas del momento inolvidable y nosotros echábamos flashazos. Yo le regalaría después las fotos que le estaba tomando.
Inesperadamente, Matildo torció el volante, al parecer para sacar el coche de frente. El viraje nos sorprendió a todos, pues estaba a dos metros de bajar al estacionamiento. Hizo la maniobra hacia adelante y luego, de nuevo hacia atrás y con el movimiento en reversa no frenó a tiempo y le hundió completamente la puerta a otro coche flamante, blanco, que estaba estacionado.
El Gerente, las edecanes y nosotros miramos con horror la parte colisionada. El auto de Matildo también se había afectado con la polvera trasera abollada.

El camarógrafo vio que el faro estaba roto, igual que su corazón desilusionado.
Se acabaron las risas. Entre el desconcierto, el gerente nos despidió y ordenó a Matildo que pasara a su oficina. Su reportero lo acompañó, con la cámara apagada y con el tripié cagado en el hombro.
Regresamos preocupados a la Presidencia, esperando que Mati nos comunicara el desenlace de su aventura aciaga.
Nos lo platicó al día siguiente: la agencia se quedó con el coche. Se lo compró a una quinta parte del precio de lista, para obtener recursos para saldar los daños de los dos autos dañados.
Pronto olvidó el incidente.
Dejé de ver a Mati, y diez años después lo reencontré y charlamos en una comida.
No me sorprendieron sus noticias: no tenía novia, ni había comprado en todos estos años un coche de agencia. Se felicitaba por ello, no tenía que soportar caprichos, ni dar costosos mantenimientos semestrales.
Lo dicho: la suerte que parecía mala, para Mati era buena, o al revés.
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