Entre el viernes 16 y sábado 17 de septiembre de 1988, el Huracán Gilberto -convertido en tormenta tropical- abrazó la zona metropolitana de Monterrey con sus aguas exterminadoras y provocó accidentes, deslaves, inundaciones y más de 200 muertes, cifra que podría ser de varios cientos más, de acuerdo a estimaciones no oficiales.
He visto imágenes satelitales del impresionante vórtice del meteoro, que se parece a cualquier otro, aunque con una diferencia kilométrica en dimensiones. Lo que me pasó ese día del Gilberto es que lo vi desde arriba, mientras me encontraba en lo alto del Cerro de la Silla, y no tenía idea de que caería sobre la ciudad un desastre provocado por la naturaleza.
Ahora veo que fui un poco imprudente al cruzar el río la Silla embravecido con la crecida.
Estaba chavo y no sabía que el diablo visitaba Nuevo León.
Excursión al Cerro de la Silla
Éramos cinco amigos del barrio y decidimos subir el Cerro de la Silla, como lo hacíamos con frecuencia, solo por el sabor de la aventura.
Por lo general, las visitas a la montaña las hacíamos temprano, de madrugada, para evitar el solazo, pero quién sabe por qué razón ese sábado decidimos ir a medio día. Estaba lloviendo un poco a esa hora. Por esos días habían caído algunos aguaceros, así que otro más nos tenía sin cuidado.
Pero a la hora que emprendimos la caminata había Sol, por lo que no nos preocupamos de nada.
Todos vivíamos en la Villa de Guadalupe, en el centro del municipio, y el ascenso al Cerro siempre ha estado a una caminata de unos 20 minutos. En aquel tiempo, no estaba el camino pavimentado que actualmente hay sobre la Avenida Las Américas, en la entrada al Parque La Pastora, por lo que había que vadear el río, que atravesábamos sobre troncos que servían de puentes. A veces la corriente era apenas un arroyito que podíamos pasar sin mojarnos los tenis.
Ese día la corriente estaba fuerte, así que cruzamos metiendo el cuerpo hasta la cintura. Cruzamos la avenida Chapultepec, y tras caminar unas calles por la colonia Contry encontramos la ya conocida ruta de ascenso que ese día estaba solitaria. No estaba siquiera el acostumbrado uniformado municipal que le daba la bienvenida a los deportistas.
Apenas subíamos cuando comenzó a caer un aguacero copioso, que supusimos era un chaparrón, porque el ambiente aún era cálido y por entre las nubes se colaban algunas tiras de luz.
Mientras caminábamos, la intensidad de la lluvia se intensificaba como una catarata sobre nosotros, que íbamos felices, algunos descamisados, para disfrutar mejor el remojón. Subíamos y subíamos, hasta que el sendero de laja comenzó a aflojarse y el barro se abría con nuestras pisadas. A la mitad del camino hacia la Caseta del Teleférico, estación a la que accede la mayoría de los paseantes, decidimos detenernos.

Estábamos a los pies del punto que se conoce como el de La Virgen, porque ahí está una efigie guadalupana. Por un momento todos nos recostamos, de cara al cielo para ver la maravilla natural sobrecogedora, como una amenaza bíblica, que se abatía por orden de Dios sobre sus pecadoras criaturas. La lluvia nos acribillaba el cuerpo con una persistencia de gotas gordas, que aún hoy recuerdo como una sensación muy grata.
Recuerdo muy bien que vimos hacia abajo, sobre Guadalupe y nos percatamos de que la precipitación venía en serio. Estábamos a la altura de algunas nubes, por lo que nos encontrábamos a la altura del Gilberto y podíamos ver cómo lanzaba sus trallazos de agua sobre las calles y las casas.
Tan nutrida estaba la lluvia que no podíamos distinguir ni siquiera la Prepa 8, en el Fraccionamiento Marte, uno de los edificios más visibles desde lo alto del Cerro.
Decidimos regresar.
Río La Pastora
Todo el camino de vuelta estaba anegado y con caudales de tierra que se desprendían por la pendiente. No temíamos un deslave, un rayo, una torcedura, nada. Éramos jóvenes y deliciosamente inconscientes del peligro. Caminábamos bajo una ducha intensa, como si lleváramos una manguera de bombero sobre cada cabeza. Cuando llegamos a la avenida Eloy Cavazos, nos percatamos de que el mundo se había deshabitado. No había coches en circulación. En algún lado por donde la avenida se dividía hacia el oriente, un camión, tal vez de bomberos, tenía las torretas encendidas.
Nos aproximamos al río la Silla, en la parte que nosotros llamamos río La Pastora, y constatamos que la corriente salvaje lo hacía infranqueable.
Uno de los camaradas propuso jugárnosla, para cruzar los 30 metros de anchura, en el cauce embravecido. Todos le caímos encima por tonto e imprudente, y lo hicimos callar. Ahora veo que el intento hubiera sido suicida, porque en los días siguientes se contaron historias similares de personas que perecieron engullidas por la violenta corriente.
Optamos por bordear por la avenida hacia el poniente, hasta cruzar el puente de Chapultepec, a lo seguro, y volvimos por la parte trasera del mercado de Abastos.
Cuando llegué a casa me parecía una exageración ver que la gente se hubiera refugiado. No había nadie en la calle. Entré con alboroto por la cocina, pero me hicieron callar. El gobernador de Nuevo León Jorge Treviño estaba dando un mensaje a la ciudadanía, mientras presentaba imágenes del río Santa Catarina inundado como nunca lo había visto.
Hablaba de decenas de muertos y desaparecidos, colonias enteras inundadas, parálisis de todos los servicios públicos, apagones en sectores completos del área citadina.
Monterrey y sus municipios circunvecinos eran realmente un desastre.
De la que me salvé, pensé mientras tomaba una ducha.
Al día siguiente me enteré de la magnitud de la tragedia del huracán Gilberto.
Nuestra comunidad