Me acuerdo. Sí me acuerdo.
Me acuerdo que nosotros no festejábamos la navidad.
Me acuerdo que Graciela me regaló mi primer pinito de navidad.
Me acuerdo de la navidad en la que compré regalos para toda la familia.
Me acuerdo cuando llevaron a Los Vips a la fiesta de navidad del kinder, en 1978.
Me acuerdo que en la iglesia hacíamos una representación de los cuatro evangelios.
Me acuerdo de las colaciones que nos daban en los bolos de navidad. Nunca me gustaron.
Me acuerdo de la navidad en que Graciela me regaló un telescopio y me sorprendió mucho que para usarlo hay que ver al revés.
Me acuerdo cuando llevé a mi mamá a ver El cascanueces en el auditorio Luis Elizondo. Mi madre disfrutaba mucho el ballet y le fascinó la puesta en escena.
Me acuerdo de la navidad en que la villita Coca Cola fue un furor. Hice fila por varias horas en la fábrica hasta lograr canjear mis fichas. Me acuerdo que luego se revendían en precios abusivos e impagables.
Me acuerdo del futbolito de clavos que hicieron mis hermanos y que fue mi regalo la navidad de 1985. Lo llevaba a todos lados. Se jugaba con canicas y ligas. Mis amigos y yo nos divertimos mucho. Me gustó mucho sentir que mis hermanos hacían algo para mí.
Me acuerdo de esa navidad en la que escuché Adeste Fideles cantada por Mijares en el programa Videoéxitos de Gloria Calzada. Acababan de estrenar el disco que había hecho La Hermandad -el elenco de EMI Capitol- y cantaba Pandora, Denise de Kalafe, Hernando Zúñiga, Daniela Romo, Tatiana, entre otros. Me sorprendió mucho que una canción que yo asociaba con la iglesia de pronto estuviera en la televisión. También me gustó mucho la versión. A mi papá no le gustó nada que se hiciera popular, le dijo pagano y a mí me pareció muy cruel.
Me acuerdo de aquella navidad en que algo me hizo enojar y no quise participar en la iglesia en las actividades navideñas. Hice un berrinche monumental. Pensé, supuse, que merecía un castigo ejemplar. Mi madre, sin embargo, no dijo nada. Nos llevó de compras a un bazar navideño en los bajos del Palacio Municipal. Con mi culpa a cuestas, entre los villancicos, yo, silente, no quería nada, ni siquiera quería estar ahí. Sentía que nada merecía. Mi madre, amorosa, insistió tanto en comprarme algo y yo -que insistía en mi autocastigo- escogí lo más barato que vendían, pues nada merecía, aunque había visto otras cosas que me gustaban. Me compró un llavero del pato Donald, pero nunca lo usé. Es el llavero mejor conservado de todos los que tengo.
Me acuerdo cuando se perdió mi hermano Eliseo. Papá nos había llevado a la fiesta de navidad de Correos, lejos, allá por Valle Verde, y volvíamos a casa en el camión. No sé por qué, pero esa vez mamá no fue con nosotros. Ya era tarde, serían las ocho o nueve de la noche cuando volvimos a casa. El camión venía muy lleno y algunos encontramos asientos separados, los demás quedaron de pie.
Teníamos que bajarnos al llegar a la Alameda y así lo hicimos todos, excepto Eliseo que, pegado al vidrio de la ventana del último asiento, veía cómo nos alejábamos mientras el camión seguía su camino más allá de la Alameda.
Le dije a Ezequiel, él le dijo a Moisés, él le dijo a Eunice, quien por fin le dijo a papá. Papá no dijo nada. Seguimos nuestro camino rumbo a casa. Yo volteaba incesantemente hacia atrás, a ver si nos seguía. Nada. Llegamos a la casa y papá, con toda calma le dijo a mamá Manuela, perdí al niño. Mamá comenzó a gritar; papá puso su cara de ¿Qué le vamos a hacer?, mezclada con No te preocupes, al cabo tenemos muchos. Después de unos breves momentos de histeria, mamá se puso a buscar una foto, nos preguntó con qué ropa iba vestido, y nos pidió que fuéramos a pedir un carro de sitio para ir a dejar la foto a la televisión y que nos ayudaran a buscarlo. Cuando estaba a punto de salir de casa, llegó Eliseo muy quitado de la pena. Se dio cuenta que nos habíamos bajado y en cuanto pudo se bajó también. Pidió dinero para completar el camión y tomó el ruta 17, rumbo a casa.
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