En los últimos años me había convertido en un sedentario.

Acostumbrado a trabajar en casa, sentado ante el escritorio y frente a un teclado, mis actividades del día se reducían a prepararme café, salir a la tienda, dar unos pasos para salir a la banqueta y tomar el coche.

Haciendo gran acopio de determinación, para ponerle movilidad a mis días, adquirí una bicicleta. Ah, santo remedio para combatir la pereza.

Los médicos lo señalan siempre: la inactividad te acorta la vida. Te vas de este mundo antes si no te mueves. Sirve mucho andar caminando, aunque sea, alrededor del parque de la colonia. Sé muy bien que millones mueren por inactividad: se acumula la grasa, se pierde el tono muscular, se tapan las venas, ocurren infartos, síncopes, teleles.

Aunque fui deportista de chavo, nunca fui atleta dedicado. Me daba una flojera infinita cuando, en la adolescencia, montones de compañeros iban al gimnasio a hacer fierro, como le decían a esa rutina para levantar pesas y moldear el cuerpo. La única actividad física que me gustó, a lo largo de la vida, fue jugar futbol. He disfrutado enormidades patear una pelota. Pero ahora que ya pasé de los 50, ya no me da la condición física para jugar en cancha grande, ni siquiera para el fut siete. Muy de vez en cuando los cuates arman alguna cascarita y me agrego, pero solo para tocar la pelota unos minutos.

Los beneficios de andar en bicicleta

Ya mejor le doy a las pedaleadas.

La delicia de andar en bicicleta es que puedes moverte por todos lados y, si bien las piernas se te fatigan, no te bofeas.

No me gusta trotar. Me doy cuenta ahora que me fastidia ahogarme en el esfuerzo de las medias distancias. Los pulmones se me incendian después del primer kilómetro de carrera. Hace unos 20 años participé en la única competencia de media distancia de mi vida, un 5K en la UDEM. Me preparé desde un mes antes, trotando en el parque de la colonia la distancia requerida, aunque claro, hacía el recorrido con pasito jonronero, suave y lento.

Llegué a la prueba en la Universidad, pero solo para darme cuenta de que era una especie de campo traviesa, Había que subir una pendiente empinada de monte, lo cual duplicó enormidades el esfuerzo. Terminé impulsado únicamente por la voluntad, cuando las piernas se me habían acabado. Pero cumplí la meta.

Nada de eso pasa en la bicicleta, que te lleva ligera en medio de deleites como gozar el viento en la cara o evitar lo congestionamientos viales, como cuando vas en automóvil.

Recuerdo que cuando compré mi Schwinn, en la estrenada luego de recorrer algunas calles, me bajé tambaleándome, porque tenía años sin andar en dos ruedas. Pero después todo fue felicidad. Ahora recuerdo que, de niño, andar en bici era fantástico, porque con un mínimo esfuerzo podía llegar a cualquier lado, en un par de patadas.

En época de la prepa adquirí una de carreras, y en ella me iba desde Guadalupe al Centro de Monterrey, por Constitución, cuando no había tantos coches, como ahora. Y recuerdo que, para ello, me compré mi toca-casetes, con audífonos de esponja, que hacían la experiencia del paseo completa.

La magia de los cambios

Mi Schwinn es innecesariamente compleja. Tiene tres paltos adelante, y un piñón de seis estrellas, atrás. Tardé ajustarlos. Al principio creía que colocándolas en las posiciones más anchas avanzaría más rápido. No. Esa es una forma segura de gastar energía, pues esa posición es para la distancias largas.

Mi amigo Jair, que sabe de bicis, me explicó que en la parte anterior hay que colocar la cadena en el plato medio, y en la posterior, entre las posiciones cinco y tres. Más o menos en medio, es donde debe ir colocada la cadena.

Desde que me muevo en la bírula, me siento más ligero en mis andanzas cotidianas. Me duelen un poco muslos y chamorros, como constancia de que el esfuerzo hace efecto, pero siento que se me ha bajado algo la panza sedentaria. Por lo menos, ya no jadeo al hacer movimientos de carga, como antes, cuando se me iba el aliento al cambia de lugar los muebles de la casa.

La semana pasada tuve una prueba de fuego. Me quedé sin coche y tuve que llevar a mi hija a la escuela en la bicicleta. Afortunadamente, ya había colocado una parrilla y diablitos en la llanta de atrás, para pasearla. Y así dábamos la vuelta a la placita de la cuadra, o en el Parque Fundidora y todo era dicha. Pero andar en un trayecto de un kilómetro, cuando todavía no amanece, ya es otro asunto. Y más con un plano falso, como se le llama a esas superficies pavimentadas que parecen parejas pero que tienen una leve inclinación que, para el ciclista, es de muerte.

Al principio, como no había tenido la asesoría de Jair, le puse la velocidad en las estrellas grandes y el esfuerzo fue tremendo para llevarla. Y la mochila de mija parece que lleva piedras, porque sentía que llevaba doble carga.

Con mucha fuerza de voluntad, para mantener intacto el orgullo, completé la ruta de un tirón. Y como a las 6:45 de la mañana aún oscurece, me llevé, por precaución para hacerme visible a los coches, mi chaleco fosforescente verde.

Cuando recuperé el auto, la llanta delantera de la rila se me ponchó. La desmonté y la llevé a reparar. Para ponerla de nuevo tuve que retirar el freno de goma. Cuando volví a las andadas, la pedaleada estaba dura. Sentí que no había colocado bien la llanta, o que los frenos estaban mal calibrados. Circulé un par de días con dificultades, hasta que le eché un vistazo minucioso al problema.

Y encontré la falla. Puse bien la llanta parchada, pero fallé en la colocación de los frenos. Las gomas de cada lado, las que friccionan el rin, tienen una curvatura hacia abajo, para ajustarse al giro de la rueda. Cuando volví a ajustar el sistema de desaceleración, inadvertidamente atornillé una goma en sentido contrario, hacia arriba, lo que hacía que, al rozar el rin, impidiera el giro libre. La intervención fue exitosa. Regándola se aprende, me dijeron hace muchos años.

Luego, siguiendo los consejos de mi gurú, ajusté las velocidades. Y ya con los frenos bien puestos y la cadena en su necesaria medianía, la andada se hizo más liviana.

Hace poco, por imprevisto, tuve que llevar a mi hija a la secundaria otra vez en la bici. La noté inusualmente seria. Me pidió que nos bajáramos una cuadra antes de llegar. Le pregunté por qué. Me explicó que le daba oso que la vieran con su papá, que llevaba un chaleco fosforescente vistoso, como de chavorruco. Con el orgullo herido, solo un poquitín, me lo guardé. Al regresar a casa y verme en el espejo, tuve que reconocer, con dolor, que me veía cómico.

No he vuelto a llevar a la niña. Pero para la próxima, ya habré adquirido luces delanteras y traseras, como mandan los cánones de seguridad. El chaleco lo usaré cuando vaya solo.

Hasta en comedias familiares, se involucra la bicicleta.