Esto que narraré a continuación es una historia que me contó un amigo al que llamaré Periquín. Es una figura más o menos conocida de los medios de Monterrey, y me pidió que su identidad quedara en reserva. Le da pena que la gente que lo ve en las pantallas se entere de lo que le ocurrió unas tres décadas atrás.

Intentaré describir el incidente como me lo contó. Imaginé el episodio a la perfección, porque conozco el escenario donde ocurrió y las personas que estuvieron involucradas.

La habitación

Coti ni siquiera tocó la puerta de la habitación. Simplemente se asomó, suponiendo que su hermano Periquín seguiría dormido. Los escuchó llegar en horas de la madrugada, seguramente con tragos encima. Posiblemente estaría acompañado de alguno de sus amigotes habituales en las borracheras acostumbradas de los viernes después de salir del canal de TV donde iniciaban su trabajo como periodistas.

Los cuatachos que llevaba a la casa, todos conocidos, todos buenos chicos, eran como de la familia, así que no había problema si los sorprendía dormidos, como había ocurrido en ocasiones incontables, con anterioridad.

Pero lo que encontró Coti esa mañana era diferente. Mamá le había dicho que despertara a Periquín y al amigo en turno, si es que había llevado alguno, para que desayunaran unos huevos bien picosos que les había preparado para que se les bajara la cuita que habían agarrado la noche anterior, muy probablemente en alguna de las cantinas de San Nico.

No bien alcanzó Coti a asomar las narices a través de la puerta cuando se retiró de inmediato y la cerró de golpe. La mejillas le ardían, como si hubiera incurrido en algo indebido. A decir verdad, no incurrió en ninguna indiscreción. Lo único que hizo fue, como le había pedido su mamá, que le avisara a su hermano que el desayuno estaba listo. Pero no tuvo oportunidad de decirle nada, porque no había forma de que lo interrumpiera.

A tres pasos de la puerta de la habitación, estaba la cocina comedor y pudo andarla caminando, y llegaría en un segundo. Pero, por alguna razón inxplicable corrió tres pasos para avisarle a su papá don Federico, a su mamá coña Cleo y sus otras dos hermanas menores, Paty y Juani que algo muy extraño pasaba esa mañana en casa.

-¡Periquín trajo a una chava!

Lo dijo en un murmullo, mezcla de fascinación y pavor. Le gustaban a Coti las historias de romance y las transgresiones que veía en algunas películas de chicas rebeldes, que se quedaban con el novio que rechazaban los padres pudibundos. Pero también se sentía desconcertada, pues Periquín, el único hermano varón, nunca había presentado a ninguna novia formal y menos había traído a alguna chica para que se quedara a dormir en su habitación.

Cleo y Federico intercambiaron miradas, desconcertados. Se conocían tanto que, en el trato entre ellos, ya no había sorpresas. Pero el anuncio los descolocó, sacándolos de la rutina que habían llevado durante años, dentro de un ordenamiento moral irreductible. ¿Cómo era posible?

El papá se levantó de la mesa para verificar la grave alteración del orden. Abrió suavemente la puerta para verificar lo que su hija mayor había anunciado. Periquín roncaba apaciblemente y a su lado, en la cama individual, estaba un cuerpo de torso desnudo, boca abajo, y con el cabello que le caía sedoso sobre la parte alta de la espalda.

Regresó a la mesa, don Federico, con gesto de gravedad. Se dejó caer desconcertado. Su hijo de 20 años ya era un hombre y debía apaciguar los rijos juveniles si lo acometían con vigor, como seguramente había ocurrido esa noche. Muchacho loco. Pero esas no eran las formas, caramba, no así, con una chamaca de procedencia incierta y, peor aún, en la misma casa donde el muy canijo vivía con su familia de formación cristiana, romana y apostólica. Qué deplorable ejemplo para sus hermanas.

-Vámonos, arréglense rápido. Desayunamos en el mercado, mamá nos invita- dijo en voz baja don Federico, mientras se dirigía a su recámara para calzarse las botas y ponerse una camisa decente.

Las chicas hicieron lo propio sin chistar, acicalándose con prisa, y doña Cleo solo se secó las manos en el delantal antes de colgarlo.

Cuatro minutos después la familia subía al coche y se retiraba.

Don Federico pensaba en la forma en que debía regañar al junior, aunque en el fondo reía por el atrevimiento mayúsculo en el que incurría el muy descastado, que se pasaba de moderno y progresista, al traer a una mujer a dormir en su habitación de soltero.

El comedor

Dos horas después regresó Don Federico. Supuso que ya había transcurrido suficiente tiempo, como para que su hijo se hubiera desperezado, y retozado con su invitada, si es que tenía aún entusiasmos mañaneros.

Husmeó primero desde la puerta el interior de la casa y vio a través de la sala a Periquín, que estaba en la cocina. Aliviado avanzó y dio indicaciones a la familia para que ingresara. El campo estaba libre, les dijo.

Equivocación. En la mesa había dos platos y Periquín degustaba los chilaquiles que había recalentado. Se escucharon ruidos en su recámara. Obviamente aún tenía compañía, el muy bribón. Doña Cleo, empujó a las demás muchachas hacia su cuarto. Coti peló los ojos a su hermano con una sonrisa de incredulidad, que este no supo descifrar.

Algo muy extraño estaba pasando, presentía Periquín. Cejijunto, desconcertado y con la boca llena de chilaquiles miró a su papá pidiendo en silencio una explicación.

-Pero mijo, entiendo que eres joven. Yo también tuve tu edad, ¿pero en la casa…? Dónde está ese respetillo.

Periquín sintió que se le bajaba la resaca, que comenzaba a palpitarle en las sienes. Pensó en mil carajos. ¿Acaso su papá pensaba que él, en la recámara, había pasado una noche apasionada con…?

Se abrió la puerta del cuarto y de ahí emergió Rosendo, su amigo reportero de la sección policiaca, que lucía una larga cabellera sedosa, un bigotito ralo y una piochita cenicienta que lo hacía verse un mozalbete.

-¿Me quieres decir algo papá?

Periquín estaba a punto de externar molestia, o indignación, porque intuía que el viejo estaba cuestionando su hombría y sus gustos.

Hasta ese momento, don Federico hizo una nueva ecuación y dedujo lo que su hijo supuso, equivocadamente, que él había pensado.

Rosendo se aproximó lentamente. Era evidente que había tensión en la mesa.

-Cómo le va don Fede –saludó dubitativo el invitado, extendiendo la mano con precaución.

Don Federico le dio la suya y, luego, un abrazo afectuoso, reconociéndolo Había dejado de verlo durante casi un año y la última vez que fue a la casa tenía el cabello corto. Rosendo explicó que se había cambiado de domicilio y que por eso se había alejado. Como la noche anterior se desvelaron en la cantina, Periquín lo invitó a quedarse con él, como en los viejos tiempos. El viejo recordó que, igual que otros camaradas, Rosendo era uno de los convidados frecuentes, aunque al dejar de verlo lo había olvidado. No pudo evitar una risa de alivio.

Le habló a su esposa y a las chicas, que entre risas se acomodaron en la mesa y le explicaron a los muchachos la comedia de enredos que se había generado por la inspección incompleta que Coti hizo en el cuarto de su hermano.

Mientras terminaba los chilaquiles, apenado, Rosendo les anunció que a la próxima que los visitara llegaría, de nuevo, con el cabello corto.