Me preguntaron hace poco de qué trata la película Taxi Driver y no supe dar una respuesta precisa. Atiné a decir que era la historia de un tipo que conducía un auto de alquiler en Nueva York y que, en su insanidad mental, estaba más allá de cualquier ayuda. Quizás buscaba conseguir algo importante en la vida, pero al no poder obtenerlo por métodos ordinarios, había optado por la inmolación.

En esencia, el Conductor de Taxi es la historia de un perdedor que al final gana. O de un ganador que al final fracasa. La he visto millones de veces y aún le encuentro nuevos significados, sin llegar a una conclusión sobre su significado.

Estrenada en 1976, la película dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Robert De Niro como el taxista Travis Bickle es, a mi entender, una de las mejores películas hechas en la historia del cine. Completamente emocional, aborda la desesperación de un veterano de guerra que, en su insomnio, siente que la ciudad lo llama a la violencia. Y no puede escapar de ella, aunque busque métodos alternos para componer lo que ve mal hecho.

Centra su atención en Iris (Jodie Foster) una prostituta adolescente que es explotada por el chulo Sport (Harvey Keitel). Ingenuamente y con intención noble, Travis la aconseja, para alejarla de las calles. Ella piensa que es otro cliente y le propone tener intimidad, a lo que él se niega, insistiéndole que recomponga su vida.

Entre los numerosos ensayos que se hacen sobre el brillante guion, se menciona la lectura más obvia, que apunta a una anécdota autobiográfica del escritor Paul Schrader que, en realidad, quiere resolver su vida con la ficción que ha escrito. El guionista se proyecta, pues es la decadencia lo que ha conocido en sus andanzas por la ciudad y la vida disipada que lleva. Es depresivo, sin pareja estable, y se enreda en drogas, con visitas frecuentes a las salas de películas pornográficas.

Sport y Travis.

Describe al taxista es un hombre sigiloso y de apariencia tranquila, un hombre del que nadie sospecha que pueda estallar de manera tan ruidosa y desconcertante.

¿Me hablas a mí?

Schrader toma inspiración para su guion en un hecho de la vida real. En 1972, un muchacho identificado como Arthur Bremer disparó contra el gobernador de Alabama, George Wallace y lo dejó lisiado de por vida. En la ficción, Travis no sabe lo que va a hacer con su vida, pero un día decide matar a un candidato que representa, para él, toda la suciedad de la ciudad. En su psique retorcida supone que aniquilándolo conseguirá descargar el excusado, para limpiarlo de las inmundicias que contiene.

“¿Me hablas a mí?”, se dice frente al espejo el taxista. En realidad, sostiene el diálogo interior porque nadie está para escucharlo. En una sociedad egoísta, individualizada e indiferente, a nadie le importa lo que tenga que decir un modesto operador de turno nocturno.

Como ya se conoce en la cinta, luego de medio siglo de su estreno, en la parte final el taxista va al encuentro de su muerte. Pero antes, hace acopio de armas variadas que esconde en sus ropas. Además, se corta el cabello mohawk, a la usanza de los combatientes de Vietnam. Físicamente transformado, con un look agresivo, parece un hombre que ha perdido el equilibrio emocional y está dispuesto a todo.

Iris.

Va por un candidato, para matarlo en un mitin político, entre la multitud. Pero el dispositivo de seguridad se lo impide. Sorprendido, cambia de objetivo y va a rescatar a Iris. Viene entonces la lluvia que anticipa, que limpiará las calles. Pero esta lluvia es de sangre. En uno de los finales más cruentos en la historia del cine, se mete en un agujero de prostitución y se lía a tiros con hombres armados. Los abate con saña, y se convierte en un antihéroe. El sueño del psicópata se ha cumplido. Ha saciado su anhelo de justicia, al margen de la ley. Travis hace lo que cree que es lo correcto, pues busca salvar a una niña de las manos de un proxeneta.

El vigilante

Completada la obra redentora, solo le queda cerrar al círculo, consumando su propia aniquilación. Pero no lo consigue. La maldita suerte lo deja imposibilitado para arrebatarse la vida. Contra su voluntad, Travis sobrevive para convertirse en la celebridad local de una sociedad hipócrita que repudia la violencia, pero aplaude cuando se ejerce contra los indeseables. En el último momento de su cruzada salvadora, fracasa, pues no consuma el suicidio.

Al recuperarse, en una elipsis de días, se obtiene un final feliz falso, pues en realidad es triste y deprimente. ¿Qué le queda a Travis en la vida? Nada. Seguir como conductor de un coche. Ninguna perspectiva esperanzadora hay en el horizonte. La mugre de la metrópoli sigue ahí.

La última imagen de la película Taxi Driver es del taxista, que sigue alerta y se sobresalta al observar, en el espejo retrovisor, algo que lo sorprende. No se dice que llamó su atención, sólo se deja, como apunte último, que se mantiene alerta. Es probable que siga como un vigilante nocturno y que, eventualmente, vuelva a usar la pistola para continuar con su barrido de escoria.

La próxima vez quizás no tenga tanta suerte.