Cada generación tiene su entretenimiento icónico y la radio ha sido punto neurálgico en la mía. Esparcimiento popular, barato y sinestésico, pues podíamos barrer la calle, alzar la casa, lavar la ropa, comer y hasta hacer la tarea mientras nos ayudábamos con la famosa calculadora de cartón que salía en el cereal más económico y teníamos la radio de fondo en el segundo plano de nuestra existencia.
Sobre todas las cosas nos encantaba bañarnos con el radio encendido y la amenaza de electrocutarnos perseguía todos los días nuestra rebelde adolescencia que imitaba a Donna Summer, Barry White y Andrea True Connection bajo la regadera.
Nos emocionaba escuchar nuestra canción preferida, rezábamos para que el locutor no hablara si la queríamos grabar y recorríamos las calles del barrio hasta el teléfono público para pedir una complacencia; queríamos, por supuesto, que nos la dedicaran. Romántica inocencia juvenil impresa para siempre en la cinta magnética de un casete Ampex.

Cómo olvidar la dinámica del programa Pídala cantando en el que los radioescuchas tenían que mostrar su talento vocal con una estrofa de la canción que deseaban oír o esos concursos por algún boleto de un concierto en los cuales te inscribías, dejabas tu número telefónico y -entonces sin identificador de llamadas- tenías que contestar cada vez que el teléfono timbraba con la frase clave que te habían dado. Yo escucho Radio 13 y quiero ir a ver a Rod Steward le decías a la asombrada tía que buscaba a tu madre y para tu mala fortuna sabías que se tardarían horas chismeando. El etéreo boleto que nunca tuviste se diluía en el aire de tu desilusión entre aplausos sordos. Do you think I’m sexy?
A finales de los setentas, una jovencísima Verónica Castro cantaba Yo quisiera señor locutor como un homenaje para quienes se dedicaban a ese gran oficio que entonces requería un examen exhaustivo ante la SEP para tener licencia de hablar al aire. Ser locutor significaba ser culto. No cualquiera podía ponerse ante un micrófono.
En algún momento, la radio dio un giro brusco y se dio espacio a programas que en lugar de incentivar el respeto por el público se convirtieron en sitios de burla, bromas baratas, doble sentido rayano en la vulgaridad junto a palabras altisonantes que derivó en una desbandada frente al radio, sumado a la facilidad de poner casetes, cedés o USB con la música que deseamos escuchar. No ocuparé más de un párrafo en ello cuando quiero destacar un espacio etéreo, divino y primorosamente cuidado por su creador, que desde sus ondas hertzianas, nos hace volver a tener fe en la radio de Monterrey al tiempo que acompasa los latidos de nuestro corazón bajo la partitura de un recuerdo.
Presa voluntaria de un racimo de nostalgia acústica, abrevo de este manantial de anécdotas melódicas bajo los primeros acordes de Jump! -Van Halen- porque es un placer y un privilegio escuchar cada día a Carlos Garza (Monterrey, 1974) en su programa El ático que justo en este 2025 cumple 35 años; 5 veces el cabalístico 7 y que es justo como la canción de Dio: Like a rainbow in the dark para acompañarnos a vivir, émulos de Phil Collins, Another day in paradise.

Heredero y discípulo de la gran leyenda radial regia -Polo Álvarez (1942-2022)- pletórica de rock, metal y pop, Carlos nos sintoniza con ese mundo de música setentera, ochentera y noventera en inglés que pobló Monterrey y el mundo desde esas décadas hasta hoy. Junto con la música, una moda, un modo de ser y la delicada inocencia de la infancia en los objetos, conceptos, recuerdos y vivencias que una sola melodía puede provocar. Soundtrack emocional de nuestra vida, el éxtasis al gritar junto a Irene Carra What a feeling! o dejar la garganta en prenda con Breaking the law de Judas Priest.
Chirbes (España, 1949-2015) tiene razón: “…la música te captura y te ata de pies y manos con un poderío que inexplicablemente se impone con mayor autoridad con que lo harían autores que admiras. Lo que hace esta música es chascar los dedos para que aparezca en esa escena el destello que se te escapó, y eso es lo que te emociona, el trampantojo de la infancia recuperada, los seres perdidos, la herencia de la nostalgia, el deseo de corregir las cosas de la juventud.” (A ratos perdidos. Tomo 3. Anagrama. 2023).
Carlos Garza, con su satinada voz de tenor, desde el 5 de abril de 1990 nos acompaña cada mañana, de 8:00 a.m. a 11:00 a.m. en la frecuencia de Classic 106.9 mientras conducimos a nuestro trabajo en medio de automovilistas que no tienen la menor idea para qué son las luces direccionales o durante las labores propias del aseo en casa; rescata por medio de las Pláticas para el trayecto nuestro abrumado yo del presente para sintonizarlo con el yo del pasado que no tenía mayor preocupación que gozar la vida. I want to break free. Muchos de nosotros nos estacionamos para enviarle un mensaje que alimenta el acervo de anécdotas de su programa y esos bytes son el granito de arena para una clepsidra en la que nuestra memoria colectiva lanza como Gordon Summer un Message in a bottle.

Generoso, hospitalario y cool, enfundado en una camiseta negra que compró en el concierto de The Cure, uno de los primeros conciertos que cubrió en 1992, atraviesa el espacio temporal y abre la puerta de su ático; dejamos en la banqueta con total confianza nuestra bicicleta Vagabundo o la Avalancha y subimos las escaleras junto con él; sentimos nuestro peso en cada escalón de madera pisándolo fuerte con nuestros tenis blancos de triangulitoso los de botín con estrellita y entonces cierra la puerta para invitarnos a escuchar sus vinilos, rigurosamente acomodados, mientras la luz de las ventanas de la buhardilla caen sobre nosotros. En las paredes hay posters del Karate Kid, Rocky, Laura Branigan y Annie Lenox comprados en el centro comercial subterráneo de la Macroplaza.
Un fanÁtico se entretiene poniéndole la nueva cuerda a su yo-yo Duncan. En la televisión -modernísima- a colores, se reproducen los videos que nuestro amigo ha grabado de MTV en su Betamax. Todos esperamos que llegue el viernes para ir al Videoclub Pegaso, rentar Rebelde sin causa, Star Wars o el ET y volver a ver emocionados la escena final. Carlos nos habla de un aparato extraordinario que nos va a permitir llevar nuestra música a todos lados; creo haber escuchado que se llama walkman. En un rincón del Ático está el Atari y las horas que pasamos en las chispas dándole de comer a Pac Man mientras nuestra familia esperaba que llegáramos con las tortillas al volver de la secundaria.

Nos iremos a casa al ritmo de Summer nights caminando con pasos de John Travolta en cuanto el barrio comience a oler a huevo con chorizo, tortillas de harina y frijoles refritos. Alguien comenta que está a punto de comenzar Los años maravillosos, justo después de Alf.

Los jueves toca ver El renegado. Una fanÁtica silba For the very first time de Robin Beck cuando se despide de la chica que le gusta. El viernes, al salir de clase, sentiremos la adrenalina de Smoke on the water con Deep Purple en nuestra piel.
En cada canción, una historia, en cada historia una vida, y en cada vida, la trascendencia. Ese robo descarado que le hacemos al pasado para girar como peonzas en nuestro presente; alguien rasga en una Fender los primeros acordes de Sweet child of mine con una púa de aluminio como la de Steve Vaiy comenzamos a cantar con felicidad genuina hasta que recordamos que el concierto de Guns n’ Roses fue en abril de 1993 y tomamos conciencia de que el tiempo ha pasado.
Carlos nos ha permitido el súper poder de detener a Cronos y suspendernos en una burbuja cómplice. Conocedor e informado, nos cuenta los pormenores detrás de un concierto, una canción o un protagonista de la música; así supimos el origen de Linger que le dio un nuevo aire a The Cranberries. Cada día algo nuevo para compartir que acciona un pinball de semiótica lírica donde también se hacen patentes las ausencias.
En los programas de remembranzas con frecuencia escuchamos gente que ha trascendido a otro plano y que ha dejado su voz como exquisita heredad. Quizá ya hay más voces entrañables allá que acá. Hasta donde estén, ¡Gracias por ser parte del Ático! Carlos hace un homenaje para cada uno de ellos en su cumpleaños o aniversario luctuoso: Dolores O’Riordan, Freddy Mercury, Laura Branigan, Ritchie Valens, George Michael, Amy Whinehouse, Whitney Houston, Michael Jackson, entre tantos.

35 años de un programa radial. 35 años de The immaculate collection de Madonna. 35 años de construir cultura pop, significados que van más allá del suceso musical y se convierten en testigos del tiempo y del contexto social y político. La música extiende sus raíces a través del sustrato existencial.
En El Ático el tiempo queda prendido de alfileres en la alforja del pasado bajo la convocatoria de los recuerdos, de las anécdotas, de los objetos que marcaron nuestra vida.
Su comunidad es altamente participativa y gracias a la tecnología su programa se escucha en distintas latitudes.
No hay llamadas, pero hay mensajes de WhatsApp que nuestro locutor lee con emotividad compartiéndolos con sus radioescuchas y aderezándolos con un dato de sí mismo. Toda historia es de alguna manera nuestra historia. You here with me, it’s like a dream! El conocimiento, la información, sufre la fascinante magia de ser multiplicado cuando se comparte.
Su comunidad es también altamente ingeniosa. Para celebrar estos 35 años han creado el hashtag con el juego de palabras #soyFanÁtico para identificarnos en este jubileo que inició desde el 5 de abril de 1990. Se ven las cosas desde un lugar distinto enriqueciéndose con ópticas diferentes que forman un caleidoscopio que se convierte en oráculo para el futuro.
El programa de El Ático es testigo de los acontecimientos esenciales de la vida diaria mundial; hace pocos días la transmisión fue interrumpida porque en el Vaticano había salido humo blanco: había un nuevo Papa.
El timing fue perfecto: después de la noticia la programación continuó y escuchamos a REM con Losing my religion y Carlos, enciclopédico, nos regaló una clase de historia acerca del origen del nombre de la banda y recalcó la importancia de los Cónclaves que hemos presenciado.

Entre las noticias de la propia comunidad, dadas las variadas temáticas que se comparten, hay algunas entrañables, es imposible resaltarlas todas, pero de muestra basta un botón: el que se casó con la Marcha imperial de Star Wars, el que se le declaró a su chica con You’re the one that I want o quien recibió la noticia de la muerte de su padre mientras en la radio sonaba I don’t wanna talk about it y el emocionado padre que anunció que se convertiría en abuelo dedicándole a su nieto nonato The flame.
35 años desde que aquél chamaco forever young nacido en el centro de Monterrey tuvo la valentía suficiente para grabar un demo, llevárselo a Adrián Peña y así conseguir su primera y afortunada gran oportunidad compartiendo su pasión. Sweet dreams are made of these…

Me gusta pensar que a Carlos sus seres cercanos le conminaron a que creyera en sí mismo y en su sueño; gracias a ello se animó a enviar ese demo que le mereció una oportunidad que ha sabido aquilatar, nutrir y compartir desde entonces. ¡Felicidades, Carlos!, por tu espléndida trayectoria profesional, pero sobre todo por ser el gran ser humano que extiende los brazos de su sabiduría musical y bajo esa sombra de Joshua Tree nos cobija a todos en este desierto de significados. Al igual que Journey, por favor Don’t stop believing!!! ¡Y que vengan muchos, muchos, muchos años más! Que las frecuencias radiales de la emotividad continúen en el dial de nuestra vida On the radio. Gracias por tu trabajo diario que permite que la tradición radial de Monterrey siga vigente. #soyFanÁtico
Nuestra comunidad