No sé exactamente cómo se escribe la onomatopeya que aduce al sonido de la escoba en su irrefrenable romance con el asfalto. Al evocarla, en mi memoria suena a fraz, fraz, fraz, así, en grupos de tres y seguida de la delicada tesitura que era la voz de mi madre. Por las mañanas, a través de las rendijas del tejabán me despertaban esos dos sonidos: la escoba, la voz de mamá y junto a ellos aparecía el inconfundible olor -podría decir aroma- de la tierra mojada, puesto que mamá, antes de barrer, esparcía sobre la acera el agua que había quedado en sus baños el día anterior después de enjuagar la ropa y así evitaba que se levantara la polvareda.
Esa rendija del tejabán era la gran pantalla para ver a hurtadillas la película de su existencia. La videocasetera de la memoria me permite rebobinar ese momento y vuelvo a verla tan joven, tan bella. Salir a barrer la calle era un suceso. Quizá era su momento más importante del día. ¿De dónde sacaba ganas y fuerzas después de preparar desayuno y lonche para once personas? Manuela se transformaba en una mujer coqueta, peinadísima, falda y blusa combinadas, pizpireta, fuerte, pícara y directa. Llena de arengas, conminaba a los vecinos a que se fueran al trabajo ¡Ándale, Lía, que ya se te hizo tarde! Los lugares comunes y refranes tomaban nueva calidez en su aliento A ese señor Pedraza le falta un veinte pa’l peso; no’stá bueno. Reía a las carcajadas recargada en su escoba mientras el asfalto absorbía el agua derramada. Intercambiaba chismes, recetas, daba consejos, regañaba. ¡El lunes ibas de orquídea y el viernes hasta pareces rastrojo!

En la esquina de la casa había una pata de vaca que era el sitio favorito para que el Tíber marcara su territorio y dejara una gran ofrenda proveniente de su digestión de gran danés cada mañana; en el centro de la banqueta está aún plantada una reseda que constantemente esparcía una alfombra de hojas que emulaba la forma de su sombra. Había trabajo para todos los días. Las heces del Tíber se cubrían de cal y después se recogían con periódico. ¿Recogedor? No, impensable, carísimo. Lo que tenía mi mamá era un bote rectangular de manteca Lirio, cortado en diagonal y clavado a un palo de escoba, que escasamente podía levantar la tierra y algunas hojas.
Algunas veces me atrevía, salía y la acompañaba, pero casi siempre, con sólo una mirada, me enviaba de regreso al interior de la casa. Eran sus chismes y sus historias, sus amigas, sus muchachas. Por lo general hablaban cosas de adultos que estaban lejos de mi interés. ¿A quién le importaba el costo del tomate cuando habían separado a Heidi de su abuelo? Me acuerdo especialmente de la hermana Lara y su comentario: Yo no ceno, Güera, sólo una quesadilla, un huevito, frijolitos, café y pan. Mis hermanos y yo teníamos que aguantar la carcajada y pobres de nosotros si se nos ocurriese imitarla. Un respeto, decía mamá, mientras volteaba hacia la pared para esconder su risa.

No recuerdo por qué, pero una vez me puso a barrer la calle del vecino. Me sentí muy feliz de hacer algo junto a ella y recibir sus instrucciones. Primero rocías el agua, para que no se levante la tierra, si te cae en los ojos no te rasques, puedes agarrar una infección. La escoba está sucia y quién sabe qué hay en la calle.
Levantaba el bote de café de Córdoba por encima de los hombros y en un tiro que envidiaría Arturo González lanzaba una curva veloz que a su paso arrancaba el olor del petricor. Ya que termines de “aguar” coges la escoba. ¿Ves? Está inclinada para acá, eso quiere decir que le tienes que dar para allá. ¿Ves? Al contrario. Pero, mamá, es más fácil al otro lado. Sí, pero se va a enchuecar. Equilíbrála, equilíbrála –decía, acentuando en dos vocales una palabra que en español sólo admite ser esdrújula.
Hay que empezar de la casa hacia la calle, despacio y de las orillas al centro. No vayas a salpicar a los que pasen. Ok. A luego te bajas a la calle, e igual lo mesmo, de los extremos al centro. Y ya me hablas para recoger la basura. Si ves algo grande, como ese papel, diunavis recógelo con las manos, te va a dar mucha lata. Al terminar la faena había que lavar la escoba.
Empecé a barrer la banqueta de don Víctor y después algunos vecinos me “contrataban”. Ganaba veinte centavos por cada una. Quisiera acordarme de lo que pensaba en esos momentos sintiéndome millonaria y hacer de este artículo una metaficción y decir que me soñaba escribiendo a los 51 años y recordando el barrer la calle con un ejército de barredores, pero no: la verdad es que barrer era muy relajante, mi mente se ponía en blanco, enfocándome exclusivamente en limpiar cada una de las banquetas. Además, era un excelente ejercicio. No hay un sólo músculo del cuerpo que permanezca inmóvil mientras barres.

Barrí la calle de don Víctor por mucho tiempo. Crecí. Conservo, casqueado, el trompo que me regaló ese hombre tan adusto del que nadie esperaba un detalle y la terrible sospecha de una mala intención detrás de ese regalo condujo a la terminación de mi contrato. Dejé de barrer las calles de los vecinos después de este incidente casi a la par de escuchar por la rendija que una vecina le preguntaba a mamá si yo ya era “señorita” después de una mancha roja terrible en mis shores blancos. Mamá expuso mi intimidad; me sentí traicionada, exhibida y para más inri, sin mi fuente de ingresos.
Me fascinaba ver las barredoras mecánicas después de un desfile. Podría decir que más que ir al desfile, yo quería ir a ver la barredora en acción. Luego volvía a casa y me perdía en la enciclopedia Monitor que decía que desde Mesopotamia había indicios de escobas. La civilización busca la forma de mantener limpio su entorno. En Roma ya tenían un sistema de limpieza más organizado, especialmente por los sitios donde pasaría el Emperador. Los monjes budistas barren constantemente los monasterios, concentrados en sus movimientos, sin juicios, en pleno Mindfulness; ejercen el simbolismo de barrer la suciedad del alma y la mente.

En Monterrey, a principios de los años noventa los políticos tomaron mi genial idea y dispusieron un ejército de mujeres para barrer las calles. Su uniforme era naranja y el ingenio popular las bautizó como zanahorias. Aún continúan. El 8 de agosto se celebra el día del barrendero. Cada trabajador recorre seis kilómetros en su jornada y recolectan aproximadamente 18 toneladas diarias, de las cuales ocho se generan sólo en el primer cuadro de la ciudad.

En Madrid hay una estatua del barrendero en la plaza Jacinto Benavente; por supuesto que no resistí la tentación de tomarle una foto con la bufanda del Real Madrid.
Casi ya no veo vecinas que barran su calle. Yo misma, dejé de barrer la calle por muchos años. El tráfago de la vida me ha devorado y ahora no es una actividad primordial. Sí, de cuando en cuando en la construcción tomo una escoba para hacer limpieza y es imprescindible para marcar las rayas en los firmes y banquetas para volverlas antiderrapantes.
Precisamente en la construcción que ahora dirijo la semana pasada se llevaron el escombro proveniente de la demolición. La banqueta quedó llena de polvo. Enfrascada entre tantos pendientes -entre ellos este artículo- de pronto me dio aprehensión porque el lugar de trabajo se viera limpio. La memoria sensorial es impresionante. No había vuelto a pensar en todas las cosas que ahora he escrito hasta que llené los botes de agua y busqué otro pequeño para esparcirla. La voz de mi madre me acompañó al barrer. Fraz. Fraz. Fraz. Escuchaba en mi mente la melodía de la escoba, olía el petricor y poco a poco volvió a mí la tranquilidad. El cansancio físico me relajó. Altamente recomendable.
Barrer la calle, barrer el alma. Limpiar, desechar lo que no sirve. Despejar de toxinas nuestro espacio vital, el escenario de nuestra vida. Recuperar ese arte legendario. Poco a poco mejorar el entorno. Y recordar el slogan de las zanahorias barredoras Una ciudad limpia no es donde más se barre, sino donde menos se tira basura.
Es una belleza leer este artículo, me trasportó a la casa de Manuela a ver, escuchar y sentir lo que ella y la escritora estaban viviendo. Gracias Lorena por compartir este maravilloso relato.
Estimada Lizbeth, gracias por leer y comentar. Qué gusto que hayas disfrutado la escritura de Lorena Sanmillán. Coincidimos: una belleza. A nosotros también nos encanta.