Como reportero de espectáculos, fui a ver el show de Juan Gabriel en el Palenque de la Expo de Guadalupe. Invité a mi amigo Gonzo, para que me acompañara al evento. Le colgué la cámara y lo hice pasar por mi fotógrafo. Cuando entramos por la puerta trasera del coso, poco antes de la media noche, nos dijeron que el divo no daría entrevistas, así que únicamente podría hacer crónica del evento. Faltaba menos de una hora y, como es costumbre, antes de la presentación hubo peleas de gallos.

Guardé la cámara en el maletín, tomamos asiento entre el graderío y esperamos a que saliera la estrella de la música pop, para hacer mi crónica. Mientras, vimos las peleas. Me resultaba fascinante ver cómo los gallos provocan tantas emociones en los espectadores interesados. Gonzo, que siempre ha sido ludópata, me dijo que entendía a los galleros apasionados y las apuestas que cruzaban entre ellos. Hay una emoción especial en la apuesta, como un calorcito muy sabroso mientras se espera el resultado, explicó. “Apostar te da un masajito al corazón”, me dijo convencido.

Apuestas

Donde nos sentamos, en la parte alta del graderío, quedamos acomodados al lado de un hombre solo que tomaba cerveza. Parecía un ranchero genuino. Tendríamos unos veinte años y él nos doblegaba la edad. Lucía un sombrero claro, con una camisa de seda azul marino, de estampados extravagantes de cadenas y candados dorados, que cubría con un chaleco de gamuza cruda. El pantalón era de mezclilla negra y brillaban sus botas color beige. Lo que más me llamaba la atención era el bigotito delgado, perfectamente recortado. Nos llegaba con fuerza su fragancia cara.

El anunciador hizo las presentaciones de la siguiente pelea de gallos y los pollos fueron soltados. Se desató la escandalera. El Ranchero se puso de pie y comenzó a gritar, alentando al contendiente por el que, seguramente, había apostado. Como es lo habitual, el agarrón entre las aves fue breve y cruento. Las navajas que les amarraban eran letales. El gallo perdedor poco a poco fue menguando y el ganador se le subió, dejando un escandaloso rastro de sangre.

El Ranchero hizo un gesto triunfal, apretando los puños, y gritando palabrotas de victoria. De abajo algunas personas le silbaron y él los encaró. Les regresó gritos, los retaba a que subieran si tenían pantalones, les afrentaba a sus madres. Arrojándoles el puño, les decía que les faltaba hombría, que eran unos eunucos, y demás palabrejas que usaba con entonación soez.

Cuando se sentó, dejó descubierta una pistola escuadra negra pegada en la cadera. Alcanzamos a ver que tenía cachas blancas, con incrustaciones doradas. Descuidadamente se ajustó el chaleco y se la cubrió de nuevo. Nosotros intercambiamos miradas, tomando nota de la situación. La sola cercanía del tipo nos puso nerviosos.

Hubo otra pelea y esta vez el gallo del ranchero perdió. Comenzó a echar maldiciones, que eran respondidas con silbatinas desde abajo. Él sacaba el pecho retador y se ponía la mano en la entrepierna. Agitando el puño, hacía señas a algunos, sobre la pelvis dándoles a entender que no eran rivales para él.

Sudoroso se sentó, esta vez procurando que la escuadra no se le destapara. Recuerdo muy bien que el hombre volteó hacia nosotros, divertido. Era evidente que le gustaba el ambiente que se generaba en las peleas de gallos, en las que él participaba como provocador. Gozaba enredarse en discusiones con el público, pensé. Después de dar un trago a su cerveza, ya sereno, sonrió a Gonzo, con un cabeceo. Mi amigo, amistoso, también le sonrió, cabeceando de vuelta, para dar a entender que había capotado su gesto de saludo.

Última pelea

El anunciador dijo que era la última pelea de la noche. Dijo que la lidia de daba entre gallos malayos. Hizo las presentaciones, se cerraron las puertas del redondel y empezó la contienda. No duró mucho. El Ranchero apenas tuvo tiempo para ponerse de pie y echar algunos gritos, para alentar a su animal. El colorado se impuso rápidamente al pinto. Manoteo enfadado, echando pestes, arremetiendo contra el pobre gallito que había muerto en el combate. Esta vez no respondió a las rechiflas. Con un suspiro de resignación sacó su cartera gorda, repleta de dinero, con muchos dólares. Extrajo unos cuantos billetes de quinientos pesos y se los extendió a Gonzo.

“Cinco mil, amigo, bien ganado”, dijo con tono honorable. Gonzo lo miró a los ojos con algo de temor y desconcierto. Extendiendo la mano temblorosa para aceptar el dinero. Yo contuve el aliento, pensando que el hombre sacaría en cualquier momento la pistola para llenarnos de plomo, por impostores.

Nada de eso ocurrió. Simplemente se encaminó a la barandilla y comenzó a descender por la escalera. Lo vimos bajar, y retirarse del redondel, detrás del graderío.

Al analizar lo ocurrido, Gonzo concluyó que cuando intercambiaron miradas y saludos, al mover él la cabeza afirmativamente, se enganchó en una apuesta con el ranchero. Y aunque sólo él supo que había ahí un compromiso, quién sabe qué hubiera pasado si mi amigo hubiera perdido. Quisimos reír del incidente insólito, pero no pudimos. El pasaje nos dejó bastante nerviosos.

Pero eso no impidió que disfrutáramos el concierto de Juanga, la única vez que lo vi en vivo. Hacía apuntes para mi reseña, pero también bebíamos mucha cerveza y comíamos tacos al pastor a precio de oro.

Con todo y el susto, vivimos una velada inolvidable, gracias al ranchero de las apuestas.