En el siglo XX, el maltrato a estudiantes fue promovido como una forma válida de disciplinamiento y formación. Aquí una de estas historias.

En aquellos años de chaval, acostumbraba llevar el cabello largo del copete. Con partido por un lado, la greña se me alaciaba y me caía indócil sobre la frente y las cejas, y me tapaba la vista. Permanentemente me lo quitaba con la mano, como un tic, echándomelo detrás de la oreja, pero los pelos se entercaban en desordenarse.

Una tarde de secundaria, tuve que pagar un precio muy caro por llevar el aspecto de hippie infantil. En el descanso, mientras caminaba por el patio, la Directora me llamó y me metió en la Dirección, donde ya había otros cuatro chicos sentados. No diré el nombre de la señora. Muchos compañeros de aquel tiempo, con los que aún mantengo contacto y amistad, me dan buenos recuerdos de ella. Yo no puedo dar ninguna nota favorable, pues la imagen que tengo de la señora es atroz.

La Directora nos pasó a su despacho, de alto ventanal, que comunicaba directamente con la parte trasera del patio de la Secundaria. No sé cómo se enteraron afuera, pero de pronto había decenas de muchachos y muchachas que estaban pegados al vidrio para ver una masacre.

Todos teníamos el cabello largo. Uno por uno, la Directora nos cogió de los pelos y con las mismas tijeras que usaba para cortar las hojas de máquina nos trasquiló.

La visión que tengo del hecho no es mía, pues no había espejos. Lo que recuerdo es lo que vi en los acompañantes. La Directora los sujetaba fuertemente de la mata crecida y cortaba como si pelara ovejas. Extrañamente el compañero que me veía, mientras era pasado por la guillotina, reía. Le parecía divertido lo que pasaba. La Directora también se divertía, como si hiciera una gracia.

En la serie de libros El Diario de Greg, que lee mi hija Elo, una de las primeras lecciones que aprende de la vida el chico de la historieta, es: “Cuando eres niño no tienes control de nada”. Cuánta razón tiene Greg.

Maltrato a estudiantes e impunidad

Hace cuarenta años, la impunidad estaba garantizada para los profesores que maltrataban a los niños. Se hacía efectiva aquella frase de que la letra con sangre entra. Aún recuerdo con escalofríos cuando en la primaria las mamás de mis compañeritos le decían a la profesora: “Péguele, yo le doy permiso. No entiende. Si se porta mal suénele, a ver si aprende”.

Era un escándalo lo que hacía, aquella tarde, nuestra máxima autoridad de la escuela. Actualmente la meterían a la cárcel, pero en ese tiempo estábamos muy lejos todavía de alcanzar derechos básicos y efectivos para las niñeces, como dicen los progres.

Cuando fui sentado en el solio de los tormentos, mis compañeros ya estaban acomodados en sillas, cumplido el suplicio, y parecían deformes, como si un burro les hubiera arrancado la melena a mordidas. Ahora recuerdo que cuando sentí que las tijeras crujían, como un trueno en mi oreja, yo también reía. Eran puros nervios.

Creo que, de no haber reído, habría derramado algunas lágrimas, mientras me veían muchos desde la ventana riéndose, asombrados y aliviados de no ser ellos. No era miedo, ni tristeza, era desconcierto, porque no entendía qué pasaba.

Antes de empezar, la Directora nos dijo que nos podaba por indisciplinados, pues era obligatorio llevar el cabello corto. Pero no comprendía por qué era ella la que nos sometían a ese procedimiento. Ahora veo que había un impulso sádico, de sometimiento y humillación. Si bien la señora era estricta, y se imponía, parecía justa. Tal vez guardaba bien ese regusto para causar dolor, un impulso que saciaba con nosotros.

El evento fue traumático, por supuesto. La rapada solo le pasaba a los jóvenes revoltosos. Se sabía que los chavos de preparatoria detenidos por secuestrar camiones, eran rasurados en la crujía, como reproche por su deficiente civismo. Algunos hasta se sentían orgullosos por andar pelones, como si el abuso policial fuera un bautizo de fuego que certificaba su admirable rebeldía.

En cambio, no había gloria en mi trasquilada. Fue solamente un procedimiento mezquino, que nos hizo pasar un rato de inolvidable desasosiego y vergüenza.

De regreso a casa, mamá aceptó la explicación del castigo. No hubo reclamos hacia mí, ni a la Directora. Ella, que había estudiado Belleza en su juventud, me sentó en el patio y, esta vez con orden y estilo, me arregló el desastre que me llevaba en el coco. No se me ocurrió que debió haberse comunicado a la Comisión Estatal de los Derechos Humanos, para quejarse del abuso. No había eso. Por el contrario, era socialmente aceptado que los profesores se impusieran con agresividad, con violencia, incluso, a los estudiantes transgresores.

Me alivia pensar que, de alguna forma, lo que me hicieron a mí en la Secu contribuyó a visibilizar lo que ahora se ve como ejercicios indebidos de la autoridad. Fue como si me hubieran tocado las balas que no le dieron a otros, que sobrevivieron.

Ya murió la Directora, me dicen. Espero que con el paso de los años se diera cuenta que lo que nos hizo fue incorrecto. Nunca esperé una disculpa, pero espero, de corazón, que se haya arrepentido.