Don Enrique curaba las lesiones con sobadas. Era el sobandero del Centro de Guadalupe. Cada barrio tiene uno, y el de nosotros vivía en la calle Hidalgo, enfrente del molino de los Magallanes.

Sigiloso y de modos lentos, se comunicaba con murmullos. Tenía una piel morena, indígena, que contrastaba con su cabellera de cepillo perfectamente blanca. Cuando lo conocí tendría unos 60 años.

Parecía personaje de Borges. Se apoyaba en un bastón de madera barnizada, y permanentemente usaba, como uniforme de trabajo, una camiseta blanca de tirantes, de esas que van debajo de la camisa de vestir.

Caminaba despacito, arrastrando las alpargatas, con las piernas debilitadas por la reuma, según pensaba en aquellos años. Como Funes el Memorioso, vivía en el traspatio de la casa de la de la Madrina Josefina, la señora que ponía las inyecciones.

Familia: don Enrique, doña Josefina, don Pilar y doña Ramona.

Para acceder a don Enrique había que pasar por un pasillo, que conducía a su casa en penumbras. A la entrada, bajo un fresco cobertizo, rodeado de macetas había varias sillas que le servían como consultorio al que acudían únicamente los vecinos cercanos, que conocían el prodigio de sus manos.

Dolorosa lesión

Tendría unos 10 años y era un futbolista muy activo. Recuerdo que una mañana de sábado, mientras jugaba, despejé un balón con mucha fuerza con la derecha y sentí un piquete en la ingle. Supuse que, como no había calentado bien, porque nos presentamos apenas un par de minutos antes del partido, andaba frío y la punzada fue causada por algún tironcito de esos que dan seguido. Nada grave, decidí, pues de chavo uno cree que tiene extremidades de concreto y que las lesiones siempre le ocurren a alguien más. Seguí jugando y cada vez que le pegaba a la pelota me dolía más y más. Terminó el partido y me serené. Como andaba caliente, no sentí nada.

Me desperté al día siguiente con una bola tremenda en la ingle, como una pelota de tenis bajo la piel. Todo ese domingo anduve rengueando. Mamá me decía que debía moverme para desengarrotarme.

El lunes amanecí igual y no fui a la escuela. Era momento de que interviniera don Enrique, el quiropráctico que nunca fallaba y ante él me llevó mi madre. Lo encontramos sentado, como siempre, tomando el fresco. Cuando escuchó la situación, los antecedentes y los síntomas, le habló a su esposa, doña Ramona y le pidió que le llevara el Iodex, esa pomada que servía para conjurar cualquier dolencia. “Ahorita lo componemos”, dijo. Con sus manos grandes y toscas, me levantó el short y en el área afectada me untó algo de esa pomada milagrosa, de color oscuro, como el aceite espeso de las transmisiones. Sobó y el ungüento oscuro se hizo invisible y el área se tornó caliente.

Ahora veo a don Enrique como heredero de una tradición antigua, de la que vienen las comadronas, hueseros, yerberos, adivinos, sanadores de sabiduría arcana que no pasaron en el aula, pero que tenían un sentido sobrenatural para arreglar las descomposturas del cuerpo y el alma. Nuestro sobador era un ex trabajador de la Fundidora de Monterrey, y tal vez descendía de algún fisiatra maya que le heredó genéticamente los conocimientos.

Enrique y Ramona.

No hay quien me diga cómo se inició el sobandero en esa ciencia empírica tan especializada. Pero no importa, porque queda la constancia de su eficiencia para erradicar dolencias.

La magia de don Enrique estaba en los pulgares. Era un genuino sobandero de México. Quién sabe cómo, pero cuando palpaba el muslo, determinaba exactamente donde estaba el mal. Creo que era donde la parte afectada evidenciaba una deformación que saltaba al tacto. “Mire, mire, aquí brinca”, señaló, mostrándole a mi madre el punto donde estaba la punzada. “Se abrió el músculo, se relajó”, fue su diagnóstico clínico.

Al principio, con cada pasada del pulgar, sentía como si hendiera en la dermis un bisturí, porque dolía horrores. Yo brincaba como si un diablillo me pinchara el muslo, pero ahogaba los gritos, con temple estoico. Poco a poco la pierna se me fue serenando, pues con la pasada del dedo gordo, como un rodillo, disminuían el malestar y el volumen de la bola.

Unos quince minutos duró el masaje balsámico, hasta que la consulta terminó.

El niño Enrique (centro).

Me pidió don Enrique, como indicaciones post operatorias, que siguiera caminando, aunque me doliera, para que se me bajara la hinchazón, y que no me quedara quieto, porque si no tardaría más en aliviarme. Mamá extrajo de su bolsa un billete de 20 pesos rojo, con la cabeza de Morelos mirándome con atención, y se lo dio como pago por la terapia de descarga muscular. El efecto analgésico fue instantáneo. Ahora pienso que un especialista, por hacer el mismo trabajo, nos hubiera cobrado una cantidad que no podríamos pagar.

Pulgares prodigiosos

Por la tarde ya me sentía mejor, los pulgares diestros de don Enrique consumaron el prodigio. Ni el señor Miyagi lo hubiera hecho mejor. Al día siguiente fui a la escuela, arrastrando un poco la pierna. Por la tarde me alivié de las dolencias, y amanecí el miércoles como nuevo. El sábado regresé a las canchas.

Enrique Mendiola Méndez murió en 1989, me dice Nena, su nieta. Como todo buen sobandero de México en el barrio, el nuestro a cada uno nos dio alivio con el Iodex de los masajes milagrosos.