Aunque recorrí la última página de tus diarios con la velocidad de un caracol lisiado, llegó un momento en que ya no había más letras tuyas; como bien dice mi sobrino Iker frente a sus papas fritas: suficientes papas fritas nunca serán suficientes papas fritas: suficientes palabras de Chirbes nunca serán suficientes palabras de Chirbes. Llegar al vacío de ti me dolió tanto o más que guardar silencio cuando he querido gritar ante una injusticia.
Después de casi dos años, he terminado de leer tus diarios -¡Qué nombre tan más poético!: A ratos perdidos (2021-2023)-, editados por Anagrama en otra de las rotundas evidencias del ojo de editor de Herralde y me siento huérfana, desolada, devastada y al mismo tiempo muy feliz de haberte leído, conocido.

No sé exactamente en qué momento decidiste que era preciso hacer públicos tus cuadernos de notas o si el hecho de pasarlos en limpio a ratos perdidos decantó el impulso de publicarlos.
En cualquier caso, es de agradecer que mi morbosa culpabilidad se diluya frente a tu intención consciente de sostener un diálogo con tus lectores y las lecciones de literatura aderezadas con anécdotas de tu niñez, juventud o madurez. Qué diferentes y nutritivas tus lecturas de La Celestina. Qué delicia ver cómo tú mismo comparabas tus puntos de vista, te corregías y agregabas. Implacable con lo que no te gustaba, tus argumentos apenas si dejaban aliento para que se defendiese el autor condenado al patíbulo o tú mismo; obsequioso y humilde ante tus ídolos: qué gran dispendio de elementos literarios y citas certeras, escogidas por ti, donde evidenciabas el porqué de tu predilección. Banfi sacó nota laudatoria con sus recomendaciones. La Gaite, como tú le decías a tu gran amiga, también. Quiero leerla sólo por lo que tú señalas. Si me atreviera e hiciera una lista de todos los libros que leíste y recomiendas, seguro tengo para leer el resto de mi vida. En una semana leías lo que yo leo en un par de meses.
He demorado tanto tiempo porque los fui saboreando, los llevaba de a poco, regresaba a leer letra a letra la descripción y sensación de las ciudades que visitabas, la historia de tus romances, las reseñas de los platillos que en algún momento probaste e incluso intenté preparar algunos gracias a las recetas de Arguiñano. Tomé un diccionario de francés para traducir -es un decir- las citas textuales de los libros que estabas leyendo y que generosamente compartías con el papel, con nosotros, así como tus películas y música; compartí el Tomo II en voz alta con un grupo de amigos, día tras día, y el tomo III fue a cuentahojas: sabía que cada que le daba vuelta a la página estaba más cerca del final. Sentí como si me despidiera de un gran amor; me vino a la mente aquel poema adolescente que le escribí a mi primera novia cuando nos separamos: cada paso me alejaba y sin embargo caminaba, y caminaba porque no podía correr. Exigente lector, sé que me tildarías de cursi. No seas tan despiadado: tenía poquito menos de 16 años y nunca lo publiqué.

Qué impacto que las 2144 páginas de tus cuadernos terminen en junio 28 -un día después de tu cumpleaños 66- y mueras en agosto 15. 48 días de vida sin saber qué escribiste o peor, sin escribir de lo mal que te sentías. ¿Qué sería de Paco? ¿Quién estuvo contigo? ¿Qué le han hecho a tu biblioteca? Un cáncer de pulmón fulminante, herencia directa de los Ducados y Gitanes, vino a ponerle final a tu existencia.
No me he atrevido jamás a subrayar algún libro, excepto quizá los de secundaria. Todos los demás permanecen como nuevos en los anaqueles de mi biblioteca. Sin embargo, tengo muchas líneas subrayadas que he hecho con post it fosforescentes que seguro te harían mucha gracia y que al paso del tiempo se han convertido en pines que llevo sobre mi disfraz de escritora:
“Serás lo que eres.
…la mente se pasa el tiempo reordenando, cambiando el propósito del libro que escribe.
La tristeza y el desánimo se encauzan en lo que uno escribe.
Si no escribes, nunca has tenido nada, viento que agita y se marcha.
A veces uno no escribe de lo que más le gusta o interesa, por culpa de una especie de parálisis reverencial.
La palabra verdadera no surge sin el dolor purificador.
En cada momento uno anota lo que le parece que da respuesta a los interrogantes que lo acucian, a lo que cree que ayuda a construir un amago de respuesta.
Las citas que uno elige son las palabras que lo electrizan porque intuye que miran desde donde él querría empezar a mirar.
Atreverte a escribir tu propia historia desde la mirada poliédrica del insecto capturado en la tela de araña de la que no consigue librarse.
Como ocurre tantas veces, el final feliz de la película es el principio de la espeluznante tragedia.
La novela agoniza por una sobredosis de inteligencia.
Yo solo soy yo en el silencio de mi casa, tan poblado, en el útero doméstico, con mis libros.
Nunca, en nada, es la primera vez.”
Gracias por tanto, Rafafá, concédeme decirte así, aunque todos tus conocidos y tú mismo te nombraban Chirbes o Rafael; gracias por tantas lecturas a tu lado, por las comidas y por esa manera tan poética y certera de hablar de las ciudades. Gracias por acompañarme en mis tardes, en mis noches, en estos días de tanto dolor y en la comprensión de tu dolor mismo; gracias por aquella tarde de lunes en que sonreíste para mí desde esa portada en el stand de Anagrama en la FILMTY invitándome a conocerte; gracias por la enorme sorpresa de saber que disfrutaste el Confessions de Madonna, la única y verdadera. Gracias por hacerme viajar en tus palabras; gracias por todas las palabras que debutaron frente a mis ojos. Gracias por antojarme conocer Valencia. Gracias por tus halagos a la escritura de Rosario Castellanos. Gracias por estar a mi lado en estos días aciagos. Siento que he perdido un amigo; celebraba tanto conversar contigo. Gracias por lo grande que has sido: gracias por dejar este vacío. Nunca, Rafafá, nunca jamás fuiste un rato perdido.
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