Hace muchos años, cuando aún era un chaval, mi hermano me regaló un coche Atlántic. Estaba destartalado, pero sus mecanismos funcionaban a la perfección, y en él tuve algunos percances afortunados con celebridades.

Recién repatriado yo, él había comprado un coche más moderno y como yo necesitaba desplazarme de regreso a las rutas laborales en Monterrey, Rony me cedió la nave azul modelo 1986, de cuatro cambios, cuatro puertas, que no tenía ni un solo componente electrónico. Precisamente por eso, por su mecanismo sin complicaciones, no tenía la fastidiosa costumbre de descomponerse a causa de chips, cerebros electrónicos, actualización de software. Sus achaques procedían del necesario cambio de aceite, afinación, alguna rótula gastada, el bendix que hay que cambiar de vez en cuando.

Tengo que agradecer mucho al Atlantic por un par de ocasiones en que me codeé con el poder.

El empresario

Antes de continuar debo hacer algunas precisiones sobre el coche en cuestión: tenía la tapicería de los respaldos rotos y como se le había diluido la esponja de los asientos, los resortes se sentían como pelados en el trasero, solo recubiertos por una fina tela que estaba a punto de rasgarse. La manija del vidrio del lado del copiloto no funcionaba así que había recurrido a la solución cliché: le dejé permanentemente unas pinzas de presión que se operaban para hacer girar el fierro estriado pelón.

Funcionaba muy bien el coche, cuadradito y bien pintado, pero para abordarlo, se necesitaba un poco de tolerancia a la incomodidad.

Debo aclarar, también, que parece una obligación del reportero traer el coche sucio. El desaseo de la nave es como una manda que debe de cumplir el comunicador, así que el habitáculo de la mía estaba repleto de envolturas de frituras, paletas, pastelillos, chicles, y botellas de agua vacías.

Lo bueno es que casi nunca transportaba a nadie, así que me la pasaba cómodo en mi hábitat privado bastante desaseado.

Una tarde de esas, acudí a casa de un amigo, para pasar por mi otro hermano, Alex, para llevarlo a su casa. Me bajé y saludé a Beto Maiz, con quien él tenía cercanía por amistad, por motivos beisboleros. A mí también me daba trato de camaradería. Siempre fue un tipo cordial Beto, que ya se adelantó en el camino. Pero tenía, como singularidad que vestía como un dandy.

Era como un gentleman de los de antes, acicalado hasta la perfección. Integrante de la familia Maiz, era un tipo solvente, aunque es obligatorio aclarar que su trato era de tú, con todos. Era un tipo acaudalado pero nada afrentoso. Manejaba una portentosa camioneta Explorer gunida.

Pues bien, luego de saludarlos, Beto me preguntó si andaba en coche y le dije que sí, pero comencé a transpirar, anticipando lo que ocurrió luego: me dijo que le diera un aventón al centro de la ciudad, porque se había quedado a pie y no iban a pasar por él hasta dentro de dos horas. Le urgía moverse en ese momento y yo era su ruta de salvación.

Acepté, por supuesto, pero le expliqué las condiciones de mi patasdehule. Se rio y me dijo que, en alguna época de su juventud, cuando empezaba a trabajar en las empresas de su papá, también tenía una garrita (fue el término que usó) para desplazarse, así que me pidió que no me apenara. En cambio, me dijo que estaría muy agradecido por el favor.

Con la pena, lo subí en el asiento trasero, muy consciente de que los resortes le estarían incomodando las napas y los muslos. Como el estado deplorable de la nave era el elefante en la sala, mi hermano hizo bromas de la manivela improvisada, de un vaso de elote bajo el asiento, de la necesidad de adquirir tapetes nuevos.

Apenado me reía, y me sirvió de alivio reconocer mis deplorables hábitos de higiene automotriz. Beto aguantó bien, sin chistar y nos fuimos en el trayecto hablando de Sultanes, del clima, de la difícil vialidad de Monterrey.

Llegó puntual a su destino, por lo que, efectivamente salvé su día, pese a las incomodidades en el trayecto. Me juré que a partir de ese momento mejoraría las condiciones del Atlantic. Por lo menos tiraría la basura al terminar cada jornada.

Seguiría la bella proclama de Globito: “Sí soy pobre, pero no cochino…”

El político

Un año después mi coche seguía igual, o peor. No solo seguía acumulando desperdicios bajo los asientos. Se había descompuesto el mecanismo de la ventana trasera izquierda, que no bajaba.

Había fallado a la conseja de Globito, pero la máquina seguía funcionando como un relojito, porque le daba mantenimiento puntual. Los únicos que subían eran mis cuates, y como todos son, mayormente, igual de puercos que yo, decíamos que entre gitanos no nos leíamos la suerte. Por encima de cualquier inconveniente, mi automóvil era básicamente funcional y eso me bastaba.

Una fría mañana soleada, acudí a una colonia privada, al poniente de Monterrey a entrevistar al ex gobernador Sócrates Rizzo García. Habíamos contactado por teléfono y llegué a su residencia, donde él me recibió personalmente en la puerta que da a la calle.

Me pasó a una sala cómoda donde me dio declaraciones sobre la reconstrucción del PRI, la política nacional en tiempos de Vicente Fox, la crisis del agua que el padeció en su mandato y que nunca terminaba en Monterrey. Fue muy agradable la charla con quien fuera mandatario nuevoleonés en el período 1991-1996. Me sirvió un delicioso café con canela que degusté mientras me evocaba su tiempo glorioso cuando ocupó el solio de la gubernatura.

-¿Te puedo pedir un favor? – me dijo inesperadamente mi anfitrión, a lo que respondí de inmediato que sí, aunque ya anticipaba lo que venía-: Sabes que mi esposa acaba de salir en la camioneta, y no tengo asistentes. ¿Podrías echarme un aventón?

-Con mucho gusto, licenciado – le dije enrojecido, lamentando haberle fallado a Globito-, pero mi coche es muy modesto.

-¿Jala? No te preocupes, si vieras en el carrito que yo tenía cuando estaba en la universidad –me dijo mientras cogía su saco de la silla

Así como Beto, Sócrates también me dio a entender que todas las personas acomodadas, alguna vez, de chavos, manejaron una garrita.

Le abrí la puerta para que tomara asiento en el lado del copiloto. Al sentarme frente al volante, me di cuenta que los resortes estaban separados de mis posaderas por una hoja de papel y que se sentían bien rudos. No me había dado cuenta, pero unos alambres me habían calado el coxis durante meses.

-No traigo aire acondicionado licenciado, como se puede dar cuenta –sentía la cara encendida de pena-. Si quiere moverle a las pinzas, para activar el clima.

Sorprendido se removió del asiento, como si buscara algo que se le perdió, hasta que detectó la pinza que accionó, para darse ventilación.

-Muy práctico- me encomió.

Y ahí iba, por la avenida Morones Prieto, hacia el oriente, pensando que llevaba en mi coche a un ex gobernador, una figura de la política que había estado en el candelero de las grillas nacionales y que, en su tiempo, se había sentado en la mesa principal de los fabricantes del poder en México.

Me hubiera gustado toparme en el trayecto a algunos cuates, algún conocido que atestiguara mi cercanía con gente importante. Tal vez en el rojo del semáforo se me hubiera emparejado algún compañero de la secundaria. De coche a coche me vería con mi acompañante y se sorprendería. Luego tal vez regaría el chisme entre los conocidos. Tal vez habría felicitaciones. Pero no me encontré con nadie familiar.

Afortunadamente, como ya he dicho, el coche funcionaba de maravilla, así que, sin sobresaltos pasamos por debajo del puente de Gonzalitos y llegamos, más adelante, al restaurante donde mi ilustre pasajero tenía su cita. Como caballero, me bajé rápidamente y le abrí la puerta. En realidad, la manija tenía maña, así que me adelanté a cualquier molestia que pudiera generar a don Sócrates la dificultad de salir del auto.

Antes de retirarse me dio un abrazo, me agradeció el raid y me pidió que le hiciera saber cuando se publicara la entrevista.

Me regresé a casa, pensando que mis papás no me iban a creer el encuentro que había tenido con el ex gobernador.

Duró algunos años más el Atlantic. Luego de comprar mi propio auto, se lo quedó mi cuñado que después, cuando él tuvo su propio coche, lo vendió debidamente.

Quién sabe donde ande el coche. Si el nuevo dueño lo mantuvo en forma, seguramente debe estar funcionando bien.

Lástima que el comprador no conociera la historia que cargaba. Merecería poner en el tablero una placa que dijera: “En este coche se pasearon fulano y zutano”.