Estaba en Prepa cuando a mis manos cayó una cabeza humana reducida, conocida como cabeza de jíbaro. Me provocaba pesadillas en la noche e inquietud en el día, pues el propósito de quienes despojaron de su testa al dueño, era someterlo espiritualmente, para evitar su venganza desde el más allá.
Eso lo leí en una enciclopedia. O sea, yo tenía en mi casa la cabeza tsantsa de un fiero guerrero amazónico caído en combate, tal vez siglos atrás. Su cuerpo fue posteriormente profanado por hechiceros para darle una forma grotesca y atemorizante, convirtiéndola en trofeo y fetiche.
Para mí no tenía significado ritual. La veía, colocada en el librero de mi habitación, mientras cerraba los ojos, antes de caer en el sueño y las pesadillas.
El guerrero
La cabeza del guerrero cayó a mis manos sin querer. Había un amigo rondando por las mañanas la Prepa 8, donde estudiaba. Era de esos muchachos que decidió seguir sin estudio y andaba por aquí y por allá buscando ocupaciones para obtener algo de plata. Le llamaré Curro.
A veces nos ofrecía bolígrafos nuevos, o tazas chinas. De pronto caía pedaleando una bicicleta de remate, o un radio walkie talkie, intercambiable por un lonche y una coca en la cafetería.
Un día me llamó aparte en el patio. De un saco de ixtle extrajo una cabeza pequeña parecida a un troll, muy de moda en los 80.
“Es una cabeza de jíbaro”, me dijo en secreto. Me contó la historia de un amigo del tianguis, dueño de una bodega con mercancía diversa, desde podadoras hasta motocicletas. El bodeguero le mostró la cabeza al Curro y se la ofreció para la venta. Si la colocaba repartirían la ganancia a mitades.
“La ando vendiendo en 500, pero si me das 100 te la quedas. Es histórica, un museo puede adquirirla en una millonada”, me tentó.
Cogí la cabeza, tan grande como el hueco de mis dos manos juntas. El cabello era pastoso, de color negro desteñido; la piel o lo que decía que era tal, se sentía suave, de un color anaranjado oscuro. La nariz diminuta apenas asomaba en el centro de la cara. Llamaba más mi atención la forma de sus párpados cerrados. Si realmente había sido una persona, parecía haber muerto resignada y triste.

La boca estaba sellada con unas costuras de hebras vegetales. Por debajo del cuello salía algodón. “Las falsificaciones tienen hilo normal”, me hizo un guiño.
Los jíbaros de Perú sometían a los combatientes enemigos a estos procedimientos rituales, me explicó. Despojaban la cabeza del cráneo y sometían el cuero cabelludo y el resto de la piel a un tratamiento de hierbas para reducir el tamaño al de una pequeña máscara, rellenada al final con piedras pequeñas o arena para darle forma.
Observé minuciosamente la piel y no pude determinar con certeza si era gamuza o tejido dérmico genuino. Se la regresé, pero él la rechazó con un gesto suave, empujando mis manos de regreso.
“Te dará suerte”, dijo El Curro. Me pidió conservarla, pues debía echar algunas vueltas ese día y no quería estropearla con el trajinar.
De noche
Llevé a casa la cabeza achicada y la coloqué en el nivel del librero, asignado para mis libros y cuadernos de la prepa. Quedaba exactamente frente a mi cama. Estaba en la bolsa de ixtle, pero sentía pena por el pobre aborigen. Tal vez se sintiera sofocado, o le diera sed. Apiadado, la coloqué a un lado de mis libros.
A la media noche me desperté a tomar agua y pasé junto a la cabeza. Esperaba paciente el paso de las horas, con los ojos cerrados. En un impulso lo acosté para darle descanso, como si durmiera. Al despertar, antes de salir lo acomodé en su posición normal.
A la siguiente noche lo volví a acostar y me dormí. Soñé con el jíbaro. Abría los ojos y la boca, y me preguntaba por su nombre. Parecía acongojado, pues no sabía cómo se llamaba. Fui a la Prepa por la mañana y al regresar, después de la comida, hice la tarea en una mesa sentado frente a la cabeza.
No podía concentrarme. Miraba los párpados, imaginando la técnica horripilante empleada para extraerle los ojos. Tal vez no tuviera lengua. Lo puse en el saco y lo escondí detrás de la tele.
Antes de dormir, volví a conmoverme por el aborigen y lo saqué de la bolsa para colocarlo otra vez sobre los libros, dándome la cara. No pude dormir esa noche, mirándolo fijamente. A veces, entre las sombras y el cansancio, percibía sus párpados abiertos y dos profundos agujeros observándome sin ojos.

La primera visión con las luces de la mañana fue la cabeza del jíbaro a mi lado, en la misma almohada. Me enderecé tratando de recordar cuándo atraje al guerrero. ¿O se habría desplazado solo mientras dormía? Ya era preocupante. La cabeza no me dejaba dormir y me ocasionaba mortificaciones y desvelos.
Lo malo era la repentina desaparición del Curro. En toda la semana no se había vuelto a parar en la Prepa. Ese día, en la cafetería le pregunté por él a uno de los cuates de su barrio, y me dijo que se había ido a Estados Unidos, a probar suerte con unos tíos. Lo más inquietante fue su precisión: tenía dos meses allá.
No era posible, pensé. Me había dado la cabeza cuatro días antes. Algo extraño ocurría.
Al llegar a casa, procuré no ver en todo el día al guerrero. Hasta la noche fui al rincón donde estaba, a ajustar cuentas. Pero no lo hallé sobre los libros, ni detrás de la tele donde lo había escondido. Mi madre me vio removiendo el librero, y me aclaró: había tirado la bolsa, con el contenido de un mono extraño. Lo supuso mugrero olvidado y lo echó en una bolsa que puso en la calle. El camión de la basura había pasado por la mañana para llevárselo.
No dije nada. Minutos después me sentí aliviado. Al acostarme sin la presencia del amazónico tuve un sueño profundo y reparador. Las pesadillas se fueron.
A Curro lo encontré de nuevo hasta el siguiente semestre. En la cafetería se aproximó a nuestra mesa para ofrecernos un juego de desarmadores. Rechazamos la oferta y aposté que ahí no lo colocaría. Al verlo salir sentí el impulso de preguntarle por el origen de su jíbaro. No me lo había recordado, y tal vez era mejor así, pues no sabría qué responder de su destino. Pero lo dejé ir.
A veces es mejor no evocar lo que provoca inquietud.
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