Recibo la invitación a presentar la novela Dominio (Sexto Piso, 2023)  a muchos pies de altura, lejos de Monterrey, de mi cerro de la Silla. Acepto. Acepto sin preguntar quién la escribió, sin saber, como sería fantástico, si me van a pagar o qué. No conozco al contacto, no conozco a la autora;  me han dicho que no me arriesgue a hacer esas cosas, pues a veces sale uno perdiendo reputación, saliva y cobro de estacionamiento.

A mis 50 años asumo algunos riesgos y reconozco que nunca he sido prudente. 50’s sorpréndanme, dije la noche del 31 de diciembre del 2022, en la víspera de mi año de aniversario, y el 1 de enero del 2023 amanecí en la sala de espera de la Clínica 33 por el infarto cerebral de mi hermana mayor que decantó en su muerte once días después, luego vino una biopsia de seno, el premio de novela, la fiesta de mis 50, la cirugía del mioma, un viaje donde me subí a una tirolesa, y ahora presentaría a una desconocida, que no sé si es perfecta. Recibo el PDF de prensa, pero la marca de agua no me permite leerlo bien; lo pido en físico. Llegará en una semana. Comienzo a leer en el celular. 

Uno de los personajes va en una ambulancia y pide un Gatorade de naranja. Apenas leer la palabra siento el sabor salado de la naranja en mis papilas gustativas. Las palabras adecuadas nos transportan a sensaciones específicas. ¡Ah! Las ambulancias. Pienso en mi papá y aquella madrugada, en mi hermano y  su shock séptico, mi mamá agonizando “No sabemos si la señora va a llegar con vida, necesitamos que usted esté tranquila”.  Déjeme estar con ella, quiero acompañarla. Todo el tiempo tomé su mano. Con los dolores de la chica pienso también en mi cirugía de mioma y me sobo el ombligo. La chica sufre por un embarazo ectópico. Yo ya no podré embarazarme. Me han retirado el útero justo el año que convoco a un libro para hablar de la menarquia, menstruación, o menopausia. Pienso en la hermana de Andrea que también estuvo muy grave con un embarazo similar. No tengo, que sepa, ninguna amiga que haya abortado. Sé que Madonna lo hizo varias veces antes de concebir a Lourdes. Yo no lo hubiera hecho. La única vez que pensé estar embarazada…

¡Basta! esta novela no habla de mí, ¿o sí?, no se trata de hablar sobre mi vida, y tampoco tengo la valentía de la autora para contar todo, sin embargo la fuerza de las palabras es tal que obliga a la reflexión, a la escritura del yo porque desde la primera línea atrapa al lector y nos subimos a esa ambulancia, sentimos su dolor y queremos un Gatorade de naranja que no le conceden. Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982) tiene la maestría de ponernos frente al dolor, se da el lujo de mostrar situaciones en un espejo en el que podemos reflejarnos tanto en lo sublime como en las sombras que muestra sin pudor,  sin juicios, con el desparpajo propio de la juventud de la narradora y con la madurez de una escritora que ha pulido su estilo. Domingo ha sido reconocida con diversos premios, entre ellos el Gilberto Owen de poesía.

Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982) ganó el Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen por su poemario «Ya sabes que no veo de noche».

¿Es una crónica, un ensayo, un diario, una novela? El yo literario, el yo lírico y el yo Real -lo escribo con mayúsculas- se mezclan, dialogan, bailan, se turnan y hasta discuten en este prisma al que le damos la vuelta página tras página y nos salpica de poesía aderezada por frases contundentes. 

Annie Ernaux habla de la inmediatez, el exhibicionismo y establece una línea delgada entre ellos: el tiempo. La necesidad de escribir, la necesidad de compartir, de escribir lo que sucede para comprender lo visto a través del embudo de una clepsidra.  

Vamos en la ambulancia mientras fluyen recuerdos, vivencias, pensamientos, sueños que no se recuerdan, pesadillas que vuelven una y otra vez como en la película “El día de la marmota” y cuestionan el momento presente de la paciente. Curiosa, investiga sobre los viajes astrales en la búsqueda de respuestas. 

Ayudada por su prosa nos anuncia que tiene una vida muy interesante -todo es interesante si lo cuenta alguien que sabe hacerlo- al tiempo que apoyada en sus recursos poéticos, no sólo por la poyesis en sí, sino por las anáforas, sinécdoques, metáforas y metaficciones, nos regala la fuerza del lenguaje para contar una historia que transita entre la desfachatez, la inocencia, la obsesión y la madurez. 

No sólo vemos el dolor y el movimiento del hospital, también nos adentraremos en un episodio muy entrañable que tiene de protagonista una caja de huevo Bachoco donde la narradora guarda sus pertenencias en busca de la libertad que implica un apetito sexual rayano en la ninfomanía -toda proporción guardada- en la adolescencia. Quiere verlo todo. Quiere explorar su sexualidad con quien se lo permita y consigo misma. Aficionada a leer la gran colección “La sonrisa vertical” y masturbarse en repetidas ocasiones.

“De lo único que tengo miedo es de tener una existencia aburrida en la que se me pudran la vagina y el corazón”, dice en la página 119. Quiere vivir una vida literaria. Quiere novelarse y se integra a la larga lista de autores que han desfilado por esa pasarela: Knausgärd y su novela de 3000 páginas, Proust, Chirbes, Montero, Guide, Woolf, Kafka. Quiere tener una vida de la que se pueda escribir. Y escribe. “Necesito saber de qué están hechas las personas, las pasiones”. 

Una de las bondades de este tipo de escritura es el rescate de los sucesos que nos son cotidianos y que al paso del tiempo se convierten en históricos y en algunos casos, determinantes para la vida. Tal es el caso de la huelga de la UNAM en 1998 o el COVID. O como sucede en “Los de abajo” donde un narrador testigo nos habla de sí mismo y de lo que acontece a su alrededor. 

La primera persona del singular es una voz difícil de mantener y Domingo no escatima en sus estrategias narrativas para imponer el ritmo, dosificar escenas, mezclar tiempos, personajes y situaciones que conforman la personalidad de la narradora que existe acompañada por sus padres, amigos, el Yiyo, Hache, Vicente, Manuel, Sofía, Héctor y, por supuesto, la ciudad a la que le debe un poema. 

La escritura automática hace su aparición en los múltiples recorridos que hace en un camión o pesero que le imprime velocidad a su facilidad para elaborar fantasías a partir de las construcciones; edificios que le hablan, le piden que se acerque a ellos, estados de ánimo del pasado que anidan en las casas de las colonias que observa. Recorre la ciudad para escribir poemas.  Tiene la ambición de “conseguir que a la palabra más dura y lisa le salgan patitas y una cola de fuego”. Cito:

“La ventana tiene vista a una mentira”
“Añicos de acetato en un petróleo sideral”

Los libros que hablan del libro que está escribiéndose en ese momento tienen vida propia y los lectores lo agradecemos. Casi le aplaudo cuando responde a una pregunta de su amante cuando, intrigado, le cuestiona qué hace y ella contesta:  “Me dedico a escribir un libro”.

Nos regala los recorridos por la ciudad y la vemos con sus ojos. Después abre el espectro de su generosidad: nos cuenta sobre el taller con Enriqueta Ochoa, donde lee a Lorca, Neruda, Hernández, Baudelaire, César Vallejo. Practicará, claro, “porque el sexo y la poesía mejoran con la práctica”.

Contrario a su amante Hache, el lenguaje no es para ella un espacio minado, lo domina. En la página 143 aparece por primera vez la palabra que le da nombre al libro que hoy nos convoca: Dominio. Quiere dominarse o quiere escapar de él. Puede ser una sentencia o una ironía; cada lector decidirá. Sabe cuál es su papel en las historias que se involucra, dice de Hache “Su distancia emocional me recuerda que no es mío”, “Cada semana él me posee y yo me pierdo poco a poco”, “Me aficiono o me enamoro”.

En la tercera y última parte del libro hace el ejercicio de hablar en tercera persona para poner distancia frente al dolor. Exigente observadora, desmenuza la vida del hospital a pesar de encontrarse frente a un umbral del dolor altísimo, porque es experta en fingir. “Sufrir cansa mucho”, dice. Habla sobre la empatía que sentimos frente a los enfermos “No quieres que el otro sufra, porque te duele a ti”. Y aunque el ambiente es denso, la autora nos regala perlas de sentido del humor, por ejemplo cuando le dice a la gastroenteróloga “cirujana en tripología”. Los procedimientos quirúrgicos pueden ser fáciles de narrar cuando no los padecemos, por eso existen los libros que hablan teóricamente de ellos, pero en esta ocasión es la misma paciente quien los cuenta desde su dolor, estupefacción y, claro, la preocupación por la cuenta del hospital,  la amenaza de su libertad al saber que tendrá una deuda con sus padres que son quienes pagarán su operación y la confronta con el no poder hacerse cargo de sí misma a sus casi 40 años. Su agudo sentido de observación le permite la recreación del mundo. En esta ocasión es literal, con todas las cosas que le suceden, las tripas se le hacen nudo. “Los hospitales mezclan la niñez con la decrepitud”, “El pudor es la más superficial de las pieles de serpiente que poseemos”.

Otra muestra del sentido del humor y manejo del lenguaje sucede cuando inventa un chiste para referirse a su maestro de inglés que también es cómplice de sus aventuras horizontales: “Es maestro de inglés, pero en realidad es maestro de ingles” y para quien es más importante presumir que coge que coger. Toma clases de inglés por el asunto de la huelga que le impide tomar clases en la facultad.

La pregunta ¿qué más le va a pasar? y ¿cómo me lo va a contar? es lo que hace que no abandonemos el libro para acompañarla. Comencé a leerlo sabiéndola desconocida, ajena a mi vida, y en el transcurso de mi lectura ya estaba acompañándola como a una amiga que en su monólogo me enteraba de sí y palabra tras palabra me entregaba su existencia. Es inevitable el involucramiento emocional en la lectura.

Domina el dolor. Quiere dominar su dolor. Quiere dominar la historia y las letras. Quiere dominar su miedo. Y lo consigue. ¿O no? Eso dependerá de los ojos con los que la leamos.

Hache queda preso y le llama. Acude y accede a una visita conyugal, a pesar de ser menor de edad. No se arredra ante nada. Tiene una facilidad increíble para lograr los orgasmos a pesar de las condiciones adversas en las que se presenten. 

¿Qué quiere este personaje? Quiere vivir. No sabemos si le pasan las cosas porque las está novelando o las novela porque le suceden. Es una dicotomía deliciosa que disfrutaremos de principio a fin y nos adentraremos en sus reflexiones gracias a su prosa ensayística cuando toma el tono más maduro y formal para verse a sí misma y evaluarse en otro tiempo. 

Una frase que se le atribuye a Mark Twain y hasta a Paulo Coelho, según el meme que veamos, dice: Comedia es igual a tragedia más tiempo. Ella misma se pregunta ¿Cómo observaré esto en diez años? ¿Cuento con diez años? Ya no estoy tan segura. Los hospitales nos ponen de frente a la reflexión sobre la finitud de la vida. En este marasmo de pensamientos confiesa “Me consuelo con la ciudad”, “No quiero estar sentada esperando siglos para vivir”. Le falta escribir el poema acerca de la ciudad de México. No sé si ya lo ha hecho. Tomé su lección de arriesgarme y no la he googleado. “Yo soy una chica que quisiera escribir versos”, dice a modo de presentación con Héctor, otro personaje que viene a enseñarle cosas. 

El libro finaliza con un toque de nostalgia. Una mirada retrospectiva a todas las cosas que le han sucedido. Piensa en el karma, piensa en Dios que tiene mucho sentido del humor y vuelve a poner la misma lección una y otra vez hasta que la aprenda. Entre la poesía, la crónica, el diario y el ensayo, podemos leer este libro como Rayuela y quizá sea conveniente hacer ese mapa, con sus saltos hacia cada una de estas partes en un espacio temporal desde la adolescencia hasta los 37 años. 

Agradezco infinitamente el paseo que nos da por la arquitectura, la recreación del Espacio Escultórico. En el último capítulo va al encuentro con alguien. Quizá ese alguien es ella misma. ¿Qué habría en ese puño cerrado? El final abierto nos deja con ganas de más. Detrás de la duda siempre hay una posibilidad. 

Gracias, Claudina, por este domingo, por este libro, por este dominio. Por novelarte y regalarnos una lección de vida, un espejo para mirarnos y la calidad de tu narrativa. Gracias por compartir esta historia e inscribirte con fuerza en las voces femeninas de la actualidad.