SENTADO EN LA BANCA DE UNA PLAZA, ASISTO AL ESPLENDOR QUE EL MUNDO AVIVA EN NUESTRA ALMA

Emplazamiento

Aviso mediante el cual se cita a una persona en un lugar y momento determinados, especialmente para contar o justificar algo.

Y aquí estoy en el lugar y el momento: él presente y desde el presente se actualiza la historia y celebro acompañado de algunos (héroes) regiomontanos la aparición del libro Las plazas de Monterrey

Solo la necesidad genera el latido

Consignar los sitios emblemáticos de la ciudad es, supongo una de las tareas de quien funge como depositario de la memoria de la ciudad y en este libro nuestro cronista registra las plazas con mayor arraigo e historia de la ciudad: 6 plazas coloniales, 8 del siglo XIX, 7 del Porfiriato, La macro plaza (que incluye 8 plazas, parques y plazoletas) y finalmente 4 en las plazas del siglo XX y XXI, con un agregado  (que es un listado de 172 plazas más, ubicadas en algunas colonias), la manera amena en que el  autor “parte plaza” es contando la historia y la evolución o desaparición de estos espacios mediante datos obtenidos de expedientes y actas de cabildo de todas las épocas, mapas, planos, anuarios, revistas , libros, una ardua investigación que tuvo a bien editar el ayuntamiento de Monterrey.

Ya lo consignaba Felipe Montes en el prólogo, la situación actual del mundo (la pandemia) orilló prácticamente a una generación a sufrir miedo a los espacios públicos o abiertos, curiosamente el término que define está fobia agarofobia, proviene del griego y significa –literalmente- miedo a la plaza pública, para nuestra fortuna el cronista envalentonado con méritos y vocación dispone su experiencia traducida en la amistad y el amor que le tiene a Monterrey.

Momento idóneo para conjuntar la nueva normalidad con todas sus acotaciones, la revaloración del tiempo (en la pandemia todos tuvimos tiempo para hacer muchas cosas, hasta para leer) y la oportunidad de viajar no al exterior sino al interior con la lectura de este libro que a mí me convirtió además en viajero del tiempo e imaginé aquellos paseos encontrados de los que me habló alguna vez mi padre, los hombres y las mujeres caminando alrededor de la plaza en sentido contrario, o el nombre de las familias impreso en las bancas, o las discusiones en cabildo para asignar o cambiar el nombre de la plaza o prohibir (ridículamente) a los jóvenes utilizar la plaza para patinar.

Calle ancha

Se agradece que libros como este convoquen además de a la reflexión a la anchurosa discusión como por ejemplo aquella que reclamaba el maestro Alfredo Gracia Vicente, (regiomontano nacido en España, purista del lenguaje) sobre el nombre/pleonasmo -bastante feo por cierto- de MACROPLAZA, nadie solo él lo señaló, todos políticamente correctos guardaron silencio, y se agradece que libros como este eduquen y promuevan la curiosidad, el Ing. hace mención de algunas estatuas o monumentos que adornan y rinden homenajes a héroes como la de hidalgo en la plaza hidalgo y yo quiero destacar la que se encuentra en la alamey que es una estatua de una barrendera municipal conocidas por muchos como las zanahorias, verdaderos héroes los trabajadores de limpia, sin duda alguna, ya nos platicará el ingeniero sobre estatuas monumentos y placas que forman parte integral de las plazas.

Efectos y afectos

En la introducción (pág. 18), el autor el Ing. Leopoldo Espinosa Benavides destaca que las plazas servían para todos los efectos comunitarios, yo usuario frecuente de esas pequeñas ínsulas, cambio letras y sentido y destaco que a mí me han servido más que para efectos para afectos y a lo largo de unas cuantas décadas he sido feliz usándolas ya sea  jugando en algún columpio o resbaladilla, alguna vez me subí a un árbol, he practicado al menos tres deportes colectivos sin límite de tiempo y que solo terminaban, fuera como fuera el marcador con la clásica “el que anote gana”, ensayé también un bailable para una fiesta de XV años, hice piruetas (muy básicas ) en una patineta ignorando que el cabildo discutía nuestra diversión, construí con una piedra y un tablón una rampa para saltar en la bici y por supuesto me caí, bailé break dance, dormí una siesta en el césped al lado de un letrero que decía favor de no pisar el césped, discutí con el policía que me despertó de mi siesta alegando que el letrero no prohibía dormir en el césped, esperé ansioso a alguien y luego besé a ese alguien, esperé a alguien sin éxito (es decir fui plantado y no besé a nadie en esa ocasión) alguna vez se instaló una casilla y emití mi voto, esperé emocionado con mis amigos el autobús que nos llevaría en vacaciones a la playa, reflexioné y asistí al esplendor que el mundo aviva en nuestra alma,  me senté en una banca y leí un libro, di paseos a mi perro, me comí un elote desgranado, me ejercité (según yo) en aparatos extraños y oxidados, escuché a unos músicos ambulantes, vi a un fantasma (eso fue en la alamey), escribí unos poemas, asistí a diversas manifestaciones a favor de causas sociales, leí, invitado por la dirección de cultura unos poemas míos ante un escaso público ,asistí a donar víveres para los damnificados de algún desastre natural, me senté en una banca y platiqué amenamente con un extraño, me lustraron mis zapatos mientras leía el periódico, impartí a mis alumnos universitarios una clase con el único pretexto de que nos diera el aire, es decir lo placeado nadie me lo quita.

La cofradía regia

No hago comparaciones y admiro a Felipe (que también es cronista) y en cuya obra literaria el personaje principal es la ciudad (cabe mencionar que el total de su obra simple y sencillamente perdón simple y majestuosamente se titula MONTERREY ) y al ingeniero Leopoldo (que ha construido a Monterrey desde muchas trincheras), el amor que ambos le tienen a esta ciudad está encauzado a captar el misterioso brillo que tiene la sultana del norte y que algunos batallan para distinguir, me uno a esa cofradía (donde afortunadamente hay otros tantos) cuya función  constante tiene el convencimiento de que en su voluntad radica el deber de salvar la pureza a fin de reducir la monotonía tanto de su tiempo como de su espacio geográfico.

El cronista ordena el caos, precisa los alcances dela esperanza humana, se repite constantemente aquella frase: quien no conoce su pasado… Pero también se repite constantemente “quien no conoce su presente…» Y va diseñando los planos de la ciudad de mañana, en esos planos por supuesto hay plazas, parques, plazoletas, pequeños bosques, alamedas, esas donde se resumen las experiencias de los hombres y las mujeres, el cronista señala la escisión entre la vida emotiva de lo que escribe y el significado para quien lo lee, de entrada su crónica es un legado y convoco a que salgamos a que nos de tantito el aire, vamos a una plaza a platicar de este libro, vamos a cualquiera de las 2150 plazas que tiene la ciudad, vamos a platicar de este poema de versos interminables como sus calles que es Monterrey.

LAS PLAZAS DE MONTERREY

Leopoldo Espinoza Benavides

Ayuntamiento de Monterrey

2020