Mientras era edificada desde los cimientos la vivienda donde crecí, y que todavía sigue de pie y animada por la bendita presencia de mis padres, tuvimos que mudarnos durante unos tres meses a una casa ubicada a la vuelta.

Tendría unos cinco años y el barrio nuevo era fantástico. Estaba repleto de niños y niñas, y a la calle le habían tendido pavimento una semana antes. En las esquinas había trabajos de drenaje, por lo que enormes agujeros con montañas de tierra impedían el tráfico vehicular. La cuadra entera era de nuestra propiedad.

El pavimento intacto permitía que trazáramos nítidamente figuras con tiza, por lo que el arroyo era un enorme lienzo de grafiti infantil.

Entre toda la pintoresca estampa del barrio yo me interesé particularmente en un vecino singular, el abarrotero que estaba a dos casas de la mía y que despachaba con un atuendo extraño que me llamaba la atención poderosamente. Creo que yo era el único que lo veía con personalidad magnética

Ese sombrero

Era pequeño el señor y vestía impecablemente, como un figurín con guayaberas y pantalones de colores claros perfectamente alisados, con zapatos boleados y limpios a todas horas. Remataba la cabeza con una colección de sobreros de ala pequeña, de colores flamboyantes, que ahora sé que se llaman porkpie. Recuerdo uno de cuadritos que usaba algún día de la semana.

Me intrigaba la naturaleza de la cabeza enorme, de cabellos ralos y ojos rasgados, como de gato. Hablaba muy chistoso, con acento desconocido. Podría ser de otro país, pero no. Era compatriota, de Yucatán, me explicaron mis amigos. Y tenía el insólito apellido de Cabecilla.

Todos le llamábamos Don Cabecilla. Mi papá me dijo, luego, que referirse a un hombre con el Don seguido del apellido era como insultarlo, pero allá en el barrio la expresión era, digamos, comunitariamente aceptada.

El tipo me parecía sacado de una de esas películas de Joaquín Pardavé. Imaginaba que vivía en blanco y negro, porque su tiempo era pasado. Todo él tenía una rúbrica vieja. Y jamás lo veía alterarse. Lo miraba con atención siempre que podía. Entraba y salía de la tienda, que era su casa, caminando con amplio braceo. A veces creía que saltaba y chocaba los talones, porque vivía contento con la vida.

Los abarrotes de Don Cabecilla tenían olores dulces y embriagadores. Los aromas fuertes y penetrantes, nunca se percibían mal. Me gustaba estar en ese ambiente de esencias agresivas e indefinibles que me hacían sentir que estaba adentro de un teatro en el que todos los sobres, cajas, frascos estaban vivos en los anaqueles. Aún hoy recuerdo el aroma del lugar.

Su mirada era serena, de monje budista y la sonrisa de quien juzga el mundo desde una perspectiva superior. Cada encuentro con un semejante era para él ocasión de celebrar. Lo digo porque a veces iba a la tienda y había una o dos personas antes que yo en la fila. Con cada pedido agitaba el índice y, silbando mentalmente, subía a la escalerilla para bajar el arroz.

Con un movimiento de pulgar deslizaba la puerta de la nevera y con grácil movimiento se arrojaba de una mano a otra el litro de leche empaquetado en cartón.

La clientela lo quería porque era un hombre entusiasta y amable, con una actitud positiva ante la vida.

Era fascinante verlo. Estaba atento para el momento en que fallara, que le ocurriera un accidente o un imprevisto. Pero nunca lo pillaba descolocado. El yucateco era infalible.

Un chicle

No sé si un día me desesperé, o se me acumuló la irritación que sentía por ese hombre luminoso de mirada gatuna. Una mañana fui a comprar un chicle de los que había en el mostrador.

Cogí un motita de plátano y no sé de dónde me salieron las palabras: “¿Cuánto cuesta este, Don Cabeza Hueca?” Tenía cinco años. Era inexplicable que me expresara de esa manera tan grosera. El honorable señor yucateco merecía el respeto de todos, más de mi parte, pues era un cliente mocoso.

Ocurrió lo que tenía semanas esperando: perdió el control. Los ojos bondadosos se tornaron en los de un dios furioso y vengador, como los que había visto en los grabados orientales de los libros de Asia que hojeaba en casa. Un copetillo travieso se le asomó por la frente, debajo del sombrero, moviéndose descontrolado.

Creo que nos congelamos los dos por una fracción de segundo. Yo, porque me sorprendí de mi propio atrevimiento. Agredía a un mayor sin provocación. Y él, por la afrenta que venía de un mozalbete. Nos pusimos en movimiento al mismo tiempo.

Él masculló algo que no entendí, mientras levantaba la tabla articulada por la que pasaba hacia el mostrador. Yo di media vuelta y emprendí la carrera calle abajo, como alma que perseguían los pingos. Porque eso había ocurrido: los pingos me habían perseguido, y alcanzado para susurrarme semejante grosería que le dije al honorable yucateco.

Ya no regresé a la tienda nunca. Después del incidente prefería ir a los otros abarrotes, que estaban media cuadra más lejos. Pasaba frente al negocio y de reojo miraba al encargado detrás del mostrador.

Me arrepiento, mil veces me arrepiento por la forma en que me referí a tan educado señor.

Ojalá me haya perdonado Don Cabeza Hueca, quiero decir Don Cabecilla.