Andar en bicicleta puede ser peligroso. Aquí el autor recuerda una agresión que le evocó la violencia de Pulp Fiction.

En aquellos años, trabajaba en una pizzería en el Centro de San Antonio, Texas. El propietario del negocio era un piloto de la Fuerza Aérea, ultramaratonista que de inmediato me dio su confianza. Quién sabe qué le inspiré, pero me honró al dejarme encargado de la caja del restaurante, al día siguiente que me contrató, para que cobrara y manejara el efectivo que recibía por desayunos, comidas y cenas. Por supuesto, siempre le entregué buenos números.

Como buen deportista, el piloto tenía una bicicleta de carreras, de cuadro de aluminio, manubrios caídos y diez velocidades. Vivía a dos cuadras de la pizzería, en un padrísimo departamento con vista al famoso River Walk.

Cuando terminaba el turno muy noche, a veces me prestaba la bici para que me regresara a casa y él caminaba a la suya. “Quizás es demasiado veloz para ti”, bromeaba, pero dejaba que me la llevara, en otro gesto de confianza que siempre le he agradecido.

Avenida Santa María

San Antonio es una enorme colonia de mexicanos. Es común que todos los nombres y nomenclaturas se castellanicen. Mi depa estaba al norte de la ciudad. Para llegar debía enfilarme por la Avenida Santa María o Saint Mary’s Street, una vía espaciosa por la que también circulaban el eficiente sistema de transporte público de la ciudad y los coches que entraban y salían al downtown.

Una noche, el piloto al que llamaré Jack, me invitó a tomar un trago al bar que estaba a la vuelta de la pizzería. Vimos en la TV basquetbol, mientras él me hablaba de sus aventuras en el Air Force, y su anhelo por entrar en combate. Yo le comentaba de mis rollos como reportero en México. Cerca de la media noche regresamos a la pizzería y me prestó la bicicleta para que regresara a casa.

Nos despedimos y pedaleé por Santa María, disfrutando el viento de la noche y la rodada sobre pavimento que, como el de todas las calles del otro lado, parecía un espejo. Había tomado solo un par de cervezas, así que estaba en aptitud de condiciones para manejar la rila.

A esa hora pasaban ya pocos coches y autobuses por las calles. Mientras avanzaba me rebasó alguna patrulla de la policía local, sin llamar mi atención. Poco antes de llegar a casa tenía que pasar por debajo de la Carretera interestatal 35, una autopista de alta velocidad que atraviesa todo el país y que pasa perpenticular a la Santa María.

El paso es elevado, sostenido por gruesos pilotes, y por sus entradas y salidas, proyecta una enorme sombra que oscurece unos 200 metros la vía por la que me deslizaba. Hay que andarla con cuidado, porque es un tramo despoblado y poca iluminación.

Por ese tiempo estaba de moda Pulp Fiction, la película que en español le pusieron Tiempos Violentos, de 1994. Fue el primer gran hit del director y guionista Quentin Tarantino, que se convertiría en uno de los realizadores más famosos del planeta.

La cinta es muy ingeniosa y se concentra en la jornada de dos pistoleros que tienen que hacer varios trabajos. En el primero, llegan a cobrar una deuda mientras tienen sometidos en un apartamento a varios jóvenes. Uno de ellos se encuentra escondido, sin ser detectado. Inesperadamente sale con un revólver y le dispara a los matones a corta distancia, vaciándoles la carga. Pero tiene tan mala suerte y tan pésima puntería que no puede acertar ningún tiro.

Lo pistoleros estaban a un par de metros de distancia, pero el muchacho escondido no les atinó. Sintiéndose increíblemente ilesos, se recuperan de su asombro y lo matan. Ocurrió un milagro salvador para ellos, pero no para los chicos que son eliminados.

Viene a cuento la historia de Tarantino por lo que me pasó aquella noche veraniega de regreso a casa, al andar en bicicleta, cuando me metí debajo de la Interestatal 35.

La camioneta

La Santa María estaba completamente sola, así que agarré el carril de la derecha para pedalear con fuerza. A mi izquierda, por el carril del lado, percibí que se aproximaba una camioneta y me orillé, bajando la velocidad, para que me rebasara.

Mientras pedaleaba con suavidad, me percaté con alarma que la camioneta se me aproximaba peligrosamente por un costado. Dos segundos después se me emparejó. Recuerdo que la cabina estaba completamente oscurecida.

Por el lado del copiloto pude percibir, de reojo, a un tipo de barba, con sombrero y lentes oscuros, que sacó la mano. Estaba tan cerca que pudo haberme dado un golpe en la nuca. Pero lo que hizo fue arrojarme una botella de cerveza.

Cuando hizo el movimiento, instintivamente torcí el manubrio para alejarme. Iba yo encorvado, sosteniéndome de la parte superior de los manubrios en forma de cuernos invertidos. El proyectil pasó por debajo de mi axila, rozó la rodilla mientras bajaba y se estrelló en el cuadro de la bicicleta, donde se rompió. Los pedazos de vidrio me golpearon peligrosamente el rostro y los brazos, hasta los párpados, pero no me tocaron los ojos.

La camioneta, que hasta entonces detecté como celeste, se alejó con velocidad, haciendo sonar el escape ruidosamente.

No hubo carcajadas de regusto por la maldad, ni gritos de júbilo por la travesura mortal, ni maldiciones por odio absurdo. Era como si me hubiera atacado un auto fantasma, que se volatilizó en la noche, al pasar por debajo de la 35, siguiendo por la Santa María. Con acciones como esta, sin sentido, ocurren los crimenes de odio, pienso ahora.

Me detuve a un lado de la banqueta. Como a los villanos de la película de Tarantino, a mí tampoco me pasó nada. Milagrosamente resulté ileso de la agresión. Anduve despacio lo que restaba de la ruta. Al llegar a mi destino, ya más sereno, analicé detenidamente la acción. La rila tenía apenas un pequeño raspón imperceptible, como si le hubiera levantado la pintura con la uña. Yo no tenía ni una herida, ni un rasguño. Nada.

Los cristales que me impactaron no me cortaron la piel. Concluí que la botella pasó por el único lugar por donde no haría daño. El ángulo de tiro del agresor era pleno. Estaba a su merced y pudo haberme dado el botellazo en la cabeza. No sé si apuntó al cuerpo o simplemente tuvo mal tino. De cualquier manera, la divina providencia me protegió. El proyectil prístino pasó intacto y se desintegró sin conseguir su objetivo.

Nunca volví a ser objeto de una agresión similar, al andar en bicicleta. Pero ahora cruzo con atención cualquier paso a desnivel, o tramo deshabitado y peligroso. No vaya a aparecerse otra vez la camioneta celeste.