“¡Pariente!”, me decía cada vez que nos encontrábamos, pues compartíamos apellido. Luego me daba un abrazo, desde sus casi dos metros de altura, palmoteándome la espalda con rudeza afectuosa.
El medio periodístico lo conoció, igual que yo, cuando se integró a la redacción de El Diario de Monterrey. Coincidimos como compañeros a partir de 1987 y nos hicimos amigos, hasta este sábado 3 de agosto, cuando me entero de su partida.
Llamaba mucho la atención Obed Campos Guzmán de joven, como reportero de la sección policiaca. Al entrar en la sala de redacción del periódico ubicado en la avenida Garza Sada, era como un demonio de Tazmania. Gritaba pasando entre los cubículos, mientras bromeaba y generaba una sensación de inquietud, pues parecía que iba a tirar todo lo que estuviera a su alcance.
Estábamos obligados a enterarnos de la manera en que llegaba, porque generaba un alboroto que nadie más hacía, antes de sentarse a escribir sus notas. Alto y pelón prematuro, sin saberlo demandaba honores diarios, como un niño que quería toda la atención. Y le celebrábamos las diabluras, porque era expansivo y con júbilo inofensivo.
Tenía una forma singular de comunicarse mientras establecía contacto visual anhelante, casi agresivo, demandando una respuesta rápida a lo que decía. La nariz ganchuda, hacía más expresiva la sonrisa socarrona y marcada.
“¡Si estando en la carretera oyes un bip-bip, ten la seguridad que se trata de mí!”, lo vi brincando feliz, como un pífano enorme, una noche que entró en la redacción, mientras algunos, concentrados, le demandaban silencio. Él, indiferente, se introdujo con más gritos en el cubículo de los reporteros policiacos que, novedosos, se hacían llamar Los Extraditables, con un membrete que escribieron a mano y pegaron en la puerta de cristal.
“¿Cuáles pinches extraditables? ¡Esta es la jaula de las locas!”, lo oí gritar una vez.
Una tarde, mientras hacía su acostumbrado desfile de entrada, sonó uno de los teléfonos de disco que había en la redacción y lo levantó de un manotazo: “¿Quién habla, hombre, mujer o gay?”. El muy descarado hizo la pregunta sin saber quién estaba del otro lado de la línea. Unos segundos después, sin disculparse le pasó el auricular a una de las muchachas de los Anuncios.

Por esos días en que yo me estrenaba como reportero de Espectáculos y él ya estaba bien metido en su personaje de policiaco, me invitó a comer a unas tortas que estaban cerca del periódico. “¿Tú crees que estoy loco?” No me dio tiempo a responderle. Me explicó que se sentía muy feliz de ser reportero y que adoraba el ambiente del periódico, y que muchos le pedían compostura, pero los ignoraba, porque no iba a dejar su personalidad en el perchero de la entrada.
“Soy lector de novelas, igual que tú. Los arácnidos nos reconocemos”, me dijo, lo que consideré un halago, pues decía que me había visto llegar a la Redacción con mis libritos bajo el sobaco, de Vargas Llosa, García, Márquez, Benedetti, Borges y los demás obligados cuando estás chavo.
Me comentó que a él también la gustaba la literatura latinoamericana, pero que le daba pereza el discurso de la Revolución que abanderaban las juventudes aburguesadas.
A veces se quedaba a dormir en un sillón de la redacción, porque lo había pillado el fin del turno policiaco de madrugada. En un tiempo anduvo en moto, lo que acentuaba su imagen de rebelde.
Reencuentros
Con el paso de los años tomamos rumbos diferentes. Me fui diez años de la ciudad y él, supe, anduvo por otros estados, en puestos directivos y reporteriles. Cada cierto tiempo, nos encontrábamos en reuniones de amigos mutuos. Siempre nos saludamos con afecto y atestiguábamos cómo habíamos cambiado. El joven Obed, que estaba flaco, había desarrollado una panza considerable, como se lo señalaba, aunque él me daba puyas por lo mismo. Me puse canoso y él cada vez más calvo.
Cumplidos los ciclos de vagancia, regresamos a la querencia y nos reencontramos en Monterrey. Del Obed gritón que conocí ya no quedaba nada. Mejor dicho sí: cambió el estruendo de sus voces por una mirada escrutadora, igual que cuando estábamos muchachos, aunque ahora, con un sentido más contemplativo.
En los últimos años se convirtió en un tipo apacible y reflexivo que se había casado y tenía tres hijos. Con frecuencia portaba su sombrero de buscador de tesoros. Se había serenado, pero su corazón de periodista seguía en el combate.
Dejó el trabajo policiaco y se convirtió en analista político desde donde, como se lo dije una vez, le daba vueltas, por todos lados, a la teoría del complot. Se reía y me afirmaba que los políticos tenían que sentirse incómodos con nuestros textos, que supieran que alguien los vigilaba.
Terminamos por convertirnos en periodistas cliché: arreglábamos la política nacional en el café. Cuando uno se hace viejo en el oficio, parece un destino estar en los restaurantes con amigos enterados, para hablar de la intrascendente política nacional y practicar el delicioso pero inútil deporte de la grilla local.

Obed se apasionaba moviendo el ajedrez de los alcaldes, diputados y secretarios. Yo le decía con desdén que lo que él y yo suponíamos era nada de lo que ocurría en la realidad, porque la política, como dice Aguilar Camín, es vampírica, de pocos, y prácticamente nadie sabe de lo que se habla en las oficinas donde se toman las decisiones grandes.
Ya no está, mi amigo. En estos momentos de evocaciones, por más que intento verlo como el viejo del sombrero, pienso en el chaval que entraba gritando y saltando a la redacción de El Diario, el Obed definitivo.
(Fotos para este artículo: Redes sociales)
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