Como cada mañana, en el momento final del aliño cotidiano, procedo a peinarme. Y, una vez más, mirando mis ojos en el espejo pienso en María Magdalena, mi amiga de la infancia.
Algunos días, por las prisas, me arreglo la cabellera a ciegas, y la olvido. Aunque, a decir verdad, su recuerdo es una presencia permanente y me he acostumbrado a vivir con ello.
Aún sigo en contacto con Magda. Está casada felizmente y tiene dos hijas. Nos conocimos a los seis años. Cursamos juntos prácticamente toda la primaria, la secundaria y la preparatoria. Con el auge de las redes sociales, desde hace unos 15 años estamos conectados en grupos de ex alumnos en Whatsapp y Facebook donde constantemente coincidimos. A veces hay reuniones en las que saludo a mi amiga en persona. Entonces, evocamos los años de la escuela, y aquel momento que nos unió para siempre.
Guerritas en el patio
En 1975, la escuela Ford 40 tenía una hilera de unas ocho aulas, que iban desde primero hasta sexto.
En aquellos años, por quién sabe qué incomprensible razón de género, a los pequeñines recién ingresados a primer grado nos dividían entre niños y niñas.
A mí me tocó hacer el año con el profe Mario Ruiz González. Era un profesor progre, medio hippioso, con barba tupida y negra, y cabello largo. Por aquellos años Jim Morrison, recientemente fallecido, andaba de moda. El maestro parecía uno de esos adultos jóvenes que salían en el comercial multiétnico navideño de la Coca Cola. Las niñas estuvieron con la maestra Tere.

En el descanso de media mañana, los maestros ponían una red en el centro del patio y jugaban volibol en equipos mixtos. Era asombroso verlos, a ellas y ellos, haciendo algo más que regañarnos. El profe Mario impresionaba porque era el único que hacía el saque de espaldas a la red, al estilo japonés, muy moderno, dando un golpe de palmada a la bola, para que hiciera un efecto endiablado hacia abajo.
Por esos años, la escuela se ampliaba porque ya no cabíamos. Iban a construir una batería de ocho aulas en un edificio de dos pisos, adentro del enorme patio.
Un día vimos cómo llegó un escuadrón de albañiles para zapapicar el área, y de una forma rápida, en unos cuantos meses erigieron una estructura que era idéntica a centenares que durante esos años se edificaron en todo México.
Mientras iban construyendo los salones, tenían cascajo y grava regados por todo el patio, como parte del material necesario para los cimientos.
Los muchachos de cuarto grado nos trataban a los de primero como mascotas. Eran como los big boys que, si bien no nos buleaban, en el sentido de lo que hoy se conoce como acoso escolar, sí nos incordiaban, imponiéndonos apodos arbitrarios o nos llamaban condescendientes, los morrillos. A veces nos daban algún zape, lo cual estaba permitido, como parte del reglamento nunca escrito del comportamiento escolar, simplemente porque eran mayores.

Esa mañana soleada, el patio estaba atestado. Hubo un tiempo en que en la escuela había más de 400 alumnos, y el patio era como de unos 80 por 40 metros. O sea que había muy poco espacio para hacer nada. El área se reducía por la construcción en curso. Mis compañeros y yo habíamos respondido a una provocación de los alumnos de cuarto, que nos arrojaron puños de cascajo. Se hizo una guerra en la que nos arrojábamos piedras y arena, sin lastimarnos. Era muy divertido.
En una de esas, arrojé el puñado de cascajo y, para eludir el contrataque, emprendí la retirada corriendo. Como en un slalom, esquivé niños y más niños, mientras me sentía perseguido.
De pronto me encontré tirado de rodillas en el cascajo. ¿Qué pasaba? Por un segundo perdí la noción del espacio. Tal vez había topado con una pared. Vi hacia abajo y percibí que el sitio que ocupaba en el patio estaba extrañamente despejado, como si me encontrara en una isla. Recuperándome, en cuatro patas, entre las manos que tenía apoyadas en el suelo, caían gotas rojas. Era sangre. ¿De quién? ¡Mía!
A un lado vi a una niña tirada, sentada y con una marca roja en la frente. Estaba tan desconcertada como yo. Nuestras cabezas habían chocado. Me puse de pie y vi las caras horrorizadas de los niños que me veían. ¡Mole!, dijo alguien.
Aún recuerdo hoy la imagen, como si estuviera tomando una película en toma subjetiva. Pero el point of view era yo. Alguien me sujetó de la nuca y me condujo a la Dirección. Sentía la frente fría. Mientras caminaba, dramáticamente iba marcando el piso con sangre, con la cabeza agachada, tratando de no mancharme la ropa.
En la oficina de la directora Hortensia, el profe Mario tomó el control. Mojó un pañuelo que sacó del bolso trasero de su pantalón y me limpio la sangre que se me escurría en la mejilla. Le ordenó a la secretaria Panchita que le hablara por teléfono a mi mamá.

Mientras me tranquilizaba, vi del otro lado de la oficina, en una silla, a una niña que lloraba. Ya Magda, cómo te sientes, le decía la profe Tere. Magda. Con que así se llamaba la niña con la que había chocado y que tenía solo una marca roja, de corte pequeño, como un raspón, arriba de la ceja derecha. No nos habían presentado, así que fue una forma muy singular de conocernos. Mucho gusto, Magda, habré pensado en ese momento de angustia compartida. Ella moqueaba y lagrimeaba, y yo solo estaba expectante. Creo que no me salieron lágrimas del puro susto.
Agujas enormes
A los cinco minutos llegó mi mamá, que rápidamente fue enterada de la situación. Decidieron llevarme a la Cruz Verde que estaba muy cerca de la escuela, a unos cinco minutos, a un lado de la Expo. El Profe Mario nos subió a su coche Renault color verde aguacate, de agencia. Yo me fui en el asiento delantero en las piernas de mamá. Llegamos rápidamente.
En la Cruz recibí un tratamiento brutal, expedito y eficiente. El médico de guardia procedió como un burócrata de la salud, con mucha experiencia. Supongo que lo que ocurría era, para él, un trabajo rutinario. Todos los días un niño se accidenta en alguna de las escuelas del sector.
Pero para mí fue un episodio que se ponía cada vez más angustiante. Me recostaron en una cama. El malvado matasanos sacó una jeringa de aguja corta. Accionando el émbolo, extrajo líquido de una ampolleta, y me acercó la aguja peligrosamente hacia mi ojo izquierdo. Me quise levantar, pero entre el profe y mi madre me sometieron. Una mano adulta me sujetó la frente como con un fórceps y vi con horror como hundían la aguja en mi párpado, que se inmediato se entumeció.
Luego vino lo peor. El médico asesino exhibió frente a mí una aguja curva, y le insertó un hilo de cáñamo. Había visto muchas películas de El Santo, en las que el científico loco exhibe sus instrumentos de tortura, antes de comenzar las mutilaciones, para arrancar de sus víctimas alaridos de sufrimiento.
Quise levantarme para impedir el suplicio inminente, pero igual fui sometido. La aguja se me acercó al ojo y sucedió algo inexplicable. Me daba cuenta de que me habían interesado el aguijón, pero no sentía dolor. Cuando maniobraba el médico experimentaba tirones en la cabeza, pero no sentía nada más que una rara sensación de adormecimiento en la parte afectada.
Benditos sean Horace Walls y William Morton, los gringos que intentaron la anestesia, en el siglo XIX.
La herida de la niña
El procedimiento de costura no duró más más de diez minutos. Mi piel había sido remendada, como si fuera un calcetín roto del talón.
Hace poco, el hijo de un amigo se lastimó jugando al futbol. Le dieron un cabezazo y le abrieron parte de la frente. Llevó al niño a un hospital particular y por la sutura de cinco puntos, el cirujano plástico le cobró 10 mil pesos. Acá, en la Cruz Verde, el procedimiento fue gratuito y eficiente.
Terminado el trámite, el médico le dijo a mamá que podía ir a la escuela al día siguiente, sin problema. Le dio indicaciones para lavar la herida, y me recetó unas medicinas para el dolor.
Salí de la Cruz con un tremendo parche que me tapaba el ojo completo. El Profe Mario, con responsabilidad ejemplar sobre sus alumnos, nos llevó hasta la puerta de la casa.
Hasta la noche, cuando se hizo la primera curación pude ver la herida. Era una cortadura en el párpado izquierdo, debajo de la ceja, de unos cinco centímetros.
Como ya sé ahora, las lesiones en la cabeza son escandalosas, porque esa parte del cuerpo está irrigada por más vasos sanguíneos. La costura pequeña estaba desproporcionada en comparación con el operativo que ocasionó. Un hilo negro, extraño, me orlaba el ojo. Había visto a mamá coser mis pantalones en el encuarte. Cerraba la costura por dentro, para que no se viera. El médico dejó a la vista el cierre de la sutura, con un nudo que se abultaba groseramente cerca de mi ceja.
Por la noche, papá, que ya había sido avisado, me felicitó por el estoicismo que, suponía, mostré durante la intervención. Si supiera que casi me infarto.
Luego me dijo una gran verdad: todos los niños pasamos, obligatoriamente, por un episodio similar. Ninguno escapa a un accidente significativo en el tránsito por la infancia. Por tanto, me recomendaba que presumiera mi lesión con orgullo, como una herida de guerra.
Al día siguiente fui a la escuela con mi enorme parche, que me cubría el ojo, la frente y el cachete. Fui la novedad durante la mañana, pero ese mismo día, los compañeros que se acostumbraron de verme, se desentendieron de mi golpazo.
A Magda me la topé en el descanso. A ella le pusieron un curita, nada llamativo. Cruzamos miradas y nos sonreímos, cómplices de la aventura que atravesamos juntos.
Mi amiga me ha acompañado a lo largo de los años. Ahora que nos reunimos en sólidas fraternidades estudiantiles, convocados por la maestra Tere, que luego estuvo con nosotros en sexto grado, eventualmente nos piden los compañeros que narremos el episodio. Y de nueva cuenta hago la crónica de aquellas horas extrañas, en las que me encontré, para siempre, en un cruce de caminos, con María Magdalena, la niña que me dejó una herida que llevaré toda la vida.
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