¡México ‘86! Tun Tun. ¡México ‘86! Tun Tun. ¡Donde se vive la emoción! ¡México ‘86! Tun Tun. ¡México ‘86! Tun Tun. ¡El mundo unido por un balóóóóón! No sé quién prestó su voz para esta grabación, arenga del Mundial México ‘86, pero en mi recuerdo la cantaba “El pique”, aquel chile jalapeño bigotudo que fue la mascota de esa justa deportiva y del que tomamos el apodo para José Luis, el primero de mis compañeros de secundaria al que le salió el bigote: aún le decimos así. Podría investigarlo, googlearlo, pero me conozco, comenzaré por buscar un dato y terminaré sabiendo su vida entera y no es eso lo que quiero contar. Hoy quiero escribir sobre mis recuerdos del Mundial y cómo ha cambiado desde mi punto de vista doméstico el contexto que lo rodea.
Nací en 1973, el primer mundial que me tocó fue el de 1974. Ni idea. Supongo que lo vi, o por lo menos lo escuché en brazos de mi madre o quizá de alguno de mis hermanos que en aquellos tiempos eran fanáticos del balompié.
En 1978 tenía 5 años y fue en Argentina. Mis hermanos escuchaban la onda corta y teníamos varias postales de “El gauchito”, la mascota oficial. Me enamoré de Ardiles y conocí a Karl-Heinz Rummenigge. Amaba los uniformes impecables y elegantes de la selección alemana. Mis hermanos coleccionaban estampitas que salían en las galletas o en los chicles. Las fichas de los refrescos tenían las banderas de las selecciones participantes.


El Naranjito fue la mascota de España ‘82. A mis 9 años, y animada por las cápsulas culturales de la televisión abierta desee por primera vez conocer ese país. Las postales abundaron en casa, cortesía de la Radio Exterior de España. Paolo Rossi fue la figura de esta ocasión. Tuve una pelota de plástico, un juego de lápiz y borradores con la imagen del Naranjito; mis hermanos compraron camisetas piratas en Milano.
No sabía todo lo que significaba en la historia del futbol pero no olvido la emoción al ver el Bernabéu pletórico, vestido de fiesta; además me encantaba el sonido de la palabra.
Monterrey sería una de las sedes de México ‘86. Se jugarían varios partidos. Tanto en el extinto estadio Tecnológico como en el Universitario. Acompañé a mis hermanos a comprar unos boletos para el amigo de uno de ellos que haría el viaje desde otra ciudad.
Hicimos la fila bajo el sol de Alfonso Reyes en el estacionamiento del Estadio Universitario. Nunca jamás en toda mi existencia había visto tantísimos billetes de alta denominación todos juntos.

Hace 40 años las filas eran presenciales, los pagos eran en efectivo y los boletos impresos con una calcomanía tornasol a la que llamaban holograma. Palabra nueva que se insertaba en mi lenguaje y en los diccionarios. No sé si les tomamos la foto del recuerdo. No eran nuestros. Hicimos la fila por el gusto de hacerlo. Quizá la hice, inconscientemente, para tener algo que contar 40 años después. También, ese día de junio -los boletos no se vendían ni se compraban con tanta anticipación, sólo tenías que hacer la fila desde la madrugada- fue la primera vez que recorrí Ciudad Universitaria. Mis hermanos me llevaron a conocer las facultades. Me enamoré del pegaso de Arquitectura, del oso de FIME, del elefante de FACPYA.
Abundaban los llaveros, las colecciones de vasos, las latas de Coca Cola. La Shiquitibum fue una sensación, pero sobre todo recuerdo con especial cariño la animación de dibujos a lápiz que hacía Imevisión para narrar la historia del Mundial y que pasaban cuando iban a comenzar Los protagonistas que debutaban bajo la dirección de José Ramón Fernández. Inolvidable Ponchito y la Beba Galván. Se acuñaron monedas conmemorativas que fueron todo un suceso. Hice fila para ver la hermosísima copa Jules Rimet.
La selección de Alemania grabó un video México, mi amour y fue divino ver cantar a Beckenbauer. El día que mi madre cumplió 50 años nos importó más el partido de Alemania. Para la final, sucedieron dos hechos insólitos: por primerísima vez movimos la tele de lugar -junto con su antena- para poder verla junto con los vecinos y aunque no era un platillo que acostumbráramos, mamá preparó hamburguesas, quizá para festejarse aún ignorada. Compramos jamón del bueno, mostaza, mayonesa y catsup. Recuerdo mi cara de asombro cuando vi que le puso avena cruda a la carne. Maradona y la mano de Dios que había vaticinado José Alfredo se robó la final tanto emocional como deportivamente.
Italia ‘90 lo comenté con mi dentista mientras él trajinaba con mis muelas. Voombagggzten, pretendía yo decir con su mano en mi boca para señalar la gran figura: el holandés Marco van Basten. La inauguración fue un desfile de modas y jamás le entendí a la mascota. Mi hermano Daniel lo pintó en una pared de la casa y ahí sigue… y sigo sin entenderlo.

Para USA ‘94 compramos las camisetas que vendía la refresquera y completamos toda la colección. En mi cumpleaños nos fuimos al jardín de la Cervecería Cuauhtémoc a ver el juego en una pantalla enorme. Comimos hot dogs y nos sentíamos internacionales. Tampoco recuerdo la mascota.
París 1998 fue la cumbre de mi hedonismo. Coincidió con mis vacaciones de verano y dentro de una inconsciencia rapaz tomé toda mi vida para ver cada partido. La televisión abierta transmitía libremente muchos juegos y, por supuesto, la final. Los Protagonistas eran un lujo, con su infaltable Hooligan en la última transmisión donde destrozaba todo el set. Estábamos muy lejos del “Pago por evento” y televisiones privadas. Aún podía hablarse de un espectáculo popular en toda la extensión de la palabra. Mi hermano Moisés vivía en París y nos trajo varias camisetas. Alguna sigue sin estrenarse. Creo que ahí andaba el Matador.
El del 2002 lo viví en Madrid. Por primera y única vez me compré una camiseta original de México y la portaba orgullosa en todos lados hasta que algún grito xenofóbico me obligó a ser moderada con mi entusiasmo. No es lo mismo que verlo en tu país. Había que ir a verlo a los bares. En la televisión apenas si pasaban el resumen. La cita en el Bernabéu era toda emoción para ver a la selección. La Cibeles bailaba de felicidad si ganaba España y todos los madrileños iban a brindar con ella.
Para el 2006, no me acuerdo tanto, sólo sé que fue en Alemania. El asunto de las transmisiones de paga, la úlcera de mi madre, mi alejamiento de la televisión, la construcción y la vida cotidiana me mantuvieron pensando en otras cosas. ¡Ay, Zinedine, por qué hiciste lo que hiciste en la final!
En el 2010 hice por primera vez el álbum de Panini. Lo regalaban con el periódico y las barajitas estaban a un precio accesible. Estaba por nacer el hijo de una amiga y opté por regalárselo. Este mundial lo disfruté muchísimo por los comentarios que Odette Alonso, Luis Aguilar y Edna Basurto hacían en Facebook. España fue el rotundo campeón. Lloré de emoción cuando alzaron la copa, y en el desfile, cuando fueron a saludar a la Cibeles. El segundo nombre del niño es Iker. Me gusta pensar que fue por mi insistencia. Shakira entusiasmaba con Waka, waka, ¡Porque esto es África! El pulpo Paul, que predecía los resultados, fue una gran figura.

Para 2014, compré el Panini y en el viaje de cumpleaños de mi madre intercambié estampitas en Bellas Artes. Conseguí llenarlo para el chamaco que ya cumplía 4 años. Vimos un juego de la selección en el Zócalo… jugaron como nunca y perdieron como siempre. Mi mamá rezumaba emoción desde su silla de ruedas, ambas mejillas pintadas con un gis tricolor. Me fascinó verla tan feliz.
El juego del hombre se suma a la igualdad e inclusión, y en el 2016 comienzan las Amazonas a poner el toque femenino en Tigres. En 2018 la vida cambia, mis prioridades también. Las tareas de la maestría y el Servicio Social demandaban todo mi tiempo, toda mi energía. La generosidad de un desconocido hizo posible que llenara el álbum cuando había perdido todas las esperanzas. En 2022, después de la pandemia y enlutada, no me subí a la euforia mundialista.
Para este 2026, me inscribí como voluntaria de la FIFA. En mi solicitud estaba impresa toda mi nostalgia. Resulté seleccionada. No le entiendo a este asunto de que sean tres sedes. No sé cuál es la mascota. Sé que hay que suscribirse a algún canal de televisión o proveedor de Internet. No lo haré. Sé que la neta del planeta es Alberto Lati. Joserra dejó escuela pero no sé si aún hay Protagonistas. No hay Shiquitibum. No conozco la canción y no la canto ni veo a nadie cantarla. No tengo idea cuál es la mascota. Ya no tengo 15 años y la víspera de los 53 me hace ver las cosas de otra manera. El álbum se ha convertido en un lujo, las barajitas cuestan $25.00 y hay que comprar algunas que vienen en los refrescos. Imposibilisisímo para mí. Los boletos han de ser digitales y supongo que son carísimos, impagables y todo se ha de comprar Online. ¿$400.00 pesos por una moneda conmemorativa de 20? Ni de cuento. En Monterrey, la construcción del Metro ha sido un incordio y no se terminó a tiempo.
Celebro el Mundial por el asunto emocional, por evocar la unión de mi familia; a veces representa y parece ser la única vez en que algunos hombres se atreven a vivir a cabalidad sus emociones: lloran, gritan, bailan, apoyan, se informan, comunican, postean constantemente el meme “He llorado más por 11 hombres que por una mujer”. El Mundial les da permiso de mostrarse emocionales y aprovechan la ocasión. Ojalá hubiera un Mundial de inteligencia emocional.
Me acuerdo de una anécdota de mi madre cuando dos niños peleaban por una pelota en el barrio:
¡Veintidós pelados juegan tan en paz con una sola pelota y ustedes aquí se pelean por ella!
Más allá del contexto, del capitalismo, fanatismo, situaciones geopolíticas y demás, aún me parece mágico que al menos por un momento todo el mundo permanezca unido viendo un balón.
P.D. No sé si mis recuerdos sean exactos. Me resisto a preguntarle a Google y me fastidia que me mande a la IA. Así lo recuerdo y así quiero recordarlo. Con esta salvedad, hoy lo comparto.
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