Cada mañana, readquirimos y degradamos rápidamente

la lengua que nos hunde y que nos salva.

Armando González Torres

Lo primero que viene a mi mente cuando pienso en pájaros es el recuerdo de mis domingos en la iglesia a donde acudía en mi infancia, pues cantábamos el corito “Por las mañanas/las aves cantan/las alabanzas/a Cristo el salvador. / Y tú mi hermano / ¿por qué no cantas/las alabanzas/a Cristo el salvador? La pregunta se quedaba en el aire. ¿Cómo no cantar para agradecer la vida? En esto pensaba cuando me encaminaba al Teatro del Centro de las Artes para acompañar la puesta en escena MUTUS, de Avrora Boreal (Monterrey, 1990) el pasado 8 de abril, precisamente una semana antes de la Semana Santa, así que la referencia religiosa sonaba muy bien. Era tan sólo uno de los tantos campos semánticos convocados a esta obra.

Las aves tienen muy marcada su trayectoria. Es el instinto el que las guía, por eso, con frecuencia, mueren estrelladas en los nuevos edificios puesto que no los tenían considerados en sus itinerarios instintivos. Algunas de ellas se extinguen porque se cumple la expresión darwiniana que enuncia “sólo sobreviven los más aptos”, otras mueren por depredadores, otras pierden su alimento esencial, otras mutan y algunas otras valientes cumplen su ciclo dentro del proceso evolutivo. Las de Astor Piazzolla se confunden con un cielo que nunca más podrán recuperar. Todas saben que su existencia es breve, por eso eligen trascender con sus cantos. No sé cuál de estas interrogantes, o quizá todas, ocuparon la mente e inspiración de Avrora para plantearse este proyecto escénico donde la cantante propone rescatar cinco de esas voces -cantos- que se han extinguido.

Tal vez el numen anidaba en su cartera, al observar el billete donde viene el poema de Netzahualcóyotl “Amo el canto del cenzontle/pájaro de cuatrocientas voces/Amo el color del jade/y el enervante perfume de las flores/pero más amo a mi hermano: el hombre”. Sin lana nadie teje y sin alpiste nadie canta; este proyecto le mereció la beca del PECDA 2024 y la generosidad de Sol Sonoro A.C., ambas contribuciones hicieron posible esta función gratuita.

El hombre y sus grandes ciudades casi sin áreas verdes, otro de los depredadores de aves. Llegamos al Centro de las Artes después de un rodeo apocalíptico. Los espacios culturales secuestrados detrás de las vallas de un evento musical privado el inmediato fin de semana anterior.

La puesta en escena implicaba la inmersión total. 25 sillas en el escenario para compartir el momento a telón cerrado. 25 almas observando. Nunca mejor dicho: observadores de la Historia y de la historia que nos contaría Avrora, acompañada de sus músicos y del coro de IMPROLAB. Los asistentes superamos el número previsto y se abrió el telón para darle espacio a los demás asistentes. Todo es metáfora: estaban a una distancia medible: metros, años, siglos, escalas, clases; son observadores distantes y al mismo tiempo, dependiendo de la perspectiva, son parte de un todo hermenéutico, personal de guardia en el xenodoquio del espíritu.

Se abre el telón. Oscuridad. Sonido de piedras que parece ser el sonido de la Tierra. A mi mente viene la introducción de la canción de Raquel Olmedo Soy mitad mujer, mitad gaviota y no tengo compañero. Vuelo con un ala rota y temo decir te quiero. Del centro del escenario cuelga un listón blanco que, iluminado parece rojo, quizá el cordón umbilical que nos une al cielo, a la creación, quizá un sol bermellón de un amanecer mediterráneo del que surge Avrora y su voz privilegiada. Los sonidos son los del amanecer, cuando la vida derrota la aparente inexistencia. Un ballet de aves envueltas en túnicas plateadas iridiscentes -como Shakira al iniciar su reciente concierto- rodean a la protagonista y hacen sonido con unas copas de cristal, del mismo modo que las copas de los árboles regalan su sinfonía cuando las habitan los pájaros. La fragilidad nos habla con su dulce voz de torniquete adentrándose en el alma. El ulular de las aves en torno al centro se confunde con la voz principal. De su garganta de augur surge la escala que nos hará vibrar. La voz de soprano educada por su formación operística carga nuestro silencio en su potencia. Las copas llenas de voz son el coro para este canto. El abrazo del sonido es hipersensual. Al final del primer acto, llevan sus copas -árboles de cristal- como ofrenda para la ave que es acallada por el paso del tiempo. El sonido se concentra en la voz descarnada que se extingue entre luces rojas y amarillas. La voz como instrumento.

Lo abstracto seduce por sus místicos significados ocultos. Es prerrogativa del artista mostrarlo a los legos que contemplamos absortos. La parvada ha puesto cuidado a todos los detalles: microcosmos que bajo el pantógrafo de la creación se maximizan en la escenografía que nos cobija y convierte en metaficción al ser parte del escenario. Cuerpos que danzan, según, improvisadamente, pero en realidad ejercen su coreografía más auténtica, aquella que nace del sentir a partir de la semilla de la expresión dibujada en sus rostros maquillados con purpurina que hace un símil de espejo con las luces del escenario. Son voz. Son luz. Son el germen ancestral de Sara Baras.  Las manos de cada una de las integrantes de IMPROLAB, mientras danzan, esculpen en el aire figuras que narran el proceso evolutivo silente desde los protozoarios hasta los dinosaurios, sus antecesores. Ante el silencio, viene a mi mente otra canción pop Naturaleza muerta de Mecano. ¿Cómo es posible que el canto de un ave extinguida se comunique con siglos de evolución musical y viceversa? El arte, suceso estético, es sólo un momento y se repite siempre.

El agua es el nuevo invitado. Un percusionista –Eusebio Sánchez– obsequia sonidos de cristal a partir de una especie de pecera, tal como se comunican los peces, sonido que nada entre arrecifes de impotencia y se vuelve cascada emocional; escala de estalactitas en la voz de nuestra ave polifónica, herida, que le imprime canto a su ausencia. El agua nos transporta al útero, sinfonía ovárica, eflorescencia de la antigüedad. Todo lo que ha existido nos lleva a extrañarlo aunque no lo hayamos conocido, es la memoria ancestral que se manifiesta frente al más breve estímulo. El sonido del cristal como metáfora, la vibración del sonido envuelve el escenario, y la voz engarza el pasado y el presente.

Mutus de mutis. Mutus de mitos. Mutus de mutus. La rendición frente a la evolución. Así como en artes plásticas un cuadro es cada pincelada, en esta obra cada silencio es la alfombra roja del sonido, de la totalidad, al mismo tiempo que es la pieza del jenga que está a punto de caerse, el rastro de la voz, de la herida, de la angustia, de la pasión. Las ganas de vivir, de dejar la impronta en el mundo a través del ejercicio de los dones que le han sido otorgados por el universo a cada criatura que ha venido a vivir en él. La partitura de esta obra se inscribe como hija de la voz.

Una trompeta sorda -Miguel Quiñones- aparece en el escenario. Tímida, apenas perceptible, cuando sabemos que las trompetas tienen su tono bélico, festivo. Desde los tonos graves, apenas el vibrato. La trompeta que hace surgir la voz del agua estancada. Sonidos de viento, de agua, y la voz cantante -nunca mejor dicho- los teje hacia el cielo: el reino de las aves. Escucho a Avrora y pienso en Lila Downs, en Mina, en Sabine Devieilhe: todas las voces están conectadas desde el principio de la creación. Mujer ángel, Ícara contemporánea, pitonisa que interpreta el futuro con la lectura de sus cuerdas vocales.

Las aves, con sus túnicas brillantes, ese plumaje intenso e irrepetible que las viste para su actuación en el MET de la naturaleza, traen campanas en sus alforjas. Las suenan, herencia de Hemingway, en honor y recuerdo de quienes han fallecido. No te preguntes por quién doblan las campanas: las campanas doblan por ti. (John Donne 1572-1631) La interconexión de la humanidad se hace patente. El arte recobra otra dimensión cuando nos conduce a la reflexión consciente o inconsciente. Campanas que llaman a misa, que llaman a reunirse y que indican un duelo. Las almas artísticas se buscan a través de los pasadizos eternos del tiempo.

Cambio de luces. Otro acto. Hay algo que huele en el ambiente. ¿Tendrán antojos los fetos? La experiencia sensorial se incrementa. Los olores de la mañana, cuando las plantas despiertan y en la búsqueda de su reproducción convocan a los pájaros como emisarios de su simiente. Las aves depositan las campanas en el centro, ofrendan su vida para que siga la obra. Sus ojos buscan algo. Recorren el escenario en su pesquisa. ¿Qué es lo que buscan? ¿Qué es lo que encontraron? Todo vacío es una invitación a la creación. ¿Buscan la voz? ¿Buscan el silencio?

Un xilófono herido reclama su sitio. Con su voz de madera patentiza la presencia de los árboles: la casa natural de las aves. El sonido es envolvente y circular, recorre las paredes del teatro y nos abraza. La intensidad etérea se derrama sobre los espectadores. Las luces asemejan una luna llena. ¿Cómo les afectará a las aves? Las aves vacían las copas en un florero: en esta obra, y en la naturaleza, cada quien pone un poco de sí mismo, ofrendan lo mejor de sí para crear el todo. La voz acaricia las flores. Un romance con la belleza. Un beso esteticista cargado de interrogantes.  Las aves se reúnen en torno a la voz principal, en torno al canto, a la vida.  Cierran su círculo. Baja la voz, despacio.

La potencia de las notas altas se convierte en un susurro. Las aves danzan, se diluyen juntándose. Ralentizan al límite el bogging de Madonna. Hasta adormecerse. Hasta aquietarse. Hasta desaparecer envueltas en un sol de oro, desgarradas hasta diluirse. ¿Saben su destino? ¿Confían en el nuevo amanecer?  El silencio y la oscuridad de nuevo se hacen presentes. Silencio. El silencio de la muerte. El silencio de un nuevo comienzo. Con disimulo, dejo correr mis lágrimas, hasta que la necesidad de aplausos pide que mis manos hagan algo mejor: celebrar la vida. La vida que por una hora subrayó la importancia de lo que ya no está a través del lenguaje de una puesta en escena.

Cada voz que muere es un silencio, cierto, por eso, es importante destacar que en el Hospital Materno Infantil de Guadalupe, Nuevo León, cada voz que nace es una algarabía. Ante cada alumbramiento una alarma con el canto de un pájaro avisa que hay un nuevo ser humano entre nosotros; entonces sucede el portento: al canto de esa voz artificial, le sigue una respuesta llena de felicidad formada por coro de las aves que pueblan el domo con sus melódicos cantos dándole la bienvenida a la vida. Es un momento bellísimo, lleno de una ternura indescriptible, que nadie debería perderse.

El efecto de la obra de arte algunas veces puede parecer, y quizá es, intrascendente, lo que en realidad importa es el momento presente: el germen de la trascendencia está en lo que sucede después de la obra. Hacerlo presente. Mencionarlo. Darle voz. Manifestarlo. A quién le importan estas voces que se van. ¿A quién le importa que estas voces se fueron? A Avrora, a IMPROLAB, a los músicos, a los espectadores,  al arte: la representación más humana de la existencia, el viento que mueve las alas de nuestra libertad.

Ante el silencio final comprendemos que esta obra no es sólo por las voces extinguidas, es por las que aún vibramos y corremos el riesgo de desaparecer. Cantar para agradecer el amanecer. Cantar como sinónimo de vivir.

Al despertar, entra por los poros el frescor del nuevo día,

entra por los ojos el rayo benevolente del sol,

entra por las bocas el oxígeno de la palabra.

Armando González Torres

* IMPROLAB: Emma Sarepta, Briseide Morales, Natyelli Ochoa, Grecia Esparza, Lizbeth Salas, Dulce Carmina y Brenda Quintanilla.