Estrenamos año. ¡Feliz 2026! A punto de terminar una sesión de terapia del jueves 8 de enero, mi paciente sugiere que me abrigue pues será un fin de semana frío. Le agradezco el detalle, volteo a ver el calendario y agrego: “Sí, seguramente estará fresco y es probable que llueva mañana, pues es la cabañuela de septiembre.” ¿La qué? Su cara de asombro supera “El grito” de Munch y en mi memoria se inaugura un récord olímpico de incredulidad. No puede ser posible que no sepa de qué hablo.
¡No puede ser posible que no sepa de qué hablo! La cabañuela, repito la palabra con el inmenso disfrute de pronunciarla- la imagen de una cabaña nostálgica y acogedora perdida en la noche de los tiempos provoca en mi alma un suspiro instantáneo-. Los ojos claros de mi interlocutora tienen las pupilas dilatadas, el arco de sus cejas evidencia la curiosidad e ignorancia. ¿No sabes lo que es una cabañuela? No; no tengo la menor idea, responde, deje le pregunto a Yipití. Estás hablando conmigo, tienes un ser humano enfrente: pregúntame a mí. A ver…
No sé qué decir. No encuentro el hilo por dónde comenzar. Me parece simplemente inconcebible. ¿Será que poco a poco se irá perdiendo esta costumbre? ¿Será que este conocimiento se diluirá en el tiempo así nada más? ¿Será otra palabra condenada a la desaparición? ¿A dónde se irá esta sabiduría? ¿Ya nadie consulta el Calendario del más antiguo Galván? ¿Observaremos pantallas en lugar de ver el cielo, las estrellas? ¿Le preguntaremos todo al Yipití?
De inmediato recordé aquella canción del kínder “Enero dice al año/ cómo se ha de portar;/ si llueve en sus primeros días/ el campo no va a faltar.” Confieso que no entendía cómo es qué sucedía eso y que la mayor parte de enero vivía confundida entre los dichos de mi madre y las maestras. Hoy toca junio, por eso hace calor. ¿Qué no era apenas el 6 de enero e íbamos a partir la rosca?
Escribo este artículo el 25 de enero, cumpleaños de Virginia Woolf; si me pongo poética, diré que su cabañuela de marzo seguro fue muy fría. Si soy objetiva, habré de escribir que en Inglaterra se utilizan otras instancias para predecir el clima.

Dejé que pasaran los 24 días canónicos que marca la tradición latina para escribir y documentar las temperaturas.
Según la raigambre, que nace en Mesopotamia y emigra a España en el medievo para popularizarse en México con la conquista, los días de enero predicen el año entero. En nuestro país, los pueblos originarios añaden las cabañuelas a su complejo sistema de predicción climática que tenía como base el ciclo del maíz y las lluvias.
Así, comenzamos en orden ascendente, el día 1 corresponde a enero, el 2 a febrero y el 3 a marzo, hasta llegar al 12 que, obviamente, le corresponde a diciembre. Luego van al revés, es decir, en orden descendente: el día 13 es diciembre, el 14 noviembre y el 15 octubre, hasta llegar al 24 que es nuevamente enero. Entonces comienza algo más entretenido: dos meses en un día: a partir del día 25, por la mañana es enero y en la tarde es febrero, día 26, marzo y abril; día 27, mayo y junio; día 28, julio y agosto; día 29, septiembre y octubre y el día 30, noviembre y diciembre. Para finalizar el carnaval de predicción, el día 31 cambia de mes cada dos horas.

Este año hice mis registros. Procuraré seguirlos para confirmarlos o descartarlos al final del año.
| Día | Cabañuela | Mínima | Máxima |
| 1 | Enero | 7 | 28 |
| 2 | Febrero | 13 | 32 |
| 3 | Marzo | 16 | 31 |
| 4 | Abril | 13 | 25 |
| 5 | Mayo | 13 | 30 |
| 6 | Junio | 14 | 27 |
| 7 | Julio | 14 | 28 |
| 8 | Agosto | 13 | 30 |
| 9 | Septiembre | 15 | 29 |
| 10 | Octubre | 10 | 22 |
| 11 | Noviembre | 6 | 10 |
| 12 | Diciembre | 5 | 14 |
| 13 | Diciembre | 5 | 14 |
| 14 | Noviembre | 7 | 25 |
| 15 | Octubre | 7 | 23 |
| 16 | Septiembre | 7 | 28 |
| 17 | Agosto | 10 | 18 |
| 18 | Julio | 3 | 18 |
| 19 | Junio | 3 | 20 |
| 20 | Mayo | 10 | 18 |
| 21 | Abril | 13 | 23 |
| 22 | Marzo | 12 | 25 |
| 23 | Febrero | 14 | 25 |
| 24 | Enero | 6 | 18 |
El día 3, que le correspondió a marzo estuvo caluroso, por no hablar del 4 que hasta prendí el ventilador. El día 5 también hizo mucho calor: mayo nos va a morder. Afortunadamente el 8 estuvo fresco, así que esperamos una canícula benevolente y, como predije, llovió el día 9, todo indica que septiembre vendrá con lluvias.
Aunque no soy el Quijote ni tengo a mi lado un Sancho Panza para señalarle que habríamos de poner atención a enero para saber qué tan dura vendrá la canícula, siento un aluvión de ternura y asombro al recordar ese pasaje del ingenioso hidalgo que, entre las tantas costumbres y sucesos que relata, se detiene un momento para hablar de las cabañuelas y salpimentar su aventura con datos climatológicos.

No tengo ni veo televisión, no sé si en los canales locales aún las toman en cuenta. En la estación de radio que me acompaña sí hicieron mención de algunos días, mas no profundizaron. Celebro las cabañuelas, me gusta pensar que agosto vendrá fresco y que en septiembre lloverá.
Admiro, y mucho, la lectura del cosmos, que bien lo decía Carl Sagan es un viaje existencial.
No sé si se perderán. No sé si, como mi paciente, algunas nuevas generaciones preferirán preguntarle a Yipití antes que al ser humano con quien dialogan. Acuso de recibo el cambio climático, que también nos juega varias malas pasadas y asumo que el mismo planeta está desconcertado frente a tantas cosas que debían ser y no fueron. Signos y señales de otros tiempos que incluso permiten la manipulación genética de las frutas y así tenemos mangos en pleno invierno. Habrase visto.
Alfonso Reyes, gran enamorado del sol de Monterrey, mientras vivía en Madrid tomó las cabañuelas como material suplementario para algunos de sus ensayos y cuentos breves incluidos en Calendario (1924); Manuel Payno, Guillermo Prieto y Rómulo Gallegos son otros escritores que también las han tomado como temática. Las cabañuelas, tradición sefardí, asociadas a la Fiesta de los tabernáculos que sucede en enero, son incluidas en numerosos refranes y libros de leyendas populares, escritas por personajes anónimos a quienes les debemos esta tradición milenaria.
Sabemos que no tienen base ni comprobación científica, pero algo se mueve sensorialmente al invocarlas. Están pespuntadas en nuestra memoria celular. Es mi deseo que sea posible conservar las cabañuelas en nuestro idioma y en nuestra idiosincrasia y que el famoso Yipití no hable de ellas en pasado, como algo que alguna vez se utilizó y que ya no se usa más. Por lo pronto, dicen que esta semana hará mucho frío: quizá es el presagio de un año fresco. Quizá el Yipití sea tan infalible como una cabañuela.
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