Flechas directas al corazón

Siempre provocadora, Lucía Yépez entiende que el rito de la necedad es indispensable para que nuestra existencia vibre, entonces, invocadora de caricias inconfesables, en sus versos se confiesa amante y todo arde, se descubren las cicatrices.

Recuerdo alguna discusión, éramos un grupo de jóvenes a finales de los años 90s y hablábamos de profanar, en lo personal mientras a unos les escandalizaba a mí me emocionaba la valentía de Yépez que maldecía y bendecía al mismo tiempo el acto amoroso, estábamos atorados en lo que Gabriel Zaid distingue en un capítulo de su libro Leer poesía como poesía embotellable, eran esos tiempos -como ahora- donde todo confluía con todo y la poesía estaba para eso, ahora en estos tiempos donde ya nada se confunde con la nada y la poesía sigue estando para eso, Lucía, oculta en sus tempestades sigue gritando sus deseos:

en qué manantial (sin un antes y un después)

criatura deshabitada

resbalas hacia mi sombra

que penetra el sendero que va hacia Dios?

nadie me dijo en qué roca sepultar los recuerdos

camino hacia las llamas del silencio

pueblan las estrellas los instantes de tu voz perdida

y no importa donde el musgo nace y muere al paso de tu huella

solo miro tu cuerpo tendido entre la yerba

                                              y los cuerpos sangrantes de las alondras

mientras fluyen mandrágoras de tu poros

                              cerrados

                                                al pecado

                                                                           y al ósculo

(Las alondras, fragmento, pág. 78)

Sobran emboscadas y ausencias

Hay en Pero qué maldita necedad de perder el amor una intensidad sin igual, la experiencia de  la autora, se entiende en esa aptitud para durar y prolongarse, la visión, la crónica de Lucía siempre en estado penetrantemente pendiente de lo que le incumbe al cuerpo, los versos de Yépez nos inciden, nos incendian:

y el olvido desciende como un equívoco de Dios

                                                                                             y es inútil la embriaguez

de una tarde perdida sin memoria sin nombre     sin un número rojo

en este juego mortal ques la vida   y todo en mi es una ola

                                                                                  precipitándose sobre el tiempo

que sescapa para volver el instante siglo entre tus muslos

(Trampa de tiempo, fragmento, pág. 98)

En toda la obra de Lucía desde Con cicatrices pero a salvo publicado en 1997 encontramos esta cercanía entre lo místico y lo erótico que nos recuerdan a poemas de Rumi de Hafiz en donde se habla de dios a través del amado y la amada, recordándonos que hay alguna corriente sufí que considera que si no se ha experimentado el amor humano no se puede alcanzar el amor de Dios (por cierto en este libro encontramos ambas voces la masculina y la femenina, otra vez Lucia valiente encara a estos tiempos de activismos donde a nadie parece calentarlos el sol, espero, es más estoy seguro que estos versos en el mejor y más placentero de los sentidos sí nos darán una calentadita)

Malvada loca

En el prólogo, Marisol Vera Guerra destaca que las palabras nunca parecen contener un solo significado ni un límite preciso ya que la autora retoma la fuerza primitiva del lenguaje oral, entonces insertadas en los poemas encontramos estas palabras unidas que fonéticamente son en muchos casos metáforas sueltas: ahoraquí, dámetenamorada, entrél, quescapa, membruje, muerten, nolvides, albacaahumada que el auto corrector nos marcará como error son un hermoso acierto, un susurro donde deleitarse por la piel que se eriza el ser estas pronunciadas cerquita del oído o cerquita de alguna otra parte de nuestro cuerpo.

La luz de una lágrima

Podemos afirmar que la poesía es sagrada, no por el enlace y las referencias antes citadas, sino porque en todas las reflexiones que pueda hacer el mundo en cualquier época y enfrentándose a cualquier peligro latente o existente la coincidencia es unánime a fin de cuentas la búsqueda de la felicidad es el fin y si este se da con un poema que nos arrime o acerque o si al contrario un arrimón pueda alcanzar esos grados pues qué felicidad.

Entonces qué felices somos cuando sabemos que la noche tiene su luz propia y optamos –como Lucía Yépez-  por no hablar del corazón que vigilamos y creemos en la carne, qué felices cuando suspiramos o gemimos en la certeza de que alguien hay que nos desea, que hay alguien que nos sueña, que nos devora, que nos lee en trozos desparramados.

Lucía Yépez

Pero qué maldita necedad de perder el amor (Ilustraciones de Lupina Flores)

Fondo editorial Nuevo León, UANL

2023